Ingrid Wegraeus acababa de llegar a Japón, a la ciudad de Kobe, cerca del mar, le habían dicho que era un lugar de lo más cosmopolita y teniendo en cuenta que era su primera visita real al país del Sol Naciente, le venía bien. Llevaba años deseando ir y por fin le habían dado el crédito para irse a vivir allí un tiempo y escribir su libro sobre la evolución de la cultura urbana. Miró alrededor, aunque lo conocía por los libros y documentales, nunca había visto un aeropuerto construido quitándole espacio al mar, en una especie de península artificial, realmente aquella cultura la fascinaba. Suspiró y entró en la terminal, esperó pacientemente su maleta, observando por el rabillo del ojo a los demás viajeros, la mayoría eran hombres de negocios, con maletines y aspecto de no tener tiempo que perder. Cogió su maleta con ruedas y siguió el camino indicado por los agentes de seguridad para llegar a la zona que llevaba al exterior. Estaba tan nerviosa, hablaba el idioma, bastante fluidamente pero sentía como si todo se le hubiera olvidado en el avión, incluso tartamudeó un par de veces al pedirle una botella de agua a la azafata. Entre la gente que esperaba a los viajeros intentó encontrar a su amigo: Nakajima Tadashi, con quien llevaba manteniendo contacto por internet el último año, él le había dado el último empujoncito para animarla a escribir el libro. Sólo pensar con verle en persona, hacía que sintiera cosquillas en el estómago. No le costó reconocerlo, a pesar de que estaba muy extendido el tópico de lo similares que eran los asiáticos entre ellos. Además, el cartel con su nombre, escrito en rōmaji, como llamaban ellos a su alfabeto, no daba lugar a dudas. Sonrió al ver que tenía en la otra mano, un ramo de flores. Se sonrojó y se acercó. Tadashi era un hombre de complexión media, ni muy fuerte ni muy menudo, aunque era casi un palmo más bajo que ella. Se sonrieron como tontos un momento, entonces él hizo una inclinación y ella le respondió de la misma manera. Aún con tantos años que llevaban abiertos a occidente, aún se veía muy raro que dos personas y más del sexo contrario y aún más de diferentes nacionalidades hicieran contacto físico en público.
- ¿Cómo te ha ido el vuelo? ¿Te llevo la maleta? - Preguntó él nervioso, dándole las flores, sin dejar de sonreír.
- Ha sido largo, pero me alegro de que me convencieras. Gracias, puedo sola. - Cogió el regalo, rechazando el gesto de llevar el equipaje, sabiendo que hubiera sido de mala educación aceptar a la primera.
- ¿Seguro que no quieres que la lleve? - Tadashi bajó un poco la cabeza, apartando la mirada. - No esperes a la tercera petición o habremos llegado al coche para entonces. - Pareció irse a reír, pero se quedó en el ademán nada más.
Ingrid se rió y asintió finalmente con la cabeza, sus manos se tocaron un momento al pasar el asa del trolley de uno a otro. Se sonrojaron como dos adolescentes.
- Gracias.
- Qué bien te manejas con el japonés, pensaba que se te notaría más el acento sueco.
- No es nada, me gusta vuestro idioma, suena tan bonito... - Sus ojos azules se entornaron hasta casi cerrarse al sonreír otra vez.
Llegaron hasta el coche y aunque era la primera vez que estaba en Japón y era la primera vez que conocía en persona a Tadashi, todo le parecía familiar, desde las calles pobladas de gente con prisas a los cálidos ojos avellana de su amigo y guía que miraba con atención a la carretera. Sonrió para sí, iba a ser el mejor año de su vida.
Y lo fue, hasta que llegó a su fin. Su permiso de residencia iban a caducar al día siguiente. Tenía que irse.
- Podemos ir a la embajada otra vez. - Tadashi le acarició la espalda, tratando de tranquilizarla.
- Ya nos han dicho que no hay nada que hacer.
- Nos casaremos y así no podrán extraditarte.
- A tus padres no les gusto. - Le miró atentamente y suspiró. - Y si nos casamos tu padre te echará de la tienda. Y con sólo mi sueldo no podemos pagar el piso. - Suspiró y sintió cómo las lágrimas empezaban a caerle por las mejillas. No era justo, estaba con quien amaba, en el lugar perfecto... pero parecía que todo estaba en su contra para no dejarles seguir siendo felices.
Al verla llorar sintió cómo se le hacía un nudo en la garganta, se aguantó las ganas de hacer lo mismo, él era el hombre, él tenía que solucionarlo todo. No estaba dispuesto a perderla, aunque tuvieran que vivir en la calle.
- Buscaré otro empleo, mendigaré, robaré, lo que sea, pero no dejaré que te alejen de mi lado.
Ingrid levantó la cabeza y le miró enternecida antes de abrazarse a él y besarle profundamente.
Lamentablemente el amor y la intención no eran suficientes. Nada más saber de su compromiso y matrimonio en un par de meses, sus padres dejaron de hablarle y su puesto en la tienda pronto fue suplido por una estudiante que además cobraba mucho menos que él. Vendió el coche y buscó trabajo donde pudo, en una obra, ayudando a un fontanero... pero estaban en números rojos. El trabajo de ella como traductora no daba para mucho y también buscó algo más, así consiguió el trabajo de camarera en un local nocturno, donde su natural pelo rubio y ojos azules le daban la ventaja del exotismo.
- Sake para la mesa del fondo, Wegraeus. - Dijo el barman. Había decidido usar su apellido de soltera, no solía ser del gusto de los clientes saber que sus camareras tenían a alguien que las esperaba en casa, y en su caso, se notaba demasiado el hecho al escuchar su japonés apellido de casada. Suspiró y llevó la botellita a la mesa, varios hombres de aspecto rudo hablaban, acompañados de otras dos de las chicas del club, tan poco vestidas como ella.
Al servirles procuró no hacer contacto visual, pero captó algo de la conversación mientras tanto.
- Ese perro de Yoshida ha vuelto a pedirme un préstamo.
- ¿Se lo has dado?
- Claro. Los intereses merecen la pena. ¿Has visto a su hija?
- Sí, está en el instituto, ¿no?
- Precisamente. Ya saben lo que puede pasar si no me devuelven el dinero.
- Les das demasiadas facilidades para pagarte, deberías... - Dejó de hablar y miró a Ingrid, que se retiraba tras servirles, tan silenciosa como cuando se acercó.
¿Eran prestamistas? ¿Y si..? No, mejor hablaría primero del tema con Tadashi. Limpió un poco la mesa de al lado al ver al cliente casi echarse la bebida por encima y siguió hacia la barra, pensativa.
Al llegar a casa, él la esperaba con el agua para los fideos instantáneos recién hervida. Amanecería en un par de horas y él se iría a la obra de la carretera de allí cerca.
- Hola mi amor. ¿Qué tal la noche?
- Bien, cansada, como siempre. - Caminó por el pequeño apartamento tras descalzarse. - Hoy he oído a unos hombres hablando de dinero en el club. - Le confesó. - Creo que eran prestamistas. ¿ Y si pedimos el dinero a alguien? Luego podríamos pagárselo poco a poco.
- Ingrid, los prestamistas son gente peligrosa, tienen matones y si no les pagas, te hacen daño o a tu familia.
- Lo sé, lo sé pero...
- Cuando te publiquen el libro podremos estar más desahogados... sólo tenemos que apretarnos el cinturón hasta entonces.
Asintió con la cabeza y suspiró de nuevo al verlo sentarse en el escaloncito de la entrada para ponerse las botas de trabajo. Le abrazó por detrás.
- Te quiero.
- Y yo a ti. No te preocupes, todo irá bien. - Se besaron y Tadashi salió, pensando. Ya había estado dándole vueltas a algo parecido a lo que sugería su esposa, pero aquellos tipos eran de la peor calaña. No, no podía hacerlo.
La jornada de trabajo fue agotadora y aún le quedaba hacer otras dos horas en la gasolinera. Dejó el casco en la taquilla y salió cerrándose la chaqueta.
- Nakajima. - Alguien le llamó, al girarse, dos hombres trajeados le hicieron un gesto para que les siguiera.
- ¿A dónde..?
- No haga preguntas y síganos.
Se fueron los tres hasta un coche negro, de fabricación alemana y apariencia amenazadora, tan rectilíneo comparado con las suaves y redondeadas formas de los coches japoneses. La ventanilla ahumada trasera bajó, un hombre con gafas de sol y rictus serio le hizo entrar.
- ¿Quién es usted? - Preguntó con inseguridad, a su lado, casi pegado a la puerta, temeroso.
- Llámeme Yoshioka. He oído que tiene algunos problemas de dinero, Nakajima.
Miró alrededor nervioso.
- Y sé que su esposa es extranjera y esperan un hijo. Si ahora están apurados, un bebé sólo agravará las cosas, comida, pañales, su educación...
Asintió con la cabeza.
- Hagamos un trato.
- ¿Cómo te ha ido el vuelo? ¿Te llevo la maleta? - Preguntó él nervioso, dándole las flores, sin dejar de sonreír.
- Ha sido largo, pero me alegro de que me convencieras. Gracias, puedo sola. - Cogió el regalo, rechazando el gesto de llevar el equipaje, sabiendo que hubiera sido de mala educación aceptar a la primera.
- ¿Seguro que no quieres que la lleve? - Tadashi bajó un poco la cabeza, apartando la mirada. - No esperes a la tercera petición o habremos llegado al coche para entonces. - Pareció irse a reír, pero se quedó en el ademán nada más.
Ingrid se rió y asintió finalmente con la cabeza, sus manos se tocaron un momento al pasar el asa del trolley de uno a otro. Se sonrojaron como dos adolescentes.
- Gracias.
- Qué bien te manejas con el japonés, pensaba que se te notaría más el acento sueco.
- No es nada, me gusta vuestro idioma, suena tan bonito... - Sus ojos azules se entornaron hasta casi cerrarse al sonreír otra vez.
Llegaron hasta el coche y aunque era la primera vez que estaba en Japón y era la primera vez que conocía en persona a Tadashi, todo le parecía familiar, desde las calles pobladas de gente con prisas a los cálidos ojos avellana de su amigo y guía que miraba con atención a la carretera. Sonrió para sí, iba a ser el mejor año de su vida.
Y lo fue, hasta que llegó a su fin. Su permiso de residencia iban a caducar al día siguiente. Tenía que irse.
- Podemos ir a la embajada otra vez. - Tadashi le acarició la espalda, tratando de tranquilizarla.
- Ya nos han dicho que no hay nada que hacer.
- Nos casaremos y así no podrán extraditarte.
- A tus padres no les gusto. - Le miró atentamente y suspiró. - Y si nos casamos tu padre te echará de la tienda. Y con sólo mi sueldo no podemos pagar el piso. - Suspiró y sintió cómo las lágrimas empezaban a caerle por las mejillas. No era justo, estaba con quien amaba, en el lugar perfecto... pero parecía que todo estaba en su contra para no dejarles seguir siendo felices.
Al verla llorar sintió cómo se le hacía un nudo en la garganta, se aguantó las ganas de hacer lo mismo, él era el hombre, él tenía que solucionarlo todo. No estaba dispuesto a perderla, aunque tuvieran que vivir en la calle.
- Buscaré otro empleo, mendigaré, robaré, lo que sea, pero no dejaré que te alejen de mi lado.
Ingrid levantó la cabeza y le miró enternecida antes de abrazarse a él y besarle profundamente.
Lamentablemente el amor y la intención no eran suficientes. Nada más saber de su compromiso y matrimonio en un par de meses, sus padres dejaron de hablarle y su puesto en la tienda pronto fue suplido por una estudiante que además cobraba mucho menos que él. Vendió el coche y buscó trabajo donde pudo, en una obra, ayudando a un fontanero... pero estaban en números rojos. El trabajo de ella como traductora no daba para mucho y también buscó algo más, así consiguió el trabajo de camarera en un local nocturno, donde su natural pelo rubio y ojos azules le daban la ventaja del exotismo.
- Sake para la mesa del fondo, Wegraeus. - Dijo el barman. Había decidido usar su apellido de soltera, no solía ser del gusto de los clientes saber que sus camareras tenían a alguien que las esperaba en casa, y en su caso, se notaba demasiado el hecho al escuchar su japonés apellido de casada. Suspiró y llevó la botellita a la mesa, varios hombres de aspecto rudo hablaban, acompañados de otras dos de las chicas del club, tan poco vestidas como ella.
Al servirles procuró no hacer contacto visual, pero captó algo de la conversación mientras tanto.
- Ese perro de Yoshida ha vuelto a pedirme un préstamo.
- ¿Se lo has dado?
- Claro. Los intereses merecen la pena. ¿Has visto a su hija?
- Sí, está en el instituto, ¿no?
- Precisamente. Ya saben lo que puede pasar si no me devuelven el dinero.
- Les das demasiadas facilidades para pagarte, deberías... - Dejó de hablar y miró a Ingrid, que se retiraba tras servirles, tan silenciosa como cuando se acercó.
¿Eran prestamistas? ¿Y si..? No, mejor hablaría primero del tema con Tadashi. Limpió un poco la mesa de al lado al ver al cliente casi echarse la bebida por encima y siguió hacia la barra, pensativa.
Al llegar a casa, él la esperaba con el agua para los fideos instantáneos recién hervida. Amanecería en un par de horas y él se iría a la obra de la carretera de allí cerca.
- Hola mi amor. ¿Qué tal la noche?
- Bien, cansada, como siempre. - Caminó por el pequeño apartamento tras descalzarse. - Hoy he oído a unos hombres hablando de dinero en el club. - Le confesó. - Creo que eran prestamistas. ¿ Y si pedimos el dinero a alguien? Luego podríamos pagárselo poco a poco.
- Ingrid, los prestamistas son gente peligrosa, tienen matones y si no les pagas, te hacen daño o a tu familia.
- Lo sé, lo sé pero...
- Cuando te publiquen el libro podremos estar más desahogados... sólo tenemos que apretarnos el cinturón hasta entonces.
Asintió con la cabeza y suspiró de nuevo al verlo sentarse en el escaloncito de la entrada para ponerse las botas de trabajo. Le abrazó por detrás.
- Te quiero.
- Y yo a ti. No te preocupes, todo irá bien. - Se besaron y Tadashi salió, pensando. Ya había estado dándole vueltas a algo parecido a lo que sugería su esposa, pero aquellos tipos eran de la peor calaña. No, no podía hacerlo.
La jornada de trabajo fue agotadora y aún le quedaba hacer otras dos horas en la gasolinera. Dejó el casco en la taquilla y salió cerrándose la chaqueta.
- Nakajima. - Alguien le llamó, al girarse, dos hombres trajeados le hicieron un gesto para que les siguiera.
- ¿A dónde..?
- No haga preguntas y síganos.
Se fueron los tres hasta un coche negro, de fabricación alemana y apariencia amenazadora, tan rectilíneo comparado con las suaves y redondeadas formas de los coches japoneses. La ventanilla ahumada trasera bajó, un hombre con gafas de sol y rictus serio le hizo entrar.
- ¿Quién es usted? - Preguntó con inseguridad, a su lado, casi pegado a la puerta, temeroso.
- Llámeme Yoshioka. He oído que tiene algunos problemas de dinero, Nakajima.
Miró alrededor nervioso.
- Y sé que su esposa es extranjera y esperan un hijo. Si ahora están apurados, un bebé sólo agravará las cosas, comida, pañales, su educación...
Asintió con la cabeza.
- Hagamos un trato.
Continuará...
2 comentarios:
Adoro como escribesssss, qué emocionante, qué pasaráaa :D
Ayayayay, huelo problemas. Pobre Sinji y pobre Ingrid. Si querias transmitir sensacion de mal rollo y peligro inminente lo has logrado. has logrado que mepreocupe por los dos y mucho. :(
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