martes, 2 de febrero de 2010

Addrae - 2ª Parte

El tiempo pasó, la primavera dio paso al verano y una incipiente curva se marcaba bajo el delantal de Sirida. Las viejas del pueblo cuchicheaban cuando pasaba, y algunos niños la llamaban cosas muy feas como para transcribirlas, pero a ella le daba igual, estaba feliz, pronto tendría un hijo de Nassor. Lo único que la entristecía era que su padre nunca podría conocer a su nieto.

Unos meses más tarde, la matrona fue avisada a la casa para que asistiera el parto de Sirida. Nassor estaba con ellas, ayudando en lo posible, no queriendo dejar sola a su esposa en aquel momento tan importante.

- Un esfuerzo más, venga, ya casi está fuera la cabeza, ¡empuja!

Entre los quejidos de su madre, se oyó un llanto de bebé.

- ¿Qué es? - Preguntó el orgulloso padre, acariciando y besando la frente de Sirida, sosteniéndole una mano que ella había apretado como si la vida se le fuera en ello.

- Es una niña. - La mujer se la dio y los dos miraron con amor al bebé de piel morena que lloraba en los brazos de su madre.

- Es preciosa... - Cansada, Sirida lloró de felicidad.

- Ayúdame a recoger esto, anda. - Dijo la matrona al padre. - Déjalas descansar.

Él asintió, aunque tuviera más ganas de estar con su familia.

- Sólo falta tu nombre... tendrá que ser muy bonito... como tú... - Susurró Sirida al bebé, que había dejado de llorar cuando estuvo en contacto con su piel.


Pasaron los años y la pequeña crecía, y mucho, era bastante más alta que las demás niñas de su edad, y de algunas mayores también.

- Addrae, no te quedes ahí mucho rato, que me tienes que ayudar a tender.

- Sí, mamá. - Su madre se volvió dentro de la casa; ella dibujaba en las piedras del suelo con un trozo de carbón.

- ¡Eh, calva! ¡ Negra calva, negra calva! - Exclamaron unos niños al pasar por delante de ella. La niña les miró enfadada.

- ¡Idiotas! - Respondió tirándoles el trozo de carbón.

Y es que Addrae no sólo era de piel oscura y de una altura mayor, era lampiña casi por completo, las pestañas largas y tupidas que decoraban sus párpados eran el único vello corporal de la niña, cabeza incluída. Se aguantó las lágrimas una vez más y entró en la casa.

- Odio este pueblo. ¿Por qué se meten tanto conmigo? Yo no les hago nada.

- No les hagas caso, mi amor. - Su madre tendía la ropa mojada en las cuerdas detrás de la casa, en el patio. - Son estúpidos. Se meten contigo porque eres diferente y ellos son todos iguales y aburridos, están celosos de lo especial que eres. - Le dio un beso en el pañuelo que le cubría la cabeza.

Addrae no es que dudara de las palabras de su madre, pero hasta el sacerdote decía que era así porque estaba maldita, porque sus padres eran de diferente raza y que Él no lo había aprobado, por eso no tenía pelo. Cogió una camisa y la retorció bien antes de dársela a su madre para que la tendiera.

- Tienes la fuerza de tu padre.

- No me parezco casi nada a ti... me gustaría ser más como tú. - Dijo con tono triste.

- No digas eso. Estate orgullosa de parecerte a tu padre, él vino de muy lejos y ha tenido que hacer frente a esa gente tan tonta mucho tiempo y sigue siendo igual de bueno que cuando le conocí. Además te pareces tanto a él que creo que eres mucho más guapa que yo.

- Tú eres mucho más guapa, mamá. - Dijo sonrojándose, en ella se notaba mucho más que en su padre, ya que su piel era algo más clara.

- Qué más quisiera yo tener esos ojos almendrados y de color miel, ay, hija, la gente está ciega y no ve lo guapa que eres. Que no tengas pelo hace que tu piel sera mucho más suave que la de cualquier chica rica. - Le cogió la cara por debajo según le decía aquello. - Tú no les hagas caso, ¿vale?

La niña suspiró, asintiendo con la cabeza, dándole otro trapo escurrido.

Pero las cosas no mejoraban con la gente del pueblo según se iba haciendo mayor. Como adolescente ya sobrepasaba la altura de la mayoría de los chicos y era tan fuerte como ellos, si no más. De hecho tumbó a uno de un empujón.

- ¡Si vuelves a decir eso, te haré comerte cada cascote del camino!

- ¡Eres una maldita porque tu madre se lo hizo con ese animal de tu padre!

- ¡Tú te lo has buscado!

Se pelearon con bastante violencia, él se llevó bastantes más golpes que ella. Unos cuantos tuvieron que separarlos. Addrae escupió al suelo un poco de sangre que le caía del labio superior.

Sirida salió y sujetó a su hija.

- ¿Se puede saber qué está pasando?

- Él empezó. - Alegó la niña.

- Yo sólo dije la verdad. - Contestó él.

- ¡Mi padre no es un animal! - Gritó Addrae, intentando volver a pegar al chico.

Sirida miró al niño con desaprobación y luego a su padre, que lo sujetaba, más bien alejándolo para que Addrae no le golpeara.

- Controla a tu hija, Sirida. Ya es bastante que sea... así, como para que encima se porte como una fiera.

- Mi hija defiende a su familia, eso nunca ha sido motivo para tratar a nadie de ser una fiera. Mantén tú a tu hijo lejos de ella, o no puedo garantizar que esté allí para sujetarla la próxima vez.

Nassor salió de la carnicería, alertado por el jaleo. Addrae se fue con él.

- Quiero irme de aquí.

- Sé que no te gusta, Addrae, pero este es nuestro hogar, sólo tienes que acostumbrarte.

- ¡No quiero acostumbrarme! ¡Quiero matarlos a todos! - Exclamó cogiendo un cuchillo y clavándolo con fuerza a la madera de corte. Se echó a llorar y subió corriendo las escaleras.

Sirida entró en la tienda.

- Ya no sé qué hacer... no me extraña que salte pero... un día le van a hacer daño de verdad. - Cogió un cazo y lo llenó con agua para ir a limpiarle los cortes a su hija. - Tal vez deberíamos irnos.

- Le juramos a tu padre que cuidaríamos el negocio y que no permitiríamos que nos echaran esa panda de ignorantes.

- Lo sé pero...

- Además, en todas partes la tratarían como una paria, amor. Aquí por lo menos es un pueblo pequeño y sólo son dos o tres los que la molestan, no veinte o treinta.

- Tienes razón. - Le dio un beso en la mejilla y subió por las escaleras. - Addrae. - Llamó su atención, la adolescente nunca cerraba la puerta de su cuarto, estaba en su cama, llorando.

- Vete, quiero estar sola.

- No, no quieres, por eso sigues yendo donde están esos aunque los odies.

- ¿Por qué tengo que ser tan diferente? Me gustaría tener amigos, uno aunque fuera.

- Lo sé, cariño, ya se harán a ti, se paciente.

- Con el tiempo que lleva papá aquí y aún le llaman animal... Nunca nos tratarán normal.

Sirida limpió el corte en el labio de su hija y suspiró.

- Las cosas cambiarán a mejor, ya lo verás.

Un día, Addrae miraba por la ventana de su habitación cuando llegó un carromato con artistas ambulantes al pueblo, un hombre hacía malavarismos, una mujer se doblaba de maneras imposibles, otra decía predecir la buenaventura, y así un pequeño grupito, entre ellos un joven trovador, que cantaba acerca del espectáculo que ofrecían. Tenía el pelo oscuro, pero castaño, no negro como sus padres y unos ojos vivaces, su sonrisa la hizo sonreír de vuelta. Bajó a la calle a verlos más de cerca, pero se quedó en la puerta de la casa. Eran un grupo variado, eran viajeros, habían visto mundo, tal vez ellos no la rechazaran... Se lo siguió pensando según escuchaba la alegre voz del trovador anunciar su estancia en el pueblo por una semana.

Pasados unos días, una noche se acercó al campamento de los artistas. La mujer flexible charlaba acerca del espectáculo que harían por la mañana.

- Eh, tenemos una visitante. - Dijo el chico del laúd con una risita. Addrae, sabiendo cómo eran las reacciones de la gente al verla por primera vez, se retiró, desapareciendo en la oscuridad. - ¡Eh, vuelve!.. será tímida.

Se escondió en la casa y no podía quitarse de la cabeza la voz del trovador, se durmió recordando la tonadilla de cuando entraron al pueblo.

Al día siguiente se levantó temprano y se ató un pañuelo en la cabeza según bajaba a la carnicería.

- ¿Dónde estuviste anoche, aventurera? - Preguntó su padre, atándose el mandil.

- Fui a ver a los artistas de cerca.

- ¿Por qué no vas ahora y ves el espectáculo?

- No, me quedo a ayudarte.

- Esta noche se van. Toma estas monedas, ve el espectáculo y luego se las das, ¿vale? Olvídate del mundo por un rato. - Le dio unas pocas monedas, sonriendo.

- ¡Gracias! - Besó su mejilla, abrazándole y salió por la parte trasera, saludando a su madre al pasar.

- ¿A dónde va con esa prisa? - Preguntó a Nassor.

- A olvidarse del mundo un rato. - Contestó él, antes de dar un corte limpio a un costillar.

Addrae llegó a la plazoleta del pueblo y se mantuvo en un lado, mirando el espectáculo, maravillada con la de cosas que era capaz de hacer volar entre sus manos, el malabarista, incluso espadas y antorchas encendidas. Al fin le tocó el turno a su favorito, el trovador, tendría su edad, tal vez un poco mayor y su voz la tenía encandilada. Era un artista, sensible y romántico, como las canciones que tocaba y hacían suspirar también a las otras chicas que le escuchaban. Un rato más tarde, anunciando que la gitana vería ahora a los que querían saber su futuro, cerraron. La mulata se acercó con cautela por un lado, esperó a que el músico estuviera solo para darle las monedas y decirle lo mucho que le había gustado su actuación. Sonrió cuando se despidió de las chicas. Era su momento. Avanzó, con el dinero en una mano y la otra cubriéndole la zona del corazón, notándolo palpitar con fuerza bajo esta.

- Hola...

- ¿Hola, eh, no eres la de la otra noche?

Asintió en respuesta.

- ¿Te ha gustado el espectáculo?

- Mucho, cantas muy bien. - Alargó la mano para darle las monedas. - Toma...

No se dio cuenta de que una de las chicas también había esperado a que el chico se quedara solo y vio el acercamiento de Addrae, y con maldad tiró del pañuelo que le cubría la cabeza, soltando una risotada.

- ¡La maldita intenta seducir al trovador!

Addrae dio un gritito, tirando las monedas al cubrirse la cabeza con las manos. Miró avergonzada al músico, que la miró con asco.

- Aléjate de mí, maldita. - Se alejó de ellas.

La mulata lo miró irse y estuvo a punto de echarse a llorar, pero en lugar de eso se giró y le dio un puñetazo a la chica, partiéndole la nariz.

- ¡Eres una imbécil! - Se marchó corriendo. - Y yo una tonta por creer que él sería diferente... - Susurró para sí.

Corrió la voz del nuevo ataque de la muchacha a la chica y el pueblo entero se quejó de ello. Sus padres trataron de relajar las cosas, pero la única solución que les dieron era que no la dejaran salir de la casa o lo tomarían como una amenaza y antes de que hiriera a alguien más, la matarían. Addrae, entre sus padres, miraba con odio a la gente.

- ¡Me da igual no salir, de todos modos, no merecen la pena!

Y así pasó su adolescencia, encerrada en su propia casa, teniendo que aguantar las burlas de los niños que pasaban por delante de la carnicería, o cómo algunos jóvenes escupían en la puerta cuando ella la estaba limpiando. Pero tenía que aguantarse, ya todo le daba igual, no había nada fuera de casa que mereciera la pena.

- Addrae, necesito llevar un encargo de carne a la taverna, ¿me acompañas?

- No puedo salir de casa. - Contestó con voz inerte.

- Por la noche no hay nadie por la calle, así podrás pasear sin que te digan cosas.

Sus afilados ojos anaranjados parecieron brillar.

- Anda, vamos.

Los dos salieron en silencio con el carrito con los paquetes de carne para la taverna, sus mejores clientes, pasaban muchos viajeros hambrientos por aquella zona y lo que más pedían era un buen puchero con carne.

La noche se convirtió en su parte favorita del día, podía salir sin oír voces amenazantes, ni insultos, ni risas... sólo el murmullo del viento. Al fin algo merecía la pena, aquellos momentos de libertad lo valían, se convirtió en una rutina agradable y sin la que no podía estar. Al final iba sola a llevar los fardos.

...Continuará