Tenía ya trece años y finalmente entrenaba con los mayores, se reajustó el cinturón del dogi, esperando a que le cambiaran de contrincante. Levantó ligeramente la vista del cinto para ver al hombre de la cicatriz llegar delante de él. Del temor que sentía hacia él siete años atrás, sólo había quedado una ligera incomodidad al estar cerca. Se colocó con seguridad; el guardaespaldas, con el mismo dogi que él, lo miró y sonrió de lado con cierto desprecio.
- Adelante. - Dijo el maestro, apartándose para ver mejor el combate.
Sinji fue el primero en atacar y pronto fue parado y con un rápido movimiento, tirado al suelo, pero eso no lo detuvo, desde donde estaba le dio una patada en la canilla a su oponente, que lo hizo retroceder, lo justo para ponerse de pie otra vez, de un salto. Resopló, qué fallo. No lo repetiría.
- Venga. - Lo apremió el otro. - ¿No sabes hacerlo mejor, niño?
No, no dejaría que lo provocara, tenía que estar templado, sereno, imperturbable, pero le costaba horrores, se mordió el labio por dentro y se recolocó antes de volver a atacar, pero midiendo los golpes, no le dejaría volverle a tumbar. Lucharon un rato, Sinji siempre llevaba las de perder, su adversario estaba mucho más versado en combate que él y eso no parecía pararle en absoluto, el maestro casi dio un paso hacia ellos cuando vio que salía sangre de la nariz del adolescente, pero este se la limpió con una mano descuidadamente al notar el sabor en los labios. No iba a darse por derrotado por tan poco, pero el de la cicatriz tampoco; cuando el chico se lanzó a por él otra vez, el hombre logró agarrarlo por una muñeca y se la torció hasta ponerla en un ángulo doloroso para Sinji, que sólo dejó escapar un ligero quejido.
- Ríndete o te la parto.
Antes muerto que rendirse. Trató de encontrar una manera de soltarse, se ponía cada vez más nervioso, tenía que liberarse como fuera. De repente se quedó sin aire, como de pequeño cuando miraba a los ojos de aquel tipo, pero esta vez era diferente, era como si sus pulmones no pudieran moverse. A su contrincante se le cambió la cara al ver que se ponía morado y lo soltó.
- Eh, chaval, ¿qué te pasa? ¡Sensei! - Llamó al maestro, que se acercó deprisa.
- ¡Sinji, Sinji! ¡Respira, muchacho! ¡Kenta, ve a llamar al doctor, rápido!
El chico se llevó las manos a la garganta y cayó al suelo, se le nublaba la vista, todo se volvía borroso y las voces cada vez más lejanas, distinguió las siluetas de dos personas acercarse a él con rapidez y entonces desde dentro del pecho sintió como un chasquido y sus pulmones se hincharon nuevamente. Respiró jadeante, intentando recuperar el aliento, estaba muy mareado, centró la vista y vio a su maestro, estaba completamente parado, como si le hubieran dado a la pausa.
- ¿Sensei? ¿Sensei, qué ocurre? - Se sentó al ver por el rabillo del ojo a las otras personas que vio acercarse, pero estaban como en cámara lenta. ¿Qué pasaba? ¿Estaba muerto y su espíritu veía así las cosas? No, sentía el dolor en la cara por el golpe de la nariz, lo que le dolía el pecho al volver a respirar. Retrocedió hasta una pared, asustado, separándose de quienes intentaban socorrerlo y vio como se movían al alejarse.
Los tres, más los otros estudiantes, lo miraron asombrados y luego se miraron entre ellos.
- ¡Lo siento, lo siento! - Exclamó comprendiendo que era él quien había provocado aquella ralentización. - ¡No lo he hecho a propósito! ¡Lo siento!
- Ve a llamar a Yoshioka. Que baje a verlo. - Dijo el sensei a Kenta, que sólo asintió y se fue escaleras arriba.
Sinji seguía donde estaba, sentado contra una pared, mirándoles aterrado. ¿Qué le iban a hacer?
Yoshioka no tardó en personarse allí con el guardaespaldas que fue en su busca y dirigió su mirada oscura hacia el niño que estaba apartado del resto.
- ¿Qué es lo que ha pasado? - Preguntó preocupado.
- Le dio un ataque de ansiedad y cuando parecía recuperarse, nos paralizó a todos. - Explicó el médico, extrañado. - Es uno de ellos.
¿Uno de ellos? ¿Uno de quienes?
- Ya veo. Bueno, eso no cambia nada.- Se fue a acercar al chico cuando notó como si algo tirara de él hacia atrás, le costaba cada vez más moverse y llegar hasta Sinji, cuando estuvo a casi un metro ya no pudo avanzar más.
- Lo siento, lo siento. - Se disculpó otra vez el aterrorizado adolescente, que hiperventilaba de los nervios.
¿Qué era exactamente ese poder? Entre más cerca menos podía moverse, entonces... El jefe de todos aquellos hombres se movió hacia atrás, separándose del joven en el suelo y recobró la libertad de movilidad.
- Interesante. - Sacó un bolígrafo de su chaqueta, de un bolsillo interior y lo lanzó hacia Sinji, el objeto sufrió el mismo efecto que los demás. - Qué práctico.
- ¿Práctico? Nadie podrá acercarse a él a menos de tres metros.
- Precisamente. - Era el escudo humano perfecto. - Sinji, escúchame, tienes que calmarte, todo va a ir bien. Dígaselo, doctor.
- S-sí, Sinji relájate y así podrás apagarlo. - No lo tenía muy claro, pero tal vez Yoshioka tenía razón y tampoco era cuestión de discutirle. - Respira despacio, profunda y pausadamente.
El chico asintió y trató de obedecer, aspirando por la nariz y soltando el aire por la boca, sin quitarle la vista de encima al bolígrafo parado a un par de palmos de él. Se apartó un poco de su trayectoria al ver que empezaba a moverse otra vez y seguía su camino.
- Lo estás haciendo muy bien, Sinji. - Yoshioka sonrió, ese muchacho iba a ser mucho más útil de lo que parecía en un principio.
Después de varios minutos, el bolígrafo ya había botado contra la pared y estaba en el suelo, al lado del jovencito de ojos azules.
- Quiero que potencie esa habilidad, que la controle al máximo. Búsquele todas las posibilidades y explótelas, enséñele a ponerlas en práctica en segundos. - Dijo Yoshioka al maestro, que seguía observando a su alumno menor. - Quiero que esté a mi lado en menos de dos años.
- Sí, señor. - Contestó el anciano.
Los primeros meses de su entrenamiento especial ya empezaron a dar sus frutos gracias a las meditaciones diarias y al control de la respiración, pronto se dieron cuenta de que esta era especialmente importante cuando el escudo de retardo estaba extendido, entre más espaciada era su respiración, desde más lejos podía hacer parar a alguien o a algo.
- Bien, hoy vamos a intentar algo diferente. - Dijo su maestro con unas estrellas metálicas, de cuatro puntas, de aspecto afilado, en las manos. - Como ya recordarás, estos se llaman shuriken. - El chico asintió. - Practicaremos tus reflejos. - Y sin previo aviso, le lanzó tres, uno tras otro, muy seguidos, el primero se le clavó en un hombro, el segundo le rozó la cara y el tercero se paró a poco de su pecho.
Sinji resoplaba, intentando mantener su respiración a un nivel normal, viendo esa estrella metálica a tan poca distancia de su corazón. Le dolía el brazo, estuvo a punto de soltar un par de exclamaciones, pero estas no llegaron a salir de sus labios. Levantó una mano y apartó la que le amenazaba.
- Mal, otra vez. Bájalo. - En cuanto vio que el shuriken apartado a un lado caía al suelo, otros tres abandonaron las manos del anciano sensei.
Esta vez esquivó el primero, se hirió con el segundo, y el tercero, igual que antes, también fue detenido, esta vez a más distancia.
- Aún mal. No los esquives, páralos.
- Lo siento sensei, es el instinto. - Se colocó bien otra vez y se concentró, no podía moverse, no podía moverse, sólo respirar, respirar hondo cuando viera los shuriken. Era más fácil pensarlo que hacerlo. Le costó una semana llegar a parar esos tres shuriken. Durante los siguientes meses, arcos y flechas sustituyeron a las estrellas metálicas y más tarde ballestas se cambiaron por los arcos. Velocidad, es lo que intentaban controlar, agudizar su visión de objetos lanzados cada vez más deprisa para que pudiera detener lo que más les interesaba, balas.
- Adelante. - Dijo el maestro, apartándose para ver mejor el combate.
Sinji fue el primero en atacar y pronto fue parado y con un rápido movimiento, tirado al suelo, pero eso no lo detuvo, desde donde estaba le dio una patada en la canilla a su oponente, que lo hizo retroceder, lo justo para ponerse de pie otra vez, de un salto. Resopló, qué fallo. No lo repetiría.
- Venga. - Lo apremió el otro. - ¿No sabes hacerlo mejor, niño?
No, no dejaría que lo provocara, tenía que estar templado, sereno, imperturbable, pero le costaba horrores, se mordió el labio por dentro y se recolocó antes de volver a atacar, pero midiendo los golpes, no le dejaría volverle a tumbar. Lucharon un rato, Sinji siempre llevaba las de perder, su adversario estaba mucho más versado en combate que él y eso no parecía pararle en absoluto, el maestro casi dio un paso hacia ellos cuando vio que salía sangre de la nariz del adolescente, pero este se la limpió con una mano descuidadamente al notar el sabor en los labios. No iba a darse por derrotado por tan poco, pero el de la cicatriz tampoco; cuando el chico se lanzó a por él otra vez, el hombre logró agarrarlo por una muñeca y se la torció hasta ponerla en un ángulo doloroso para Sinji, que sólo dejó escapar un ligero quejido.
- Ríndete o te la parto.
Antes muerto que rendirse. Trató de encontrar una manera de soltarse, se ponía cada vez más nervioso, tenía que liberarse como fuera. De repente se quedó sin aire, como de pequeño cuando miraba a los ojos de aquel tipo, pero esta vez era diferente, era como si sus pulmones no pudieran moverse. A su contrincante se le cambió la cara al ver que se ponía morado y lo soltó.
- Eh, chaval, ¿qué te pasa? ¡Sensei! - Llamó al maestro, que se acercó deprisa.
- ¡Sinji, Sinji! ¡Respira, muchacho! ¡Kenta, ve a llamar al doctor, rápido!
El chico se llevó las manos a la garganta y cayó al suelo, se le nublaba la vista, todo se volvía borroso y las voces cada vez más lejanas, distinguió las siluetas de dos personas acercarse a él con rapidez y entonces desde dentro del pecho sintió como un chasquido y sus pulmones se hincharon nuevamente. Respiró jadeante, intentando recuperar el aliento, estaba muy mareado, centró la vista y vio a su maestro, estaba completamente parado, como si le hubieran dado a la pausa.
- ¿Sensei? ¿Sensei, qué ocurre? - Se sentó al ver por el rabillo del ojo a las otras personas que vio acercarse, pero estaban como en cámara lenta. ¿Qué pasaba? ¿Estaba muerto y su espíritu veía así las cosas? No, sentía el dolor en la cara por el golpe de la nariz, lo que le dolía el pecho al volver a respirar. Retrocedió hasta una pared, asustado, separándose de quienes intentaban socorrerlo y vio como se movían al alejarse.
Los tres, más los otros estudiantes, lo miraron asombrados y luego se miraron entre ellos.
- ¡Lo siento, lo siento! - Exclamó comprendiendo que era él quien había provocado aquella ralentización. - ¡No lo he hecho a propósito! ¡Lo siento!
- Ve a llamar a Yoshioka. Que baje a verlo. - Dijo el sensei a Kenta, que sólo asintió y se fue escaleras arriba.
Sinji seguía donde estaba, sentado contra una pared, mirándoles aterrado. ¿Qué le iban a hacer?
Yoshioka no tardó en personarse allí con el guardaespaldas que fue en su busca y dirigió su mirada oscura hacia el niño que estaba apartado del resto.
- ¿Qué es lo que ha pasado? - Preguntó preocupado.
- Le dio un ataque de ansiedad y cuando parecía recuperarse, nos paralizó a todos. - Explicó el médico, extrañado. - Es uno de ellos.
¿Uno de ellos? ¿Uno de quienes?
- Ya veo. Bueno, eso no cambia nada.- Se fue a acercar al chico cuando notó como si algo tirara de él hacia atrás, le costaba cada vez más moverse y llegar hasta Sinji, cuando estuvo a casi un metro ya no pudo avanzar más.
- Lo siento, lo siento. - Se disculpó otra vez el aterrorizado adolescente, que hiperventilaba de los nervios.
¿Qué era exactamente ese poder? Entre más cerca menos podía moverse, entonces... El jefe de todos aquellos hombres se movió hacia atrás, separándose del joven en el suelo y recobró la libertad de movilidad.
- Interesante. - Sacó un bolígrafo de su chaqueta, de un bolsillo interior y lo lanzó hacia Sinji, el objeto sufrió el mismo efecto que los demás. - Qué práctico.
- ¿Práctico? Nadie podrá acercarse a él a menos de tres metros.
- Precisamente. - Era el escudo humano perfecto. - Sinji, escúchame, tienes que calmarte, todo va a ir bien. Dígaselo, doctor.
- S-sí, Sinji relájate y así podrás apagarlo. - No lo tenía muy claro, pero tal vez Yoshioka tenía razón y tampoco era cuestión de discutirle. - Respira despacio, profunda y pausadamente.
El chico asintió y trató de obedecer, aspirando por la nariz y soltando el aire por la boca, sin quitarle la vista de encima al bolígrafo parado a un par de palmos de él. Se apartó un poco de su trayectoria al ver que empezaba a moverse otra vez y seguía su camino.
- Lo estás haciendo muy bien, Sinji. - Yoshioka sonrió, ese muchacho iba a ser mucho más útil de lo que parecía en un principio.
Después de varios minutos, el bolígrafo ya había botado contra la pared y estaba en el suelo, al lado del jovencito de ojos azules.
- Quiero que potencie esa habilidad, que la controle al máximo. Búsquele todas las posibilidades y explótelas, enséñele a ponerlas en práctica en segundos. - Dijo Yoshioka al maestro, que seguía observando a su alumno menor. - Quiero que esté a mi lado en menos de dos años.
- Sí, señor. - Contestó el anciano.
Los primeros meses de su entrenamiento especial ya empezaron a dar sus frutos gracias a las meditaciones diarias y al control de la respiración, pronto se dieron cuenta de que esta era especialmente importante cuando el escudo de retardo estaba extendido, entre más espaciada era su respiración, desde más lejos podía hacer parar a alguien o a algo.
- Bien, hoy vamos a intentar algo diferente. - Dijo su maestro con unas estrellas metálicas, de cuatro puntas, de aspecto afilado, en las manos. - Como ya recordarás, estos se llaman shuriken. - El chico asintió. - Practicaremos tus reflejos. - Y sin previo aviso, le lanzó tres, uno tras otro, muy seguidos, el primero se le clavó en un hombro, el segundo le rozó la cara y el tercero se paró a poco de su pecho.
Sinji resoplaba, intentando mantener su respiración a un nivel normal, viendo esa estrella metálica a tan poca distancia de su corazón. Le dolía el brazo, estuvo a punto de soltar un par de exclamaciones, pero estas no llegaron a salir de sus labios. Levantó una mano y apartó la que le amenazaba.
- Mal, otra vez. Bájalo. - En cuanto vio que el shuriken apartado a un lado caía al suelo, otros tres abandonaron las manos del anciano sensei.
Esta vez esquivó el primero, se hirió con el segundo, y el tercero, igual que antes, también fue detenido, esta vez a más distancia.
- Aún mal. No los esquives, páralos.
- Lo siento sensei, es el instinto. - Se colocó bien otra vez y se concentró, no podía moverse, no podía moverse, sólo respirar, respirar hondo cuando viera los shuriken. Era más fácil pensarlo que hacerlo. Le costó una semana llegar a parar esos tres shuriken. Durante los siguientes meses, arcos y flechas sustituyeron a las estrellas metálicas y más tarde ballestas se cambiaron por los arcos. Velocidad, es lo que intentaban controlar, agudizar su visión de objetos lanzados cada vez más deprisa para que pudiera detener lo que más les interesaba, balas.
Continuará...