sábado, 16 de enero de 2010

Addrae - 1ª Parte


Un grupo de viajeros, sentados en la parte trasera de un carro, se aproxima a la invisible frontera de Nosgoth. Entre ellos, un hombre de tez morena y rasgos exóticos mira los Pilares con especial atención y sonríe.

- ¿Qué te hace sonreír así, Nassor? - Le pregunta otro hombre, a su lado.

- Los Pilares, desde nuestra tierra casi no se dislumbran, pero míralos, brillan como estrellas.

- Sí, son bonitos, pero dicen que están custodiados por demonios, yo que tú no me acercaría.

Pero Nassor no podía apartar la vista de aquellos nueve prodigios que se alzaban más allá de donde llevaba su visión, perdiéndose hacia el cielo.

El viaje duró varios días más hasta que finalmente se apeó del carro, despidiéndose de su amigo con la mano y deseándole suerte con su andanza. Había elegido aquel pueblecito al azar desde la que empezar su nueva vida. Bauerndorf, casi no podía pronunciarlo, apenas conocía el idioma, sólo algunas palabras, pero esperaba que fueran suficientes. Caminó por la calle principal, la gente se le quedaba mirando al pasar, la mayoría extrañados, pero muchas expresiones no eran precisamente alentadoras. Procuró no mirar a nadie y seguir caminando. ¿Dónde podría encontrar un lugar donde trabajar? Probó en varios lugares, en la herrería, en la taberna, en los campos... pero nadie parecía querer tenerle cerca. Se sentó en una piedra, agotado de todo el día caminando de un lado para otro, suspiró, tendría que ir a otro pueblo.

- ¿Hola? - Levantó la vista. Una joven de pelo oscuro y mejillas sonrosadas le sonreía. Le sonrió de vuelta, poniéndose de pie. - He oído que buscas trabajo. - Asintió rápidamente; la chica se rió un poco. - Ven conmigo, mi padre te dará trabajo. Oh, por cierto, me llamo Sirida.

- Yo soy Nassor. - Le estrechó la mano, la diferencia del tamaño de la delicada mano de la muchacha con la suya, unida al contraste entre sus tonos de piel quedó más patente al tocarse.

Llegaron delante de una casa de aspecto recio y antiguo, de ella salía un olor bastante persistente a sangre seca y carne cruda. Miró el cartel, aunque no entendía la letra, comprendió el dibujo, un cuchillo de hoja grande, cuadrada, clavado en una pieza de madera. Era una carnicería.

- Padre, le encontré. - Sirida lo dejó pasar y se apartó para que su padre le viera mejor.

- Ah, bien. - Se limpió las manos en el mandil y lo miró con detenimiento, Nassor se sintió pequeño en comparación, incluso siendo dos palmos más alto que el carnicero, por su fuerte constitución y su poblada barba, oscura, como el cabello y en contraste unos ojos azules muy claros, casi grises. - Soy Waldemar.

- Nassor. - Se estrecharon las manos, pero Waldemar no se la soltó, la apretó un poco más, él devolvió el apretón, estuvieron un momento parados, apretándose las manos, hasta que el carnicero se rió y lo soltó.

- Tienes mucha fuerza, muchacho, eso está bien, entre menos golpes tengas que usar para partir los huesos, mejor. - Le dio una palmada en el hombro. - Vienes de muy lejos, ¿verdad?

- Sí, señor. - Afortunadamente por ahora le iba entendiendo palabras sueltas, aunque aquella pregunta en concreto la había oído tantas veces que ya sabía todas sus sílabas. - Soy delmuy al sur.

- Hablemos de tu paga.

- Me contento con poco, señor.

- Comida y alojamiento, y algo aparte para que te compres ropa, aquí los inviernos son muy duros, seguro que en tus tierras no nieva tanto como aquí.

- Nunca nieva, señor.

- ¿Nunca? ¡Ja! ¡Eso sí que no me lo esperaba, un sitio donde nunca nieva! - Soltó una carcajada. - Razón de más para que te abrigues, muchacho, no quiero sabañones o miembros congelados que haya que cortar, estando entero trabajarás mejor. ¿Te parece bien el pago?

- Sí, señor. - La diferencia del trato del carnicero con el del resto del pueblo le abrumaba, pero se sintió cómodo, era como estar en casa.

- Sirida, acomódalo arriba y que baje, para enseñarle cómo despiezar.

- Claro. Ven conmigo. - Le hizo un gesto, tirándole un poco de la capa de piel que llevaba sobre un hombro. - Es un poco brusco, pero ya verás cómo le cogerás cariño pronto. - Comentaba según subían las escaleras.

- Es muy simpático, más que la otra gente.

- En este pueblo no ven muy bien a los extranjeros, nosotros vinimos de Freeport cuando yo era muy pequeña y también nos trataron raro. Creo que ni siquiera ahora se han hecho a la idea de tenernos de vecinos.

Asintió a lo que decía, aunque no entendió ni la mitad. Sonrió maravillado al ver su cuarto cuando ella le abrió una de las puertas de ese piso. No era inmenso, pero estaba recogido, limpio y tenía una ventana, para él más que suficiente. Pensaba que lo instalarían en una cuadra o algo similar, como habían hecho en las tascas donde hicieron noche durante el viaje.

- Es muy bonito, gracias.

- No me las des, hombre, todos los cuartos son iguales, no son muy grandes, pero son calientes en invierno cuando enciendes la chimenea. - La recorrió hasta la ventana. - Y lo mejor, es que tenemos vista de los Pilares. ¿A que son preciosos?

- Mucho. ¿Crees que algún día podré acercarme a verlos? - Se asomó con ella.

- No lo sé. Los vigilan unos magos y unos vampiros. Es peligroso ir a esa zona.

- Oh... bueno, tendré que verlos desde aquí.

- Los podemos mirar juntos. - Dijo poniéndose un poco colorada.

Le sonrió y asintió con la cabeza.

- ¡A qué tanto retraso, bajen ya! - Dijo la áspera voz de Waldemar.

Los dos bajaron las escaleras con prisas.

Con el tiempo le contaron que la madre de Sirida había muerto de unas fiebres un par de años antes, fiebres que casi se llevaron a su hija con ella. Waldemar no quería hablar del tema, así que no se volvió a nombrar. Al principio los clientes no querían nada que hubiera despiezado Nassor, pero poco a poco comenzaron a tolerar su presencia, no aceptarla del todo, pero no comentaban nada delante de él o la familia que lo había acogido.

Ya habían pasado dos años desde que el inmigrante del sur se instalara en el pueblo y el amor entre él y Sirida era cada vez más notable, ya no sólo eran obvias las furtivas miradas, las sonrisitas, las risas que se callaban repentinamente cuando alguien aparecía, sino el contacto: manos entrelazadas, caricias cuando creían que nadie miraba. Pero siempre había unos ojos al acecho.

- Yo los he visto besándose. - Dijo una señora con la cabeza cubierta con un paño.

- Y yo caminar cogidos de las manos. - Contestó otra.

- ¡Y Waldemar se lo permite! - Exclamó una tercera.

- No sé a dónde vamos a llegar. El pueblo está degenerando.

- No debimos dejar asentarse a los extranjeros.

- Traen la suciedad y la depravación. ¿Dónde se ha visto?

Callaron al ver pasar a Waldemar acompañado de Nassor, que venían cargados de unas herramientas para arreglar el redil de los animales que mandaban vivos por encargo de algunos clientes a los que se los regalaban para engordarlos antes de una celebración familiar. Luego ellos se encargaban de dar muerte a los animales y cortarlos para su futura cocina, nadie quería ensuciarse las manos con algo así.

- Ya están otra vez cuchicheando esas urracas. - Sus ojos azules miraron de reojo el grupito.

Nassor no se atrevió a decir nada del tema, era algo que no se trataba en la calle, sino en la casa.

- ¡¿Por qué no se meten en sus asuntos, viejas brujas!? - Waldemar se dio la vuelta y les gritó, asustándolas y a Nassor también. - ¿Qué les importa ustedes con quién anda mi hija, vamos a ver? ¡Al menos este muchacho es trabajador, no como Ubel, o Hunfrid, que sólo piensan en emborracharse e irse de putas!

- Waldemar, por favor... - Nassor le tocó un brazo para que caminase hacia la casa. Las mujeres lo miraban escandalizadas. Algunas otras personas salieron de sus casas para ver el escándalo.

- Malditas viejas. - Gruñó haciendo caso del gesto de su trabajador. - Tú no les hagas caso, muchacho. No escuches esas tonterías, cómo si no fueras tan bueno como esos gandules... tú vales mucho más, pero sólo ven tu color diferente. ¿¡Qué sabrán ellos?!

- Gracias, pero no tienes porqué enfrentarte a ellas por mí, de verdad.

- Claro que sí, ya eres mi hijo político, si no te defiendo yo de esas arpías... Caramba, ¿quién lo hará?

- Aún no nos hemos casado. - Pareció sonrojarse, pero estaba encantado con esa idea, ser esposo de Sirida era lo que más deseaba en el mundo.

- Bueno, es una formalidad que sólo hay que celebrar. De todos modos cuando yo ya no esté tú te encargarás de la carnicería y de Sirida, pase lo que pase.

Le sonrió, la verdad es que había sido como un padre para él y afortunadamente no había puesto ningún tipo de impedimento a su relación, incluso les dejaba estar a solas antes del matrimonio, algo que sí que daría qué hablar a las charlatanas aquellas.

- Y espero que me den nietos pronto, quiero ver correr por ahí a unos niños preciosos de piel morena y ojos azules por el pueblo.

Nassor lo que temía era cómo tratarían a sus hijos en el pueblo, sabiendo cómo eran de crueles los niños. Como adulto, les escuchaba y les ignoraba, pero... Suspiró, tiempo al tiempo.

Aquel invierno trajo una helada tan fuerte que algunos animales morían por congelación, con lo que la carnicería acababa tirando piezas enteras, al no poder venderlas a nadie. Pero lo peor fue la enfermedad de Waldemar, llevaba más de una semana en la cama, con fiebre, tosiendo y más dormido que despierto. El curandero del pueblo no les daba muchas esperanzas.

- No creo que llegue a la primavera, lo siento. - Dijo recogiendo sus cosas y saliendo de la habitación. La luz anaranjada del fuego de la chimenea inundaba el lugar.

Sirida lloraba y Nassor le acariciaba la espalda, abrazándola.

- ¿Por qué se lo tiene que llevar a él también? ¿Por qué? - Se quejaba la muchacha. Él suspiró, sin saber qué responderle.

- Vamos a velarle día y noche, ¿de acuerdo? Yo atenderé la tienda y tú le cuidarás, duerme aquí con él. Que cuando llegue el momento seas tú quien esté a su lado para guiarle. - Susurró. Ella asintió con la cabeza, hipando. - Voy a prepararte algo caliente.

Waldemar sólo aguantó una semana tras la visita del curandero, y se le enterró en el cementerio del pueblo, durante uno de los pocos descansos que se tomaba la ventisca antes de soplar con más fuerza. El sacerdote rezó una oración por él y recibió sepultura, quedando su nombre recordado en una losa de piedra encima de su lugar de descanso eterno.

- Tu padre me pidió un favor mucho antes de su enfermedad, Sirida. - Dijo el hombre santo, una vez entraron en la iglesia.

- ¿Y qué era? - Preguntó sin ánimo, como si otra hablara por su boca. Nassor tenía sus manos cubriendo las suyas y permanecía en silencio, respetando su dolor.

- Me dijo que les casara esta primavera.

- Sí... queríamos celebrarlo en la colina... cuando las flores se abrieran... - Sorbió por la nariz, sintiendo que se iba a poner a llorar otra vez.

- Podemos esperar y guardar su luto... no es necesario hacerlo todavía. - Comentó su futuro esposo, con voz queda.

- No... él quería que nos casáramos en primavera, fue su último deseo, quiero cumplirlo. - Sonrió con tristeza a Nassor, que le secó una lágrima con un dedo, suavemente. El sacerdote se aclaró la garganta.

- Lo que quería decirte es que no va a ser posible.

Los dos lo miraron sin comprender.

- ¿Por qué?

- No puedo casaros. No está bien.

- ¿Qué? - En ese momento la mirada de Sirida se pareció a la de su padre, cuando empezaba a enfadarse.

- Sería una unión pecaminosa, entiéndelo. Él no es de nuestra raza.

Sirida boqueó, su enfado, mezclado con el dolor de acabar de enterrar a su padre hacía que sus pensamientos se entrelazaran.

- ¿¡Y qué más da eso?! - Terminó explotando. - Sólo importa el amor que nos tenemos, y ya está. Mi padre aprobaba, así que tenemos su bendición también. ¡No me diga ahora que no es posible!

- Sirida, ya está bastante mal vuestra relación como para encima querer que les una con la santidad del matrimonio. - El sacerdote seguía en sus trece, intentando hacer entrar en su razón a la alterada muchacha.

- ¿Pues sabe qué? ¡Yo nos declaro marido y mujer ahora mismo! Mire qué fácil ha sido. ¡Si Él no aprueba entonces ya nos lo hará saber! - Se levantó y se marchó acompañada de su ahora esposo.

Al llegar a la casa cerró de un portazo y se abrazó a Nassor.

- ¿Me quieres?

- Claro que te quiero, y me da igual que ese idiota no nos case... ya eras mi esposa mucho antes de hoy.

Se sonrieron y se besaron. Ahora sí que darían de qué hablar en el pueblo.

...Continuará

2 comentarios:

Zanthia Khalá dijo...

Genial comienzo! :D como siempre, muy buena descripción y personajes geniales!! un diez sobre diez!!

Deka Black dijo...

huy,huy,huy... esa escena final da muy mal rollo. Muuucho