domingo, 18 de abril de 2010

Addrae - 3ª Parte

Empujó el carrito por la calle empedrada, las ruedas chirriantes era lo único que se oía, hasta que llegó cerca de la taverna, entonces el silencio fue sustituido por el barullo del gentío del interior. Llegó a la puerta de las cocinas, la esperaban con la carne.

- Al fin, ya pensaba que no llegarías. - El hombre de la puerta era más bajo que ella, como la mayoría en aquel pueblo.

- ¿Ya estoy, no? Pues no te quejes tanto. Siempre vengo a la misma hora. - Contestó con tono rebelde. Le acercó el carrito y él lo metió dentro de la cocina.

- Ahora te pago, espera un momento.

Addrae se quedó sola, pero no tenía miedo, no sólo porque conocía a todos los del pueblo, sino porque por esa misma razón, llevaba un cuchillo de cortar bajo el mandil. Esperó con mediana paciencia, y al poco salió el hombre con el dinero.

- Buenas noches.

- Hasta mañana.

Caminó hacia su casa viendo de reojo llegar a tres figuras encapuchadas, las miró con curiosidad, pero teniendo al alcance el cuchillo.

- ¿Eres la hija del carnicero? - Preguntó una de las tres figuras, con una seductora voz femenina, la estaban rodeando. - ¿O quizá su esposa?

- Qué figura tan fuerte, y a la vez tan femenina.

- Tan llena de vida.

Las miró a unas y a otras respectivamente, tratando de entrever algo de ellas, pero las ropas las cubrían por completo, desde la cabeza a los pies, no podía ver ni sus manos. Las esquivó y siguió caminando.

- No te vayas, queremos charlar. - Dijo la segunda, con voz melosa. Su rapidez la puso en alerta, se había colocado delante sin apenas ser vista. Respiró hondo e insistió en irse.

- Disculpen, señoras, pero me esperan en casa.

- Pues tendrán que seguir esperándote, querida. - Los ojos de las tres brillaron con ferocidad y se echaron sobre ella, que peleó lo mejor que pudo por evitar que la sujetaran.

- ¡Vampiros! - Exclamó, luchando, pero nadie salió en su ayuda y estaba demasiado lejos de su casa para que sus padres la oyeran.

Se la llevaron de allí, a través del bosque, el bosque estaba prohibido para ella, había criaturas malignas, se decía, que se comían a la gente y estaba a punto de averiguarlo. La arrastraron sin dificultades hasta una imponente mansión en mitad de la espesura. ¿Quién era capaz de vivir en semejante lugar? Forcejeó de nuevo, lográndole dar un certero golpe a una en la cara con el codo, que la soltó, más sorprendida que dolorida. Sacó su cuchillo de trabajo, grande, de hoja ancha y pesada y lo usó para amenazar a las otras dos, para que la soltaran.

- ¡Qué valor! - Se rieron casi a coro. - A Vorador le va a encantar.

- ¡No sé quién es ese Vorador, pero sueñan si piensan que voy a dejarme comer! - La soltaron, más por seguirle el juego que porque estuvieran realmente intimidadas.

Corrió por el patio, pasando cerca de columnas y estátuas, dentro de lo que parecían pequeñas fuentes, el eco de sus pisadas y las risitas de las vampiresas a su espalda era lo único que se oía en el lugar. Esquivó a unas que le cerraron el paso y trató de volver hacia la entrada, cuando otras dos más aparecieron, una de ellas, la agarró y girándole la muñeca con habilidad, la desarmó.

- ¿La cena de hoy? - Preguntó con interés, tirando de ella, que intentaba golpearla, con poca suerte. - ¿O tal vez una nueva hermana?

- Vorador decidirá, espero que se la quede, me gusta, mira qué energía tiene. - Una de las que la trajeron se rió al ver que seguía defendiéndose.

- Habrá que asearla, está hecha un asco. Vamos. - Tiró de Addrae dentro de la casa, que gritaba y forcejeaba.

Toda la decoración era opulenta, pero nada recargada, la carnicera casi tembló al ver más ojos resplandecientes en todas las estancias por las que pasaban. Debían de ser docenas, si no centenas. Sería devorada por aquellos depredadores con aspecto humano... un mal final para lo que había sido una triste vida. La metieron en un baño, aunque había algunas manchitas de sangre aquí y allí.

- Aséate, tienes que estar presentable para Vorador.

- Por mucho que le guste verla cubierta de sangre. - Se rieron.

- No pienso hacerlo.

- Lo hemos pedido por las buenas, niña.

Addrae frunció el ceño.

- Como quieras.

Y como un enjambre de avispas furiosas se echaron sobre ella y le arrancaron la ropa, metiéndola dentro de la bañera, una le dio a una palanca y de un lado se abrió una especie de portezuela, de la que salió un chorro de agua helada. Se cubrió con las manos y recogió las piernas. Podría salpicarlas, sabía que el agua mataba a los vampiros, sólo tenía que mojarse las manos y tocarlas...

- Estará tibia en un momento. - Otra de las vampiresas echó un cubo de agua caliente y la temperatura de la bañera subió un poco, era casi agradable.

- ¿Y cómo piensan hacerme salir? Si se acercan, las salpicaré.

- Morirás de hambre.

- Lo prefiero.

- No digas eso... - Una hizo un pucherito. - Anda, sé buena y lávate.

- Me niego.

- Podemos vaciar la bañera desde aquí y si no te portas bien, te llevaremos así mismo ante Vorador.

Addrae suspiró, las veía muy capaces, y no tenía ganas de que quien quiera que fuese el amo de esas mujeres, la viera de aquella manera. Se aseó con vergüenza, sonrojándose al verse observada y vigilada por las seis vampiresas que la acompañaban. Se puso de pie a regañadientes cuando la de la palanca hizo vaciar la bañera.

- ¿Ves qué bien? - Dos la secaron con una tela suave, tratándola ahora como si fuera una niña, luego envolvieron su desnudez con otra tela, seca y de tacto cálido.

Tal cual la condujeron a una habitación cercana, una chimenea presidía el lugar. Alguien esperaba, mirando el fuego crepitar. Era un hombre muy alto, corpulento, de piel verde y con unas largas orejas, que hacían pensar en un murciélago un poco extraño.

- ¿Qué me traeis? - Se acercó y la miró con detenimiento, antes de pasar una de sus grandes manos de tres dedos por la redondez de su cabeza, haciéndola temblar.

- La hemos recogido en el pueblo que está en las montañas, aquí cerca. ¿Qué te parece? ¿Te gusta?

- ¿Es una cazadora?

- No que sepamos, pero tal y cómo se defiende... podría serlo. - Contestaron con una risita.

- No parece una maga Sarafan... ¿Por qué tiene la cabeza afeitada?

- Parece ser que es así de nacimiento, la gente del pueblo lo cuchicheaba cuando entramos.

- Curioso, muy curioso. - Siguió recorriendo su cabeza con la mano, con atención y cuidado. - ¿Tienes nombre?

Asintió nerviosamente. El vampiro sonrió, divertido por su inquietud.

- ¿Me lo dices? - Añadió.

- A-Addrae.

- Qué bonito.

- Y no es lo único bonito. - La sujetaron por los brazos y tiraron de ellos, llevándose la tela con el movimiento, para que el señor del clan tuviera una mejor visión de la presa de sus esposas. Sus mejillas se ruborizaron al estar de semejante manera delante del vampiro y luchó un poco para volverse a cubrir, sin éxito.

- Por favor... matadme pero no... no me hagais nada... - Rogó apartando la mirada, temiendo su destino.


- ¿Entonces te gusta?

El hombre asintió con la cabeza.

- No temas, pequeña, todo pasará pronto. - Puso las manos sobre sus hombros y clavó sus largos colmillos en la carne de la base del cuello, y bebió su sangre hasta que la muchacha se desmayó y murió. Con paciencia la cogió en brazos y la dejó sobre un sillón que estaba a un lado, cerca de la chimenea, envolviéndola en la tela, nuevamente. Una de sus esposas le retiró uno de los pesados brazaletes que cubrían sus muñecas y usando una garra, se hizo un corte, la sangre no tardó en brotar. Acercó el brazo a la boca entreabierta de la chica muerta y un finísimo hilo de sangre bajó por su garganta. Cuando fue suficiente, se lamió la herida, retirándose. - Llevadla a una de las camas, que descanse, y buscadle ropa, no quiero que vaya desnuda por la casa.

- ¿Seguro? - Preguntó una con una risita, a la vez que obedecía y marchaba a procurarle unas prendas que le fueran. Vorador se rió un poco, cómo eran esas mujeres, las adoraba. Vio cómo se llevaban a Addrae, pronto tendría a una nueva hija y si no estaba equivocado, era la que había esperado que llegara.

... Continuará