sábado, 22 de mayo de 2010

Addrae - 4ª Parte

Cuando se despertó se encontraba fatal, le dolía la cabeza, el estómago y se sentía mareada. ¿Dónde estaba? Miró alrededor, lo primero que vio fue el dosel de la cama donde estaba recostada, de color azul real y con decoraciones en dorado. Y empezó a recordar, ¡los vampiros! Se levantó, llevaba un camisón, no recordaba cuándo se lo había puesto. Casi se cayó al suelo, le temblaban las piernas, pero no podía flaquear ahora, estaba sola, podía escapar. Corrió de estancia en estancia, cada vez más despistada, hasta que encontró una puerta, al abrir vio un pasillo, un largo ventanal con dibujos de dragones se alargaba hasta el final. Por las ventanas pasaba la luz del sol, era de día, esos demonios dormían y podría volver a su casa. Iba a seguir corriendo, cuando unas manos la agarraron y tiraron de ella de nuevo a la habitación sin ventanas.

- ¿Estás loca? Si sales por ahí a estas horas, te quemarás. - La detuvo un vampiro joven, pero ya con las garras como las de su hacedor.

- ¿De qué me hablas? - Le hizo apartar las manos con brusquedad.

Al ver su insistencia se la cargó al hombro.

- ¡Suéltame! ¡Que me sueltes te digo! - Pataleó y gritó.

- Vas a despertar a toda la casa, cállate.

Unas puertas enormes se abrieron y dos mujeres desnudas se asomaron.

- ¿Qué pasa, y ese griterío? Vorador está dormido.

- La nueva, que quiere salir de día.

- Niña, no seas tonta, te convertirías en cenizas antes de que notaras el calor del sol en tu piel.

- ¡Eso es absurdo, yo no soy uno de ustedes!

Los tres se rieron.

- Claro que lo eres. Padre te hizo hace dos noches. - La puso en el suelo, pero sujetándola de un brazo, para que no saliera corriendo.

- ¡Mientes! - Le pateó en un costado y salió corriendo hacia la otra dirección.

- Hael, por favor, ¿te importaría echarle un ojo? Vorador tiene especial interés en ella, procura que no se mate.

- Espero que con ello no me mate a mí, qué fuerza tiene... - Se frotó el lugar del golpe y suspiró. - Voy... - Que tuviera que hacer de niñera...

Addrae corrió por la casa y se escondió en un cuarto vacío, Se sentó en una esquina y apoyó la cabeza en los brazos.

- No puedo ser una de ellos. No puede ser... ¿Por qué me pasan estas cosas? Yo sólo quería ser normal... - Se echó a llorar, sorprendiéndose, para mal, que las mangas del camisón se manchaban con la sangre que le caía de los ojos. El descubrimiento la hizo llorar aún más enfadada.

- Si sigues llorando, te desangrarás. - Dijo la voz de Hael, desde la puerta del cuarto a oscuras, sus ojos dorados brillaban en la oscuridad.

- Prefiero morir a ser un monstruo.

Se acuclilló delante de ella, mirándola como si realmente fuera su hermana pequeña, enrabietada y haciendo pucheros.

- No te lo tomes así, al principio cuesta un poco aceptarlo, pero ya verás como con el tiempo te gusta.

Lo miró con desdén y frunció sus inexistentes cejas.

- ¡No quiero que me guste! No tenía suficiente con ser una maldita... ahora soy una maldita y una vampira... - Se encogió un poco más.

- ¿Una maldita? ¿Por qué? - Se sentó a su lado, al menos estaba calmada y no parecía que fuera a pegarle otra vez o a salir corriendo.

- No tengo pelo... y soy demasiado alta y fuerte... porque mis padres son de diferentes razas.

- No tener pelo no es algo malo... yo creo que no te queda mal ser calva, tu cabeza es bonita. Y lo de alta y fuerte, creo que está bien, así puedes defenderte mejor, si fueras pequeña y delicada como las otras mujeres, serías presa fácil de los cazadores.

- ¿No crees que sea horrible por ser calva y tener cuerpo de hombre?

- ¿Cuerpo de hombre? ¿Quién te ha dicho semejante estupidez?

- Los de mi pueblo.

- ¿Vives en un pueblo de ciegos? ¡Pero si tienes más pecho y más caderas que cualquiera de las esposas de Vorador! - Se echó a reír. - Mírate, te pareces a un hombre, lo que yo a una mujer.

No quería reírse por la contestación, pero se rió, tapándose la boca con la mano.

- Mis padres estarán preocupados por mí. - Dijo cuando se calmaron los dos. - Eran los únicos que me querían.

- Puedes preguntarle a Vorador si te deja ir a despedirte, pero no creo que te vaya a dar permiso. - Su voz bajó hasta silenciarse al verla cerrar los ojos. - Ya te dije que te desangrarías si llorabas... - Se levantó y la cogió en brazos, llevándosela de nuevo a la estancia donde la dejaron dormida la otra vez.

- ¿Ya se ha calmado? - Preguntó una de las dos esposas que antes salieron a ver el revuelo; ahora con una suave túnica semitransparente que mostraba más que escondía.

- Lloró y se desmayó. Voy a buscarle sangre, ¿la cuidas un momento?

- Claro. - Se sentó en la cama cuando Hael la dejó acostada. - Si recién nacida tienes esa energía... ¿cómo serás con el estómago lleno? - Le acarició la cabeza con mimo. - Y mejor te quito esto... mira que ensuciar un camisón tan bonito, de sangre... - Empezó a desatarle las cuerdecitas que ataban las muñecas y el cuello del camisón, para quitárselo. Se levantó un momento y fue a un armario a sacar otra prenda, por ahora de su talla no había gran cosa, ya le procurarían algo más decente en el futuro.

Hael volvió con dos cuencos.

- ¿Dos?

- Uno para ella y otro para ti, Tatjana. Siempre te levantas hambrienta tras dormir con Vorador. - Le pasó uno de los recipientes, con una sonrisita.

- Qué atento. - Era obvio que había algo entre ellos, pero dado que ella era esposa del líder del clan, no llegaban a más que unas miradas traviesas de vez en cuando. Además, Hael era demasiado leal a Vorador como para seducir a una de sus esposas.

El joven la ayudó a cambiar a su nueva hermana y se quedó vigilándola cuando la mujer se fue, deslizándose dentro de la suave tela de la túnica. Hael la miró según se iba y luego miró a la durmiente. Le dio la sangre, hasta inconscientemente, el hambre le hizo beber el líquido vital.

- Como no controles tu carácter, lo vas a tener crudo con nuestro padre. - Dijo aún sabiendo que no le oía.

*

Y tanto que lo tuvo. Vorador estaba delante cuando se despertó otra vez.

- ¿Qué tal has dormido, hija? - Su rostro fue lo primero que vio al abrir los ojos. La chica intentó alejarse y acabó cayéndose por el otro lado de la cama.

- ¡Aléjate de mí! - Gritó, antes de tirarle un cojín que había caído con ella.

Vorador pareció encontrar cómico el ataque y casi ni se movió, siguiendo con la vista el cojín hasta que llegó al suelo.

- Sal de ahí, tienes que alimentarte, con lo que te ha dado tu hermano no durarás mucho.

- ¡No es mi hermano! ¡Y no pienso beber sangre!

- Es terca como una mula. - Dijo una vampiresa algo más atrás. Uno que estaba a su lado se rió.

Con un movimiento, sin tocar la cama, la hizo mover a un lado, las patas arrastrándose por el suelo hicieron un sonido incómodo. Addrae estaba con la espalda pegada a la pared, y mirándole con desafío.

- ¡No te acerques, te lo advierto!

No necesitó hacerlo, la hizo levantarse de la misma manera que había movido la cama; la atrajo hacia sí, sus ojos quedaban casi a la misma altura, detalle que le pareció de lo más curioso ahora que se fijaba, sólo le pasaba eso con sus hijos varones.

- Debes de estar hambrienta.

Lo estaba, y mucho, sentía cómo se le iba la cabeza, le costaba respirar e incluso podía notar cómo el corazón le latía más despacio.

Uno de los vampiros de detrás le dio otro cuenco con sangre y él se lo ofreció, poniéndoselo al alcance.

- Bebe.

Estuvo a punto de cogerlo, titubeó, pero pronto volvió en sí y le dio un manotazo, derramando la sangre por el suelo y rompiendo el envase.

- Jamás. - Lo miró con desafío, frunciendo cejas y labios.

Algunos de los hijos y esposas de Vorador contuvieron la respiración. O era muy valiente, o una completa inconsciente. La mayoría apostaba por lo segundo, no sabía con quién se estaba enfrentando.

- No quiero que mueras. Y si tengo que obligarte a comer, lo haré. - Dijo con un tono mucho menos amable. La agarró de la cara, por la mandíbula y clavándole las garras en los carrillos la obligó a abrir la boca. Alargó la mano libre, y le pasaron otro cuenco, sin más ceremonias lo vació por la garganta de la mulata y le cerró la boca para que no se lo escupiera, que le veía las intenciones. La chica tosió, pero no lo escupió. - En un momento te sentirás mejor.

Era cierto, podía incluso sentir cómo el calor le subía a las mejillas y los pequeños cortes que le había hecho el vampiro con las garras, se cerraban sin dejar rastro.

- Sígueme. - Le dio la espalda y empezó a caminar, sus creaciones les dejaron paso. Se paró un momento, mirándola por encima del hombro al ver que no obedecía. Suspiró, iba a ser difícil. De nuevo usó la telekinesia para atraerla hacia sí. - Si te ordeno algo, espero que lo hagas. No es mi intención hacerte daño, pero si me obligas, no tendré ningún problema con castigarte.

Addrae asintió, pero más por entenderle que por ir a hacer lo que decía. Caminó detrás de él.

- Esta es ahora tu casa. Puedes ir a donde quieras, pero de día debes tener cuidado con los pasillos, todos tienen ventanales que dan al exterior y el sol te mataría. Hay varias bibliotecas, si te aburres te aconsejo que leas.

- No sé.

- ¿No sabes leer?

- Mis padres eran carniceros y el pueblo me odiaba, no pude ir al colegio ni ellos darme una educación. - Contestó seria, mirándole directamente a los ojos.

- Te enseñaré, la ignorancia no es una bendición en lo que a mí respecta; el conocimiento es poder.

Bueno, eso le gustaba un poco más.

- Hasta que puedas cazar por tu cuenta, tus hermanos y yo mismo te alimentaremos. - Continuó. - No puedes salir de la mansión en ningún momento, hasta que yo te lo permita. Tus hermanos están avisados, pero por si acaso, no dejes que ninguno te ponga la mano encima, ya me entiendes.

Hizo un gesto con la boca, ¿eso quería decir que iba a guardarla para sí? ¿Su primera vez sería con él? No sabía cómo tomárselo, pero por lo pronto no dejaría que ni él ni ningún otro la tocase, si quería algo de ella, le iba a costar cogerlo.

- Te enseñaremos a luchar y con el tiempo te daré tu propia arma.

Eso le gustaba aún más.

- Me llamarás, "padre" o "señor".

- Ya tuve un padre. - Dijo con tono desafiante.

- Entonces ya sabes cómo llamarme. - Contestó con sequedad, levantando una ceja.

- Sí, señor. - Contestó sarcásticamente.

Iba a ser realmente difícil de domar. Menudo carácter, pero bueno, los retos le podían. La guió por la casa, mostrándole todo el lugar, aprovechando que era de noche y no había luz que pudiera herirla.

- Procura estar en la zona sin ventanas antes de que empiece a amanecer. - Le recordó. - Si llueve, sea de día o de noche, no te aconsejo que te acerques a las ventanas, puede haber alguna que se haya dejado abierta en un descuido. Como deberías saber, el agua es mortal para nosotros.

- Sí, lo sabía. - Miró uno de los dragones de los ventanales, estaban por todas partes, incluída la chaqueta del vampiro, debía ser su escudo de armas o algo así.

- Pronto tendrás algo de vestir y te daré una tarea para que estés entretenida y tengas una responsabilidad. - Aunque no se quejaba de la vista, no tenía pensado convertirla en esposa, así que mejor mirarla con ojos de padre.

Asintió de nuevo con la cabeza, mejor, no quería estar en camisón lo que le restara de vida.

- Y te aconsejo que comas regularmente, o te debilitarás demasiado cuando vayas a dormir.

Si por ella fuera no probaría bocado, sería una buena forma de salir de aquella maldición de chupacuellos. Qué buen plan.

- Sé que no lo harás, de modo que Hael supervisará tu alimentación si yo no estoy presente. - Le veía las intenciones. Por suerte, Hael era muy responsable y siempre se encargaba bien de los nuevos.

- ¿Y si me niego?

- Tiene mi permiso para obligarte a comer. - La miró de reojo, severamente, ella puso una cara.

Siguieron el paseo, llegaron delante de una puerta extraña, custodiada por dos estátuas de ángeles en túnicas, armados con unas enormes espadas. De hecho, había murales con ángeles por todas partes. Sí que le gustaban. Aunque eran unos ángeles muy extraños, azules y guerreros y tenían garras, como los vampiros. Llegaron a una sala central, presidida por una enorme cristalera con otro ángel, este con una lanza y el cabello muy largo.

- Aquí da más fuerte el sol cuando amanece, así que no te acerques a esas horas. Yo voy a salir ahora, tus hermanos y tus madres se encargarán de ti, procura portarte bien. - Siguió caminando, yéndose por uno de los dos pasillos que parecían dar a la salida.

Gruñó un poco, podría salir por alguno de los ventanales, no sería difícil trepar por la fachada y salir de aquella infernal casa de monstruos. Subió por las escaleras para volver donde estaban los ventanales y se encontró a Hael justo delante de la puerta que eligió.

- ¿Cómo has..?

- Eres cristalina, hermana. - Se cruzó de brazos.

- ¡No soy tu hermana! ¡Y quiero irme a mi casa! - Iba a golpearle, pero el joven vampiro le sujetó las manos.

- Qué fuerza. Mira, no puedes irte. Si tanto quieres a tus padres, no irás a verlos, te darán hambre y los matarás, ¿no lo entiendes?

Lo miró confusamente, ¿los mataría? ¡No!

- ¡Yo jamás haría eso!

- Ahora tienes sed de sangre. ¡Entiéndelo! Los vivos ahora son nuestro alimento.

- ¡Me niego! - Le dio un empujó, derribándolo y salió corriendo pasillo adentro. Llegó delante de una de las ventanas y la abrió.

- Cabezota... - Hael se levantó y fue tras ella, era demasiado joven para poder aguantar una caída así, sus heridas no curarían lo suficiente y si caía en una de las fuentes, menos aún. La agarró por el cuello y la lanzó contra la pared frente a la ventana. - Nuestro padre me ha encomendado tu seguridad, y por Audron que pienso cumplir mi cometido. Quieras tú o no.

Le enseñó los dientes y se lanzó contra él, que la sujetó de nuevo por las muñecas.

- No me obligues a hacerte daño.

- Yo te haré daño a ti, si no me dejas marchar. - Forcejearon un poco, otros de los habitantes de la mansión miraron lo que pasaba con esos dos. Algunos hasta hicieron apuestas.

- La nueva tiene potencial.

- Pero Hael es mayor.

- Ella tiene instinto.

- Él está entrenado.

Lucharon, rompieron un par de mesas, Addrae hasta usó una de las patas rotas para atacar a su contrincante.

- Esto se pone interesante. - Una de esposas más recientes de Vorador, miraba encantada la pelea.

Hael rompió la madera de un golpe, pero casi acabó con uno de los extremos astillados clavados en un ojo, de no ser por sus rápidos reflejos.

- ¡Es una fiera!

- Hay que separarlos o se harán daño. - Comentó otra, asustada al verlos peleando con tanta intensidad.

- Déjalos, así la nueva se cansará y estaremos más tranquilos.

- Padre no querría que se pelearan. - Uno de los mayores se acercó a agarrar a Addrae por detrás y se llevó una patada en plena entrepierna. Se dobló del dolor. Alguno más de los chicos presentes sintieron también el golpe al ver sufrir a su hermano.

Al haberse distraído por la intervención, Hael pudo echársele encima e inmovilizarla.

- ¡Cálmate!

La chica gruñó y trató de hacer fuerza, pero estaba cansada para seguir.

- Tú ganas... por esta vez... - Resopló.

Se levantó y le tendió una mano, que ella rechazó, levantándose por su propio pie.

- Anda, ven a que te encontremos algo que vestir. - Las esposas la rodearon, para su incomodidad y la hicieron entrar en uno de los cuartos con chimenea.

- ¿Qué le podemos poner?

- Algo que muestre esas preciosas curvas.

- Pero no demasiado, no queremos que Vorador se piense lo de que que sea una hija y no una de nosotras. - Se rieron, a Addrae no le hizo gracia. Se dejó quitar el camisón, poco podía hacer para evitarlo, esas mujeres eran más fuertes de lo que parecían. Se tapó con las manos, incómoda.

Buscaron entre la ropa que tenían, alguna era de las cazadoras que había traído Vorador en alguna ocasión para unirlas a sus - a veces sádicos- juegos sexuales.

- ¿Y esta? Le quedará bien y cubre lo necesario. - Una de ellas sacó un conjunto de cuero, abierto por algunas zonas, donde normalmente iba una pieza de ropa como base.

- Sí, es tan bonito, con ese cristal en el pecho. Pruébatelo, querida.

La recién nacida vampiresa miró la ropa con asco, era tan abierto... Pero se lo puso, con tal de no estar desnuda. Le quedaba ajustadísimo. Las mujeres amarraron todos los cinturones, tuvieron que soltar algunos un poco, por la envergadura del cuerpo de su nueva hija. Pronto estuvo adaptado a cada curva.

- Ahora sí estás presentable.

- Toma estas botas. - Eran a piezas, como las de las armaduras. Le tendieron una especie de medias anchas para que las entrara antes, así no harían roce con su piel. Pronto estuvo también calzada, eran cómodas y se adaptaban bien a sus gemelos. - ¿Mejor?

- Sí, gracias.

- A Vorador le va a encantar tu nuevo aspecto.

Eso le daba igual, el caso es que ahora si se escapaba no lo haría en camisón y descalza.

Se pusieron a charlar, sobre sexo, sobretodo, tema que a ella no le resultaba cómodo de oír, así que se marchó del cuarto, dejándolas con su conversación. En la puerta estaba Hael.

- ¿No tienes nada mejor que hacer que seguirme?

- Sí, muchas otras cosas, que preferiría hacer antes que estar tras de ti toda la noche, pero me aguanto.

- Por mí vete a hacerlas, no te lo impido.

- No voy a dejarte sola para que te acabes lanzando por una ventana. Además, deberías comer algo más tras la pelea de antes.

- No te las des tanto, no me hiciste daño.

- Porque no quise.

- Sí, ya, claro.

- ¿En algún momento bajas la defensa? Sólo intento ayudarte.

- No quiero que me ayudes, sólo quiero irme o morirme o lo que sea, antes que estar aquí y ser un vampiro.

- Oh, vamos, no es tan malo como lo pintan.

- Matar a gente para comérsela es de ensueño, ¿no te digo?

- Sólo matamos lo necesario para vivir.

- Pues muéranse y dejen al mundo en paz. - Se fue por el pasillo hacia la biblioteca por donde había pasado con Vorador. Hael fue detrás.

...Continuará

domingo, 18 de abril de 2010

Addrae - 3ª Parte

Empujó el carrito por la calle empedrada, las ruedas chirriantes era lo único que se oía, hasta que llegó cerca de la taverna, entonces el silencio fue sustituido por el barullo del gentío del interior. Llegó a la puerta de las cocinas, la esperaban con la carne.

- Al fin, ya pensaba que no llegarías. - El hombre de la puerta era más bajo que ella, como la mayoría en aquel pueblo.

- ¿Ya estoy, no? Pues no te quejes tanto. Siempre vengo a la misma hora. - Contestó con tono rebelde. Le acercó el carrito y él lo metió dentro de la cocina.

- Ahora te pago, espera un momento.

Addrae se quedó sola, pero no tenía miedo, no sólo porque conocía a todos los del pueblo, sino porque por esa misma razón, llevaba un cuchillo de cortar bajo el mandil. Esperó con mediana paciencia, y al poco salió el hombre con el dinero.

- Buenas noches.

- Hasta mañana.

Caminó hacia su casa viendo de reojo llegar a tres figuras encapuchadas, las miró con curiosidad, pero teniendo al alcance el cuchillo.

- ¿Eres la hija del carnicero? - Preguntó una de las tres figuras, con una seductora voz femenina, la estaban rodeando. - ¿O quizá su esposa?

- Qué figura tan fuerte, y a la vez tan femenina.

- Tan llena de vida.

Las miró a unas y a otras respectivamente, tratando de entrever algo de ellas, pero las ropas las cubrían por completo, desde la cabeza a los pies, no podía ver ni sus manos. Las esquivó y siguió caminando.

- No te vayas, queremos charlar. - Dijo la segunda, con voz melosa. Su rapidez la puso en alerta, se había colocado delante sin apenas ser vista. Respiró hondo e insistió en irse.

- Disculpen, señoras, pero me esperan en casa.

- Pues tendrán que seguir esperándote, querida. - Los ojos de las tres brillaron con ferocidad y se echaron sobre ella, que peleó lo mejor que pudo por evitar que la sujetaran.

- ¡Vampiros! - Exclamó, luchando, pero nadie salió en su ayuda y estaba demasiado lejos de su casa para que sus padres la oyeran.

Se la llevaron de allí, a través del bosque, el bosque estaba prohibido para ella, había criaturas malignas, se decía, que se comían a la gente y estaba a punto de averiguarlo. La arrastraron sin dificultades hasta una imponente mansión en mitad de la espesura. ¿Quién era capaz de vivir en semejante lugar? Forcejeó de nuevo, lográndole dar un certero golpe a una en la cara con el codo, que la soltó, más sorprendida que dolorida. Sacó su cuchillo de trabajo, grande, de hoja ancha y pesada y lo usó para amenazar a las otras dos, para que la soltaran.

- ¡Qué valor! - Se rieron casi a coro. - A Vorador le va a encantar.

- ¡No sé quién es ese Vorador, pero sueñan si piensan que voy a dejarme comer! - La soltaron, más por seguirle el juego que porque estuvieran realmente intimidadas.

Corrió por el patio, pasando cerca de columnas y estátuas, dentro de lo que parecían pequeñas fuentes, el eco de sus pisadas y las risitas de las vampiresas a su espalda era lo único que se oía en el lugar. Esquivó a unas que le cerraron el paso y trató de volver hacia la entrada, cuando otras dos más aparecieron, una de ellas, la agarró y girándole la muñeca con habilidad, la desarmó.

- ¿La cena de hoy? - Preguntó con interés, tirando de ella, que intentaba golpearla, con poca suerte. - ¿O tal vez una nueva hermana?

- Vorador decidirá, espero que se la quede, me gusta, mira qué energía tiene. - Una de las que la trajeron se rió al ver que seguía defendiéndose.

- Habrá que asearla, está hecha un asco. Vamos. - Tiró de Addrae dentro de la casa, que gritaba y forcejeaba.

Toda la decoración era opulenta, pero nada recargada, la carnicera casi tembló al ver más ojos resplandecientes en todas las estancias por las que pasaban. Debían de ser docenas, si no centenas. Sería devorada por aquellos depredadores con aspecto humano... un mal final para lo que había sido una triste vida. La metieron en un baño, aunque había algunas manchitas de sangre aquí y allí.

- Aséate, tienes que estar presentable para Vorador.

- Por mucho que le guste verla cubierta de sangre. - Se rieron.

- No pienso hacerlo.

- Lo hemos pedido por las buenas, niña.

Addrae frunció el ceño.

- Como quieras.

Y como un enjambre de avispas furiosas se echaron sobre ella y le arrancaron la ropa, metiéndola dentro de la bañera, una le dio a una palanca y de un lado se abrió una especie de portezuela, de la que salió un chorro de agua helada. Se cubrió con las manos y recogió las piernas. Podría salpicarlas, sabía que el agua mataba a los vampiros, sólo tenía que mojarse las manos y tocarlas...

- Estará tibia en un momento. - Otra de las vampiresas echó un cubo de agua caliente y la temperatura de la bañera subió un poco, era casi agradable.

- ¿Y cómo piensan hacerme salir? Si se acercan, las salpicaré.

- Morirás de hambre.

- Lo prefiero.

- No digas eso... - Una hizo un pucherito. - Anda, sé buena y lávate.

- Me niego.

- Podemos vaciar la bañera desde aquí y si no te portas bien, te llevaremos así mismo ante Vorador.

Addrae suspiró, las veía muy capaces, y no tenía ganas de que quien quiera que fuese el amo de esas mujeres, la viera de aquella manera. Se aseó con vergüenza, sonrojándose al verse observada y vigilada por las seis vampiresas que la acompañaban. Se puso de pie a regañadientes cuando la de la palanca hizo vaciar la bañera.

- ¿Ves qué bien? - Dos la secaron con una tela suave, tratándola ahora como si fuera una niña, luego envolvieron su desnudez con otra tela, seca y de tacto cálido.

Tal cual la condujeron a una habitación cercana, una chimenea presidía el lugar. Alguien esperaba, mirando el fuego crepitar. Era un hombre muy alto, corpulento, de piel verde y con unas largas orejas, que hacían pensar en un murciélago un poco extraño.

- ¿Qué me traeis? - Se acercó y la miró con detenimiento, antes de pasar una de sus grandes manos de tres dedos por la redondez de su cabeza, haciéndola temblar.

- La hemos recogido en el pueblo que está en las montañas, aquí cerca. ¿Qué te parece? ¿Te gusta?

- ¿Es una cazadora?

- No que sepamos, pero tal y cómo se defiende... podría serlo. - Contestaron con una risita.

- No parece una maga Sarafan... ¿Por qué tiene la cabeza afeitada?

- Parece ser que es así de nacimiento, la gente del pueblo lo cuchicheaba cuando entramos.

- Curioso, muy curioso. - Siguió recorriendo su cabeza con la mano, con atención y cuidado. - ¿Tienes nombre?

Asintió nerviosamente. El vampiro sonrió, divertido por su inquietud.

- ¿Me lo dices? - Añadió.

- A-Addrae.

- Qué bonito.

- Y no es lo único bonito. - La sujetaron por los brazos y tiraron de ellos, llevándose la tela con el movimiento, para que el señor del clan tuviera una mejor visión de la presa de sus esposas. Sus mejillas se ruborizaron al estar de semejante manera delante del vampiro y luchó un poco para volverse a cubrir, sin éxito.

- Por favor... matadme pero no... no me hagais nada... - Rogó apartando la mirada, temiendo su destino.


- ¿Entonces te gusta?

El hombre asintió con la cabeza.

- No temas, pequeña, todo pasará pronto. - Puso las manos sobre sus hombros y clavó sus largos colmillos en la carne de la base del cuello, y bebió su sangre hasta que la muchacha se desmayó y murió. Con paciencia la cogió en brazos y la dejó sobre un sillón que estaba a un lado, cerca de la chimenea, envolviéndola en la tela, nuevamente. Una de sus esposas le retiró uno de los pesados brazaletes que cubrían sus muñecas y usando una garra, se hizo un corte, la sangre no tardó en brotar. Acercó el brazo a la boca entreabierta de la chica muerta y un finísimo hilo de sangre bajó por su garganta. Cuando fue suficiente, se lamió la herida, retirándose. - Llevadla a una de las camas, que descanse, y buscadle ropa, no quiero que vaya desnuda por la casa.

- ¿Seguro? - Preguntó una con una risita, a la vez que obedecía y marchaba a procurarle unas prendas que le fueran. Vorador se rió un poco, cómo eran esas mujeres, las adoraba. Vio cómo se llevaban a Addrae, pronto tendría a una nueva hija y si no estaba equivocado, era la que había esperado que llegara.

... Continuará

martes, 2 de febrero de 2010

Addrae - 2ª Parte

El tiempo pasó, la primavera dio paso al verano y una incipiente curva se marcaba bajo el delantal de Sirida. Las viejas del pueblo cuchicheaban cuando pasaba, y algunos niños la llamaban cosas muy feas como para transcribirlas, pero a ella le daba igual, estaba feliz, pronto tendría un hijo de Nassor. Lo único que la entristecía era que su padre nunca podría conocer a su nieto.

Unos meses más tarde, la matrona fue avisada a la casa para que asistiera el parto de Sirida. Nassor estaba con ellas, ayudando en lo posible, no queriendo dejar sola a su esposa en aquel momento tan importante.

- Un esfuerzo más, venga, ya casi está fuera la cabeza, ¡empuja!

Entre los quejidos de su madre, se oyó un llanto de bebé.

- ¿Qué es? - Preguntó el orgulloso padre, acariciando y besando la frente de Sirida, sosteniéndole una mano que ella había apretado como si la vida se le fuera en ello.

- Es una niña. - La mujer se la dio y los dos miraron con amor al bebé de piel morena que lloraba en los brazos de su madre.

- Es preciosa... - Cansada, Sirida lloró de felicidad.

- Ayúdame a recoger esto, anda. - Dijo la matrona al padre. - Déjalas descansar.

Él asintió, aunque tuviera más ganas de estar con su familia.

- Sólo falta tu nombre... tendrá que ser muy bonito... como tú... - Susurró Sirida al bebé, que había dejado de llorar cuando estuvo en contacto con su piel.


Pasaron los años y la pequeña crecía, y mucho, era bastante más alta que las demás niñas de su edad, y de algunas mayores también.

- Addrae, no te quedes ahí mucho rato, que me tienes que ayudar a tender.

- Sí, mamá. - Su madre se volvió dentro de la casa; ella dibujaba en las piedras del suelo con un trozo de carbón.

- ¡Eh, calva! ¡ Negra calva, negra calva! - Exclamaron unos niños al pasar por delante de ella. La niña les miró enfadada.

- ¡Idiotas! - Respondió tirándoles el trozo de carbón.

Y es que Addrae no sólo era de piel oscura y de una altura mayor, era lampiña casi por completo, las pestañas largas y tupidas que decoraban sus párpados eran el único vello corporal de la niña, cabeza incluída. Se aguantó las lágrimas una vez más y entró en la casa.

- Odio este pueblo. ¿Por qué se meten tanto conmigo? Yo no les hago nada.

- No les hagas caso, mi amor. - Su madre tendía la ropa mojada en las cuerdas detrás de la casa, en el patio. - Son estúpidos. Se meten contigo porque eres diferente y ellos son todos iguales y aburridos, están celosos de lo especial que eres. - Le dio un beso en el pañuelo que le cubría la cabeza.

Addrae no es que dudara de las palabras de su madre, pero hasta el sacerdote decía que era así porque estaba maldita, porque sus padres eran de diferente raza y que Él no lo había aprobado, por eso no tenía pelo. Cogió una camisa y la retorció bien antes de dársela a su madre para que la tendiera.

- Tienes la fuerza de tu padre.

- No me parezco casi nada a ti... me gustaría ser más como tú. - Dijo con tono triste.

- No digas eso. Estate orgullosa de parecerte a tu padre, él vino de muy lejos y ha tenido que hacer frente a esa gente tan tonta mucho tiempo y sigue siendo igual de bueno que cuando le conocí. Además te pareces tanto a él que creo que eres mucho más guapa que yo.

- Tú eres mucho más guapa, mamá. - Dijo sonrojándose, en ella se notaba mucho más que en su padre, ya que su piel era algo más clara.

- Qué más quisiera yo tener esos ojos almendrados y de color miel, ay, hija, la gente está ciega y no ve lo guapa que eres. Que no tengas pelo hace que tu piel sera mucho más suave que la de cualquier chica rica. - Le cogió la cara por debajo según le decía aquello. - Tú no les hagas caso, ¿vale?

La niña suspiró, asintiendo con la cabeza, dándole otro trapo escurrido.

Pero las cosas no mejoraban con la gente del pueblo según se iba haciendo mayor. Como adolescente ya sobrepasaba la altura de la mayoría de los chicos y era tan fuerte como ellos, si no más. De hecho tumbó a uno de un empujón.

- ¡Si vuelves a decir eso, te haré comerte cada cascote del camino!

- ¡Eres una maldita porque tu madre se lo hizo con ese animal de tu padre!

- ¡Tú te lo has buscado!

Se pelearon con bastante violencia, él se llevó bastantes más golpes que ella. Unos cuantos tuvieron que separarlos. Addrae escupió al suelo un poco de sangre que le caía del labio superior.

Sirida salió y sujetó a su hija.

- ¿Se puede saber qué está pasando?

- Él empezó. - Alegó la niña.

- Yo sólo dije la verdad. - Contestó él.

- ¡Mi padre no es un animal! - Gritó Addrae, intentando volver a pegar al chico.

Sirida miró al niño con desaprobación y luego a su padre, que lo sujetaba, más bien alejándolo para que Addrae no le golpeara.

- Controla a tu hija, Sirida. Ya es bastante que sea... así, como para que encima se porte como una fiera.

- Mi hija defiende a su familia, eso nunca ha sido motivo para tratar a nadie de ser una fiera. Mantén tú a tu hijo lejos de ella, o no puedo garantizar que esté allí para sujetarla la próxima vez.

Nassor salió de la carnicería, alertado por el jaleo. Addrae se fue con él.

- Quiero irme de aquí.

- Sé que no te gusta, Addrae, pero este es nuestro hogar, sólo tienes que acostumbrarte.

- ¡No quiero acostumbrarme! ¡Quiero matarlos a todos! - Exclamó cogiendo un cuchillo y clavándolo con fuerza a la madera de corte. Se echó a llorar y subió corriendo las escaleras.

Sirida entró en la tienda.

- Ya no sé qué hacer... no me extraña que salte pero... un día le van a hacer daño de verdad. - Cogió un cazo y lo llenó con agua para ir a limpiarle los cortes a su hija. - Tal vez deberíamos irnos.

- Le juramos a tu padre que cuidaríamos el negocio y que no permitiríamos que nos echaran esa panda de ignorantes.

- Lo sé pero...

- Además, en todas partes la tratarían como una paria, amor. Aquí por lo menos es un pueblo pequeño y sólo son dos o tres los que la molestan, no veinte o treinta.

- Tienes razón. - Le dio un beso en la mejilla y subió por las escaleras. - Addrae. - Llamó su atención, la adolescente nunca cerraba la puerta de su cuarto, estaba en su cama, llorando.

- Vete, quiero estar sola.

- No, no quieres, por eso sigues yendo donde están esos aunque los odies.

- ¿Por qué tengo que ser tan diferente? Me gustaría tener amigos, uno aunque fuera.

- Lo sé, cariño, ya se harán a ti, se paciente.

- Con el tiempo que lleva papá aquí y aún le llaman animal... Nunca nos tratarán normal.

Sirida limpió el corte en el labio de su hija y suspiró.

- Las cosas cambiarán a mejor, ya lo verás.

Un día, Addrae miraba por la ventana de su habitación cuando llegó un carromato con artistas ambulantes al pueblo, un hombre hacía malavarismos, una mujer se doblaba de maneras imposibles, otra decía predecir la buenaventura, y así un pequeño grupito, entre ellos un joven trovador, que cantaba acerca del espectáculo que ofrecían. Tenía el pelo oscuro, pero castaño, no negro como sus padres y unos ojos vivaces, su sonrisa la hizo sonreír de vuelta. Bajó a la calle a verlos más de cerca, pero se quedó en la puerta de la casa. Eran un grupo variado, eran viajeros, habían visto mundo, tal vez ellos no la rechazaran... Se lo siguió pensando según escuchaba la alegre voz del trovador anunciar su estancia en el pueblo por una semana.

Pasados unos días, una noche se acercó al campamento de los artistas. La mujer flexible charlaba acerca del espectáculo que harían por la mañana.

- Eh, tenemos una visitante. - Dijo el chico del laúd con una risita. Addrae, sabiendo cómo eran las reacciones de la gente al verla por primera vez, se retiró, desapareciendo en la oscuridad. - ¡Eh, vuelve!.. será tímida.

Se escondió en la casa y no podía quitarse de la cabeza la voz del trovador, se durmió recordando la tonadilla de cuando entraron al pueblo.

Al día siguiente se levantó temprano y se ató un pañuelo en la cabeza según bajaba a la carnicería.

- ¿Dónde estuviste anoche, aventurera? - Preguntó su padre, atándose el mandil.

- Fui a ver a los artistas de cerca.

- ¿Por qué no vas ahora y ves el espectáculo?

- No, me quedo a ayudarte.

- Esta noche se van. Toma estas monedas, ve el espectáculo y luego se las das, ¿vale? Olvídate del mundo por un rato. - Le dio unas pocas monedas, sonriendo.

- ¡Gracias! - Besó su mejilla, abrazándole y salió por la parte trasera, saludando a su madre al pasar.

- ¿A dónde va con esa prisa? - Preguntó a Nassor.

- A olvidarse del mundo un rato. - Contestó él, antes de dar un corte limpio a un costillar.

Addrae llegó a la plazoleta del pueblo y se mantuvo en un lado, mirando el espectáculo, maravillada con la de cosas que era capaz de hacer volar entre sus manos, el malabarista, incluso espadas y antorchas encendidas. Al fin le tocó el turno a su favorito, el trovador, tendría su edad, tal vez un poco mayor y su voz la tenía encandilada. Era un artista, sensible y romántico, como las canciones que tocaba y hacían suspirar también a las otras chicas que le escuchaban. Un rato más tarde, anunciando que la gitana vería ahora a los que querían saber su futuro, cerraron. La mulata se acercó con cautela por un lado, esperó a que el músico estuviera solo para darle las monedas y decirle lo mucho que le había gustado su actuación. Sonrió cuando se despidió de las chicas. Era su momento. Avanzó, con el dinero en una mano y la otra cubriéndole la zona del corazón, notándolo palpitar con fuerza bajo esta.

- Hola...

- ¿Hola, eh, no eres la de la otra noche?

Asintió en respuesta.

- ¿Te ha gustado el espectáculo?

- Mucho, cantas muy bien. - Alargó la mano para darle las monedas. - Toma...

No se dio cuenta de que una de las chicas también había esperado a que el chico se quedara solo y vio el acercamiento de Addrae, y con maldad tiró del pañuelo que le cubría la cabeza, soltando una risotada.

- ¡La maldita intenta seducir al trovador!

Addrae dio un gritito, tirando las monedas al cubrirse la cabeza con las manos. Miró avergonzada al músico, que la miró con asco.

- Aléjate de mí, maldita. - Se alejó de ellas.

La mulata lo miró irse y estuvo a punto de echarse a llorar, pero en lugar de eso se giró y le dio un puñetazo a la chica, partiéndole la nariz.

- ¡Eres una imbécil! - Se marchó corriendo. - Y yo una tonta por creer que él sería diferente... - Susurró para sí.

Corrió la voz del nuevo ataque de la muchacha a la chica y el pueblo entero se quejó de ello. Sus padres trataron de relajar las cosas, pero la única solución que les dieron era que no la dejaran salir de la casa o lo tomarían como una amenaza y antes de que hiriera a alguien más, la matarían. Addrae, entre sus padres, miraba con odio a la gente.

- ¡Me da igual no salir, de todos modos, no merecen la pena!

Y así pasó su adolescencia, encerrada en su propia casa, teniendo que aguantar las burlas de los niños que pasaban por delante de la carnicería, o cómo algunos jóvenes escupían en la puerta cuando ella la estaba limpiando. Pero tenía que aguantarse, ya todo le daba igual, no había nada fuera de casa que mereciera la pena.

- Addrae, necesito llevar un encargo de carne a la taverna, ¿me acompañas?

- No puedo salir de casa. - Contestó con voz inerte.

- Por la noche no hay nadie por la calle, así podrás pasear sin que te digan cosas.

Sus afilados ojos anaranjados parecieron brillar.

- Anda, vamos.

Los dos salieron en silencio con el carrito con los paquetes de carne para la taverna, sus mejores clientes, pasaban muchos viajeros hambrientos por aquella zona y lo que más pedían era un buen puchero con carne.

La noche se convirtió en su parte favorita del día, podía salir sin oír voces amenazantes, ni insultos, ni risas... sólo el murmullo del viento. Al fin algo merecía la pena, aquellos momentos de libertad lo valían, se convirtió en una rutina agradable y sin la que no podía estar. Al final iba sola a llevar los fardos.

...Continuará

sábado, 16 de enero de 2010

Addrae - 1ª Parte


Un grupo de viajeros, sentados en la parte trasera de un carro, se aproxima a la invisible frontera de Nosgoth. Entre ellos, un hombre de tez morena y rasgos exóticos mira los Pilares con especial atención y sonríe.

- ¿Qué te hace sonreír así, Nassor? - Le pregunta otro hombre, a su lado.

- Los Pilares, desde nuestra tierra casi no se dislumbran, pero míralos, brillan como estrellas.

- Sí, son bonitos, pero dicen que están custodiados por demonios, yo que tú no me acercaría.

Pero Nassor no podía apartar la vista de aquellos nueve prodigios que se alzaban más allá de donde llevaba su visión, perdiéndose hacia el cielo.

El viaje duró varios días más hasta que finalmente se apeó del carro, despidiéndose de su amigo con la mano y deseándole suerte con su andanza. Había elegido aquel pueblecito al azar desde la que empezar su nueva vida. Bauerndorf, casi no podía pronunciarlo, apenas conocía el idioma, sólo algunas palabras, pero esperaba que fueran suficientes. Caminó por la calle principal, la gente se le quedaba mirando al pasar, la mayoría extrañados, pero muchas expresiones no eran precisamente alentadoras. Procuró no mirar a nadie y seguir caminando. ¿Dónde podría encontrar un lugar donde trabajar? Probó en varios lugares, en la herrería, en la taberna, en los campos... pero nadie parecía querer tenerle cerca. Se sentó en una piedra, agotado de todo el día caminando de un lado para otro, suspiró, tendría que ir a otro pueblo.

- ¿Hola? - Levantó la vista. Una joven de pelo oscuro y mejillas sonrosadas le sonreía. Le sonrió de vuelta, poniéndose de pie. - He oído que buscas trabajo. - Asintió rápidamente; la chica se rió un poco. - Ven conmigo, mi padre te dará trabajo. Oh, por cierto, me llamo Sirida.

- Yo soy Nassor. - Le estrechó la mano, la diferencia del tamaño de la delicada mano de la muchacha con la suya, unida al contraste entre sus tonos de piel quedó más patente al tocarse.

Llegaron delante de una casa de aspecto recio y antiguo, de ella salía un olor bastante persistente a sangre seca y carne cruda. Miró el cartel, aunque no entendía la letra, comprendió el dibujo, un cuchillo de hoja grande, cuadrada, clavado en una pieza de madera. Era una carnicería.

- Padre, le encontré. - Sirida lo dejó pasar y se apartó para que su padre le viera mejor.

- Ah, bien. - Se limpió las manos en el mandil y lo miró con detenimiento, Nassor se sintió pequeño en comparación, incluso siendo dos palmos más alto que el carnicero, por su fuerte constitución y su poblada barba, oscura, como el cabello y en contraste unos ojos azules muy claros, casi grises. - Soy Waldemar.

- Nassor. - Se estrecharon las manos, pero Waldemar no se la soltó, la apretó un poco más, él devolvió el apretón, estuvieron un momento parados, apretándose las manos, hasta que el carnicero se rió y lo soltó.

- Tienes mucha fuerza, muchacho, eso está bien, entre menos golpes tengas que usar para partir los huesos, mejor. - Le dio una palmada en el hombro. - Vienes de muy lejos, ¿verdad?

- Sí, señor. - Afortunadamente por ahora le iba entendiendo palabras sueltas, aunque aquella pregunta en concreto la había oído tantas veces que ya sabía todas sus sílabas. - Soy delmuy al sur.

- Hablemos de tu paga.

- Me contento con poco, señor.

- Comida y alojamiento, y algo aparte para que te compres ropa, aquí los inviernos son muy duros, seguro que en tus tierras no nieva tanto como aquí.

- Nunca nieva, señor.

- ¿Nunca? ¡Ja! ¡Eso sí que no me lo esperaba, un sitio donde nunca nieva! - Soltó una carcajada. - Razón de más para que te abrigues, muchacho, no quiero sabañones o miembros congelados que haya que cortar, estando entero trabajarás mejor. ¿Te parece bien el pago?

- Sí, señor. - La diferencia del trato del carnicero con el del resto del pueblo le abrumaba, pero se sintió cómodo, era como estar en casa.

- Sirida, acomódalo arriba y que baje, para enseñarle cómo despiezar.

- Claro. Ven conmigo. - Le hizo un gesto, tirándole un poco de la capa de piel que llevaba sobre un hombro. - Es un poco brusco, pero ya verás cómo le cogerás cariño pronto. - Comentaba según subían las escaleras.

- Es muy simpático, más que la otra gente.

- En este pueblo no ven muy bien a los extranjeros, nosotros vinimos de Freeport cuando yo era muy pequeña y también nos trataron raro. Creo que ni siquiera ahora se han hecho a la idea de tenernos de vecinos.

Asintió a lo que decía, aunque no entendió ni la mitad. Sonrió maravillado al ver su cuarto cuando ella le abrió una de las puertas de ese piso. No era inmenso, pero estaba recogido, limpio y tenía una ventana, para él más que suficiente. Pensaba que lo instalarían en una cuadra o algo similar, como habían hecho en las tascas donde hicieron noche durante el viaje.

- Es muy bonito, gracias.

- No me las des, hombre, todos los cuartos son iguales, no son muy grandes, pero son calientes en invierno cuando enciendes la chimenea. - La recorrió hasta la ventana. - Y lo mejor, es que tenemos vista de los Pilares. ¿A que son preciosos?

- Mucho. ¿Crees que algún día podré acercarme a verlos? - Se asomó con ella.

- No lo sé. Los vigilan unos magos y unos vampiros. Es peligroso ir a esa zona.

- Oh... bueno, tendré que verlos desde aquí.

- Los podemos mirar juntos. - Dijo poniéndose un poco colorada.

Le sonrió y asintió con la cabeza.

- ¡A qué tanto retraso, bajen ya! - Dijo la áspera voz de Waldemar.

Los dos bajaron las escaleras con prisas.

Con el tiempo le contaron que la madre de Sirida había muerto de unas fiebres un par de años antes, fiebres que casi se llevaron a su hija con ella. Waldemar no quería hablar del tema, así que no se volvió a nombrar. Al principio los clientes no querían nada que hubiera despiezado Nassor, pero poco a poco comenzaron a tolerar su presencia, no aceptarla del todo, pero no comentaban nada delante de él o la familia que lo había acogido.

Ya habían pasado dos años desde que el inmigrante del sur se instalara en el pueblo y el amor entre él y Sirida era cada vez más notable, ya no sólo eran obvias las furtivas miradas, las sonrisitas, las risas que se callaban repentinamente cuando alguien aparecía, sino el contacto: manos entrelazadas, caricias cuando creían que nadie miraba. Pero siempre había unos ojos al acecho.

- Yo los he visto besándose. - Dijo una señora con la cabeza cubierta con un paño.

- Y yo caminar cogidos de las manos. - Contestó otra.

- ¡Y Waldemar se lo permite! - Exclamó una tercera.

- No sé a dónde vamos a llegar. El pueblo está degenerando.

- No debimos dejar asentarse a los extranjeros.

- Traen la suciedad y la depravación. ¿Dónde se ha visto?

Callaron al ver pasar a Waldemar acompañado de Nassor, que venían cargados de unas herramientas para arreglar el redil de los animales que mandaban vivos por encargo de algunos clientes a los que se los regalaban para engordarlos antes de una celebración familiar. Luego ellos se encargaban de dar muerte a los animales y cortarlos para su futura cocina, nadie quería ensuciarse las manos con algo así.

- Ya están otra vez cuchicheando esas urracas. - Sus ojos azules miraron de reojo el grupito.

Nassor no se atrevió a decir nada del tema, era algo que no se trataba en la calle, sino en la casa.

- ¡¿Por qué no se meten en sus asuntos, viejas brujas!? - Waldemar se dio la vuelta y les gritó, asustándolas y a Nassor también. - ¿Qué les importa ustedes con quién anda mi hija, vamos a ver? ¡Al menos este muchacho es trabajador, no como Ubel, o Hunfrid, que sólo piensan en emborracharse e irse de putas!

- Waldemar, por favor... - Nassor le tocó un brazo para que caminase hacia la casa. Las mujeres lo miraban escandalizadas. Algunas otras personas salieron de sus casas para ver el escándalo.

- Malditas viejas. - Gruñó haciendo caso del gesto de su trabajador. - Tú no les hagas caso, muchacho. No escuches esas tonterías, cómo si no fueras tan bueno como esos gandules... tú vales mucho más, pero sólo ven tu color diferente. ¿¡Qué sabrán ellos?!

- Gracias, pero no tienes porqué enfrentarte a ellas por mí, de verdad.

- Claro que sí, ya eres mi hijo político, si no te defiendo yo de esas arpías... Caramba, ¿quién lo hará?

- Aún no nos hemos casado. - Pareció sonrojarse, pero estaba encantado con esa idea, ser esposo de Sirida era lo que más deseaba en el mundo.

- Bueno, es una formalidad que sólo hay que celebrar. De todos modos cuando yo ya no esté tú te encargarás de la carnicería y de Sirida, pase lo que pase.

Le sonrió, la verdad es que había sido como un padre para él y afortunadamente no había puesto ningún tipo de impedimento a su relación, incluso les dejaba estar a solas antes del matrimonio, algo que sí que daría qué hablar a las charlatanas aquellas.

- Y espero que me den nietos pronto, quiero ver correr por ahí a unos niños preciosos de piel morena y ojos azules por el pueblo.

Nassor lo que temía era cómo tratarían a sus hijos en el pueblo, sabiendo cómo eran de crueles los niños. Como adulto, les escuchaba y les ignoraba, pero... Suspiró, tiempo al tiempo.

Aquel invierno trajo una helada tan fuerte que algunos animales morían por congelación, con lo que la carnicería acababa tirando piezas enteras, al no poder venderlas a nadie. Pero lo peor fue la enfermedad de Waldemar, llevaba más de una semana en la cama, con fiebre, tosiendo y más dormido que despierto. El curandero del pueblo no les daba muchas esperanzas.

- No creo que llegue a la primavera, lo siento. - Dijo recogiendo sus cosas y saliendo de la habitación. La luz anaranjada del fuego de la chimenea inundaba el lugar.

Sirida lloraba y Nassor le acariciaba la espalda, abrazándola.

- ¿Por qué se lo tiene que llevar a él también? ¿Por qué? - Se quejaba la muchacha. Él suspiró, sin saber qué responderle.

- Vamos a velarle día y noche, ¿de acuerdo? Yo atenderé la tienda y tú le cuidarás, duerme aquí con él. Que cuando llegue el momento seas tú quien esté a su lado para guiarle. - Susurró. Ella asintió con la cabeza, hipando. - Voy a prepararte algo caliente.

Waldemar sólo aguantó una semana tras la visita del curandero, y se le enterró en el cementerio del pueblo, durante uno de los pocos descansos que se tomaba la ventisca antes de soplar con más fuerza. El sacerdote rezó una oración por él y recibió sepultura, quedando su nombre recordado en una losa de piedra encima de su lugar de descanso eterno.

- Tu padre me pidió un favor mucho antes de su enfermedad, Sirida. - Dijo el hombre santo, una vez entraron en la iglesia.

- ¿Y qué era? - Preguntó sin ánimo, como si otra hablara por su boca. Nassor tenía sus manos cubriendo las suyas y permanecía en silencio, respetando su dolor.

- Me dijo que les casara esta primavera.

- Sí... queríamos celebrarlo en la colina... cuando las flores se abrieran... - Sorbió por la nariz, sintiendo que se iba a poner a llorar otra vez.

- Podemos esperar y guardar su luto... no es necesario hacerlo todavía. - Comentó su futuro esposo, con voz queda.

- No... él quería que nos casáramos en primavera, fue su último deseo, quiero cumplirlo. - Sonrió con tristeza a Nassor, que le secó una lágrima con un dedo, suavemente. El sacerdote se aclaró la garganta.

- Lo que quería decirte es que no va a ser posible.

Los dos lo miraron sin comprender.

- ¿Por qué?

- No puedo casaros. No está bien.

- ¿Qué? - En ese momento la mirada de Sirida se pareció a la de su padre, cuando empezaba a enfadarse.

- Sería una unión pecaminosa, entiéndelo. Él no es de nuestra raza.

Sirida boqueó, su enfado, mezclado con el dolor de acabar de enterrar a su padre hacía que sus pensamientos se entrelazaran.

- ¿¡Y qué más da eso?! - Terminó explotando. - Sólo importa el amor que nos tenemos, y ya está. Mi padre aprobaba, así que tenemos su bendición también. ¡No me diga ahora que no es posible!

- Sirida, ya está bastante mal vuestra relación como para encima querer que les una con la santidad del matrimonio. - El sacerdote seguía en sus trece, intentando hacer entrar en su razón a la alterada muchacha.

- ¿Pues sabe qué? ¡Yo nos declaro marido y mujer ahora mismo! Mire qué fácil ha sido. ¡Si Él no aprueba entonces ya nos lo hará saber! - Se levantó y se marchó acompañada de su ahora esposo.

Al llegar a la casa cerró de un portazo y se abrazó a Nassor.

- ¿Me quieres?

- Claro que te quiero, y me da igual que ese idiota no nos case... ya eras mi esposa mucho antes de hoy.

Se sonrieron y se besaron. Ahora sí que darían de qué hablar en el pueblo.

...Continuará

martes, 12 de enero de 2010

Un elfo azul en Nueva York - Cap.1

Cap 1. Esa noche

No hacía ni un mes desde que había llegado a Nueva York. Pasaba la mayor parte del día escondiéndome de la gente normal que pululaba por la calle, pero las noches eran mías. La ciudad se convertía en mi patio de recreo por unas horas, en las que la oscuridad tendía su negro manto y me hacía prácticamente invisible al ojo humano. Respiré el frío y sucio aire desde el interior de un callejón, un hombre vestido con andrajos canturreaba algo a mi espalda, acostado sobre unos cartones; con una botella oculta dentro de una arrugada bolsa de papel amarillento en su mano derecha. Le miré durante un momento más antes de desaparecer del lugar.

Teleportarse al principio había sido cansado y muy desagradable, pero con la práctica se había vuelto uno de mis pasatiempos favoritos. Especialmente en noches cerradas como aquella, en la que ni siquiera la luna iluminaba la ciudad y podía moverme con soltura, sin miedo a que alguien pudiera descubrirme. Reaparecí en la fachada del edificio de enfrente, aún con la sensación de haber corrido un sprint, con el corazón bombeando fuerte en mi pecho y el ligero mareo. Pronto me recuperé; de nuevo mi zona de juegos me brindaba la ocasión de entretener mi casi insaciable necesidad de moverme, de trepar, de saltar… y no había tiempo que desperdiciar. Corriendo por la fachada, aprovechando aquella habilidad de adherirme a las paredes; esquivé todas las ventanas y balcones que se pusieron a mi paso, cada vez más rápido con diferentes giros, cualquier movimiento que me hiciera sentir como en el circo, cuando representábamos aquellas divertidas obras con los trapecistas… La ciudad era mi nuevo circo y las farolas, mis nuevos trapecios. Salté hacia una que estaba apagada y me colgué de ella con las manos, giré un par de veces por encima para acabar con los pies entre las manos, casi sentado sobre el sucio metal.

Entonces fue cuando lo sentí. Una vibración en el suelo, que hizo temblar la farola sobre la que me encontraba… la alarma de un coche cercano atrajo mi atención durante un segundo, antes de que la segunda la reemplazara, y la tercera… dejé de atenderlas, de fondo se oía perros ladrando, ¿qué ocurría? ¿Sería un terremoto? En Nueva York… era poco probable, pero por si acaso, me bajé al suelo y aproveché la oscuridad reinante por la falta de luz de mi antiguo asidero, nadie me vería en mitad de la acera. Los temblores se hacían más fuertes, un temor instintivo me recorrió la espalda, me decía que se acercaba algo… algo grande… y así era. Una criatura mecánica gigantesca dobló una esquina, apoyando una mano en el edificio más cercano, y me miró directamente, en mitad de la oscuridad, sabía que me veía, no sé cómo, pero lo sabía. Dijo algo en inglés, con una voz informatizada e impersonal, a la vez que alzaba una mano, con la palma hacia mí, una especie de fotolito rojo se encendió, di un paso atrás. No perdí el tiempo, me teleporté al otro lado de la calle, lo más lejos que pude, pero aún teniendo a la vista a aquella cosa. Unos viandantes gritaron al darse cuenta de la presencia del robot, salieron huyendo despavoridos. De nuevo la voz electrónica, sabía que me hablaba a mí, se había girado hacia donde estaba, pero no sabía qué me decía… debí aprender inglés antes de venir a este país… mi alemán no me servía en semejante situación. ¿Qué quería esa cosa de mí? Más pasos, algo más acelerados, se acercaba, y deprisa. No tenía elección. Volví a desaparecer, esta vez aparecí en el interior de un apartamento que para mi sorpresa estaba completamente vacío, sin lugar donde esconderme… apoyé la espalda contra una pared, agachado en el suelo, oculto lo más que pude en una sombra. Veía la ventana desde donde estaba y oía los pasos, se acercaba, ¿qué podía hacer? Esa criatura me encontraría sin dificultades… El pulso se me aceleraba de nuevo, sólo podía oír los pasos, mi corazón y mi respiración entrecortada, estaba completamente aterrorizado. Tragué saliva al ver su sombra proyectarse en el edificio de enfrente. Me pegué más aún a la pared, no tenía escapatoria. La cabeza del gigantesco robot comenzó a verse a través de la ventana. Comenzó a girarse hacia donde me encontraba… pero una ráfaga de energía roja llamó su atención, y a decir verdad, la mía también. La cabeza volvió a girarse, encarando hacia la calle.

¿Qué ocurría? Oí algunos gritos más, pero esta vez no eran de terror… Una vez la máquina pasó de largo de donde estaba escondido, me atreví a salir. Ser tan curioso, en ocasiones como esta, era peligroso, pero quería saber quién había venido en mi auxilio. Trepé por la pared del inmueble. Abajo había unas personas, todos vestidos con ropa oscura, parecida al cuero y luchaban contra el robot… superhéroes seguramente. Sentí una ráfaga de viento pasar rozándome, una figura voló cerca de mí, sólo tuve tiempo de verla reflejada en una ventana según pasaba, pero no la distinguí con suficiente claridad. El cielo comenzó a cerrarse y oscurecerse aún más, una repentina lluvia plomiza humedeció mi ropa y mi pelaje azul oscuro. Unos rayos iluminaron la noche, aparté la mirada, deslumbrado, otro error como el de haber salido de mi escondite. Un segundo robot se reunía con el primero… y se había fijado en mí, una figura oscura en una fachada clara, sólo me faltaba un cartel luminoso sobre la cabeza, para delatarme aún más. Me habló igual que el primero, no perdí el tiempo, corrí por la pared en sentido contrario al del otro robot y la gente uniformada, quería estar lejos de allí, lo más alejado posible, huir de aquellas criaturas. Miré brevemente hacia atrás. Sólo Dios sabe porqué elegí precisamente ese momento en el que la máquina me disparaba con una de sus manos, salté de la pared y mis dedos fueron a agarrarse a un poste eléctrico, hubo un segundo disparo, pero yo ya no estaba allí posado, estaba en el suelo tras teleportarme, me estaba cansando y mucho, no podría seguir aquel ritmo mucho rato más. Corrí calle arriba, lo más deprisa que me permitían las piernas. Ya no oía los gritos, no oía los pasos, sólo oía mi corazón, golpeando violentamente en el interior del pecho. Otro disparo derribó una farola, pasando peligrosamente a mi lado, y desgraciadamente esta cayó tan cerca de mí que, por esquivarla de un salto en el último momento, caí rodando al suelo, mareado, cansado y asustado como nunca antes en mi vida. Sólo tuve tiempo de alzar la mirada, aquella iba a ser la última imagen que presenciase, un gigantesco pie metálico se cernía sobre mí, iba a aplastarme. Cerré los ojos, todo acabaría en un segundo.

Pero alguien me sujetó de un brazo, con firmeza. Sentí un frío antinatural recorriéndome la espalda, abrí los ojos y no creí lo que tenía delante, capas y capas de asfalto y cemento… como si de un esquema representado en un libro se tratase. Estaba atravesando el suelo, y seguía vivo, o al menos eso parecía. Una voz aniñada sonó a mi izquierda, donde me habían agarrado antes; miré, era una muchacha de pelo largo y rizado, castaño y ojos grandes, no debía tener más de quince o dieciséis años e iba vestida como los superhéroes que había visto antes… Me sonrió, sin soltar sus brazos de alrededor del mío, no luché, sabía que me estaba salvando, estábamos bajo el suelo, probablemente el robot seguía en la superficie. Ella dijo algo más, que tampoco llegué a entender, pero tiró de mí hacia arriba, salimos atravesando con suavidad el pavimento de la acera, más allá, estaba la máquina, se giró hacia nosotros al sentirnos… o detectarnos, no sé cómo explicarlo. Cogí de la mano a la chica y nos hice desaparecer, hasta el final de aquella calle, lo más lejos que podría llegar en mi fatigado estado. Probablemente hice mal, ella dijo algo antes de ponerse la mano en la boca, aparentemente mareada por el salto, no me extrañaba en absoluto, no era la primera vez que transportaba a alguien y el proceso era desagradable para ambos; pero tuve que hacerlo, para alejarnos del robot. Caí al suelo, ya no podía más. Ella tiró de mí para hacerme levantar, era inútil, las piernas no me respondían del cansancio, le negué con la cabeza, le señalé la calle, para que huyera, esa cosa me cogería, pero no permitiría que aquella pobre samaritana adolescente sufriera mi destino.

La calle se iluminó de rojo cuando el robot disparó contra nosotros, pero no llegó a tocarnos. Sentí el calor a nuestro alrededor, las manos de la muchacha sobre mis brazos, me estaba cubriendo, me protegía de nuevo… pero ella no era la que había parado el disparo… Alcé la vista para distinguir a un hombre grande, inmenso, también uniformado, estaba intacto y yo completamente atónito, su piel estaba completamente formada por bandas y bandas de un metal plateado y brillante. Él y la chica se dijeron algo, él me habló, y de nuevo no le entendí, pero sí distinguí que su acento era diferente, ruso o checo probablemente. La voz informatizada nos distrajo, la máquina nos hablaba a los tres y se disponía a volver a disparar. El hombre metalizado se colocó delante de nosotros y la chica del pelo castaño me sujetó antes de gritarle algo al hombre. Otra vez sentí aquel frío y desaparecimos atravesando la línea de la calle. No sé cómo nos desplazamos, sólo sabía que no debía soltarme de ella. Mi mayor temor cuando aprendí a controlar mi poder era el de no saber dónde reaparecer y que hubiera un objeto justo en el camino y me fusionara con él, matándome al momento… pero ahora estaba atravesando la calle… por dentro, nadando en ella como si de agua se tratase, siendo arrastrado por una joven heroína. Salimos un poco más allá, lejos del monstruo mecánico y el hombre de metal. Me esforcé por dar los pasos que nos separaban de un callejón, nos ocultamos allí. La chica se apoyó en la pared más cercana, respirando profundamente, recuperando el aliento de tanto movimiento en tan poco tiempo.

Le di las gracias en alemán, le agradecí su ayuda. Por la cara que puso, supe que no me había entendido, pero pareció darse cuenta de lo que trataba de decirle y sonrió. El hombre de metal se reunió con nosotros, corriendo. Dos pasos de la máquina sonaron a su espalda, se dio la vuelta deprisa y paró uno de los pies con sus manos metalizadas, creí que lo aplastaría, pero se mantuvo ahí. Miré a la chica de reojo, estaba angustiada, se sumergió en el suelo y cuando reapareció estaba debajo del hombretón, lo sujetó por la cintura y ambos desaparecieron bajo el asfalto negro. Por un momento me quedé más tranquilo, pero no me duró mucho rato. El robot ahora sólo tenía un blanco… yo. Iba a terminar de recorrer la distancia que nos separaba cuando algo saltó desde uno de los edificios colindantes, algo muy rápido. La mano de la chica apareció del suelo, sujetándome por una muñeca; tras ella emergieron el resto de su persona y el hombre grande. Cuando volví la atención de nuevo al gigantesco robot casi di un salto del susto al ver caer su inmensa cabeza a escasos metros de nosotros, tras esta cayó el cuerpo, pesadamente, terminando de quebrar la calle, todo el asfalto se desplazó por la colisión, unas farolas cayeron y un par de coches fueron volcados, uno de ellos se estrelló contra la fachada del edificio en el que nos ocultábamos.

Y algo descendió de encima de la espalda del decapitado robot. Era otro hombre, mucho más bajo, peinado de un modo salvaje y de nuevo con el mismo uniforme. Habló con los otros dos y luego me miró a mí, con una expresión poco impresionada, hizo un simple gesto con la cabeza, que fácilmente pude traducir como que me preguntaba cómo estaba; respondí con un gesto muy americano que había aprendido hacía poco, levanté el pulgar de una mano, indicándole que estaba bien. Asintió y dijo algo más. El hombre grande me hizo levantar del suelo sin apenas esfuerzo.

¿Qué harían conmigo tras derrotar a aquellas moles de metal? El del acento de Europa del este me preguntó algo más, que tampoco supe responder. La muchacha se encogió de hombros cuando la miró a ella. Yo los miraba sin comprender, hasta que mi atención se distrajo al ver a una bella mujer de piel oscura, haciendo contraste con una melena blanca como la nieve; descender volando hasta donde estábamos parados. Sus ojos pasaron de un blanco que rivalizaba con su pelo, a un azul brillante. Ella debía ser quien pasó cuando estaba pegado a la pared. El grupo se habló y me miraron todos a la vez, lo que me hizo sentir algo incómodo, no es como si no estuviera acostumbrado a causar espectación, teniendo en cuenta mi trabajo y aspecto pero el no entender qué pasaba, me ponía nervioso. La mujer recién llegada me sonrió cálidamente y se señaló.

- Tormenta. - Debía ser su nombre, sí, por cómo me indicaba a mí, esperando una respuesta a su gesto, le contesté.

- Kurt Wagner.

Entonces todos se presentaron al ver que entendía esa rudimentaria manera de darse a conocer.

- Gatasombra. - Dijo la jovencita, señalándose.

- Coloso. - El alto.

- Lobezno. - El último encendió un cigarro y miró hacia la calle, otras dos personas, vestidas de la misma manera que ellos, se acercaron: un hombre joven con unas gafas muy extrañas y una esbelta mujer pelirroja.

- Cíclope y Fénix. - Me dijo Gatasombra, señalando primero a él y luego a ella.

Cíclope me habló, pero fue Tormenta quien respondió en mi lugar, Fénix se aproximó a mí y puso sus manos cerca de mi cabeza, la miré espectante, ¿qué estaba haciendo? Entonces la sentí. Me hablaba, pero mentalmente, no eran palabras exactamente, eran como sensaciones que me transmitía. Iban a ayudarme, a llevarme a un sitio donde estaría a salvo. Cuando separó las manos, me sonrió amigablemente. Le asentí con la cabeza.

Coloso me ayudó a llegar hasta un avión que parecía sacado de una película de ciencia ficción, negro azulado, brillante y con forma de espada, bonito. Gatasombra me enseñó cómo se abrochaba el cinturón y la imité. No es como si necesitara un cinturón de seguridad, teniendo en cuenta que me adhería a las superficies, pero no rechazaría tan amable preocupación por mi integridad física. Levanté el pulgar y ella respondió de igual manera. El avión despegó con una suave vibración, y en vertical, como un helicóptero, cosa que me maravilló, traté de ver por uno de los ventanucos de los lados, la ciudad quedaba bajo nosotros en breves momentos. Cíclope y Tormenta estaban a los mandos y parecían muy compenetrados, Fénix y Gatasombra hablaban y por las veces que me miraron, no era difícil adivinar el tema, pero me hice el despistado. Pasamos unos minutos en el avión, antes de que llegáramos a nuestro destino, descendimos bajo el suelo, el hangar era subterráneo, ¿estaría a punto de ver la cueva secreta de esos superhéroes?

Bajamos del avión por la misma escalerilla por la que subimos, por suerte estaba algo más repuesto del desgaste de energía, tras estar sentado todo el viaje. Coloso me hizo un gesto para que fuera con ellos, al ya poder moverme con facilidad por mi propio pie. El hangar era oscuro, pero algunos lugares emitían ligeras luminiscencias azules, no era especialmente acogedor, pero tampoco se podía pedir demasiado del lugar donde se guardaba una nave. Los seguí hasta un elevador que nos subió varios metros. Cuando la puerta se abrió, estábamos en un pasillo de una casa elegante y grande, bastante. Estaba todo a oscuras, debido a la hora. La mayoría de los héroes se despideron de mí y se retiraron, probablemente a descansar. Sólo Fénix y Cíclope siguieron conmigo.

Me acompañaron hasta un cuarto, en ese mismo piso, al final de un largo pasillo. Estaba muy nervioso, pero traté de disimularlo, aunque la cola se me movía sola, haciendo ondas, reflejando mi ansiedad interior. La mujer pelirroja me sonrió y puso una mano en mi hombro, notando la intranquilidad. Su sonrisa me dio algo más de ánimo. Cíclope tocó la puerta con los nudillos, estaba entreabierta. Una voz masculina, grave pero amistosa surgió del interior. Al pasar me encontré con los ojos azules de un hombre de edad avanzada, mirándome desde una silla de ruedas en la que estaba sentado, ni un cabello cubría su cabeza. Me sonreía con amabilidad y un pensamiento recorrió mi mente: no tengas miedo. Procuré no tenerlo, pero todo era demasiado nuevo, demasiado confuso, ¿quién era esa gente? Su nombre, o lo que me pareció entender que era su nombre, me fue desvelado de nuevo sin que él abriera la boca, Xavier, Profesor Xavier. Me tendió una mano y la estreché. Su voz mental me recordaba lo cansado que estaba, lo mucho que necesitaba dormir tras todo lo sucedido, ya hablaríamos por la mañana. Era como lo que había hecho Fénix hacía un rato, hablar sin voz y sin idioma, una sensación más que unas palabras. Sea como fuere, Cíclope me acompañó a un cuarto vacío y me sonrió tras decir algo, por el parecido con la misma fórmula en alemán aprecié que me daba las buenas noches, antes de retirarse.

Estaba realmente agotado y la visión de una cama fue más que celestial, dejé la gabardina a los pies y me tumbé, nada más cerrar los ojos, quedé profundamente dormido. Los sueños fueron extraños, las voces de los dos telépatas resonaban como un eco, y entre todos, una visión de la carpa del circo que hasta hacía poco había sido mi hogar. Llamé a mi familia, entrando en la carpa, pero dentro había un robot de aquellos gigantes, pero pintado como un payaso, una mano se posó en mi hombro, era Gatasombra, pero sus ojos eran blancos como los de Tormenta antes de volverse azules. Una pequeña humareda dirigió mi atención hacia Lobezno, que fumaba un puro sobre la cabeza decapitada de otro robot mucho más grande en mitad de la pista central. Al girarme para salir, me encontré de cara con el Profesor Xavier, que no iba en silla de ruedas, sino que paseaba, con las manos en los bolsillos. No la necesitaba astralmente, decía en mi idioma. ¿Estaba allí de verdad? ¿O lo estaba soñando como todo lo demás?