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lunes, 26 de marzo de 2012

Tanaka Sinji - 4ª Parte

Tenía ya trece años y finalmente entrenaba con los mayores, se reajustó el cinturón del dogi, esperando a que le cambiaran de contrincante. Levantó ligeramente la vista del cinto para ver al hombre de la cicatriz llegar delante de él. Del temor que sentía hacia él siete años atrás, sólo había quedado una ligera incomodidad al estar cerca. Se colocó con seguridad; el guardaespaldas, con el mismo dogi que él, lo miró y sonrió de lado con cierto desprecio.

- Adelante. - Dijo el maestro, apartándose para ver mejor el combate.

Sinji fue el primero en atacar y pronto fue parado y con un rápido movimiento, tirado al suelo, pero eso no lo detuvo, desde donde estaba le dio una patada en la canilla a su oponente, que lo hizo retroceder, lo justo para ponerse de pie otra vez, de un salto. Resopló, qué fallo. No lo repetiría.

- Venga. - Lo apremió el otro. - ¿No sabes hacerlo mejor, niño?

No, no dejaría que lo provocara, tenía que estar templado, sereno, imperturbable, pero le costaba horrores, se mordió el labio por dentro y se recolocó antes de volver a atacar, pero midiendo los golpes, no le dejaría volverle a tumbar. Lucharon un rato, Sinji siempre llevaba las de perder, su adversario estaba mucho más versado en combate que él y eso no parecía pararle en absoluto, el maestro casi dio un paso hacia ellos cuando vio que salía sangre de la nariz del adolescente, pero este se la limpió con una mano descuidadamente al notar el sabor en los labios. No iba a darse por derrotado por tan poco, pero el de la cicatriz tampoco; cuando el chico se lanzó a por él otra vez, el hombre logró agarrarlo por una muñeca y se la torció hasta ponerla en un ángulo doloroso para Sinji, que sólo dejó escapar un ligero quejido.

- Ríndete o te la parto.

Antes muerto que rendirse. Trató de encontrar una manera de soltarse, se ponía cada vez más nervioso, tenía que liberarse como fuera. De repente se quedó sin aire, como de pequeño cuando miraba a los ojos de aquel tipo, pero esta vez era diferente, era como si sus pulmones no pudieran moverse. A su contrincante se le cambió la cara al ver que se ponía morado y lo soltó.

- Eh, chaval, ¿qué te pasa? ¡Sensei! - Llamó al maestro, que se acercó deprisa.

- ¡Sinji, Sinji! ¡Respira, muchacho! ¡Kenta, ve a llamar al doctor, rápido!

El chico se llevó las manos a la garganta y cayó al suelo, se le nublaba la vista, todo se volvía borroso y las voces cada vez más lejanas, distinguió las siluetas de dos personas acercarse a él con rapidez y entonces desde dentro del pecho sintió como un chasquido y sus pulmones se hincharon nuevamente. Respiró jadeante, intentando recuperar el aliento, estaba muy mareado, centró la vista y vio a su maestro, estaba completamente parado, como si le hubieran dado a la pausa.

- ¿Sensei? ¿Sensei, qué ocurre? - Se sentó al ver por el rabillo del ojo a las otras personas que vio acercarse, pero estaban como en cámara lenta. ¿Qué pasaba? ¿Estaba muerto y su espíritu veía así las cosas? No, sentía el dolor en la cara por el golpe de la nariz, lo que le dolía el pecho al volver a respirar. Retrocedió hasta una pared, asustado, separándose de quienes intentaban socorrerlo y vio como se movían al alejarse.

Los tres, más los otros estudiantes, lo miraron asombrados y luego se miraron entre ellos.

- ¡Lo siento, lo siento! - Exclamó comprendiendo que era él quien había provocado aquella ralentización. - ¡No lo he hecho a propósito! ¡Lo siento!

- Ve a llamar a Yoshioka. Que baje a verlo. - Dijo el sensei a Kenta, que sólo asintió y se fue escaleras arriba.

Sinji seguía donde estaba, sentado contra una pared, mirándoles aterrado. ¿Qué le iban a hacer?

Yoshioka no tardó en personarse allí con el guardaespaldas que fue en su busca y dirigió su mirada oscura hacia el niño que estaba apartado del resto.

- ¿Qué es lo que ha pasado? - Preguntó preocupado.

- Le dio un ataque de ansiedad y cuando parecía recuperarse, nos paralizó a todos. - Explicó el médico, extrañado. - Es uno de ellos.

¿Uno de ellos? ¿Uno de quienes?

- Ya veo. Bueno, eso no cambia nada.- Se fue a acercar al chico cuando notó como si algo tirara de él hacia atrás, le costaba cada vez más moverse y llegar hasta Sinji, cuando estuvo a casi un metro ya no pudo avanzar más.

- Lo siento, lo siento. - Se disculpó otra vez el aterrorizado adolescente, que hiperventilaba de los nervios.

¿Qué era exactamente ese poder? Entre más cerca menos podía moverse, entonces... El jefe de todos aquellos hombres se movió hacia atrás, separándose del joven en el suelo y recobró la libertad de movilidad.

- Interesante. - Sacó un bolígrafo de su chaqueta, de un bolsillo interior y lo lanzó hacia Sinji, el objeto sufrió el mismo efecto que los demás. - Qué práctico.

- ¿Práctico? Nadie podrá acercarse a él a menos de tres metros.

- Precisamente. - Era el escudo humano perfecto. - Sinji, escúchame, tienes que calmarte, todo va a ir bien.  Dígaselo, doctor.

- S-sí, Sinji relájate y así podrás apagarlo. - No lo tenía muy claro, pero tal vez Yoshioka tenía razón y tampoco era cuestión de discutirle. - Respira despacio, profunda y pausadamente.

El chico asintió y trató de obedecer, aspirando por la nariz y soltando el aire por la boca, sin quitarle la vista de encima al bolígrafo parado a un par de palmos de él. Se apartó un poco de su trayectoria al ver que empezaba a moverse otra vez y seguía su camino.

- Lo estás haciendo muy bien, Sinji. - Yoshioka sonrió, ese muchacho iba a ser mucho más útil de lo que parecía en un principio.

Después de varios minutos, el bolígrafo ya había botado contra la pared y estaba en el suelo, al lado del jovencito de ojos azules.

- Quiero que potencie esa habilidad, que la controle al máximo. Búsquele todas las posibilidades y explótelas, enséñele a ponerlas en práctica en segundos. - Dijo Yoshioka al maestro, que seguía observando a su alumno menor. - Quiero que esté a mi lado en menos de dos años.

- Sí, señor. - Contestó el anciano.


Los primeros meses de su entrenamiento especial ya empezaron a dar sus frutos gracias a las meditaciones diarias y al control de la respiración, pronto se dieron cuenta de que esta era especialmente importante cuando el escudo de retardo estaba extendido, entre más espaciada era su respiración, desde más lejos podía hacer parar a alguien o a algo.

- Bien, hoy vamos a intentar algo diferente. - Dijo su maestro con unas estrellas metálicas, de cuatro puntas, de aspecto afilado, en las manos. - Como ya recordarás, estos se llaman shuriken. - El chico asintió. - Practicaremos tus reflejos. - Y sin previo aviso, le lanzó tres, uno tras otro, muy seguidos, el primero se le clavó en un hombro, el segundo le rozó la cara y el tercero se paró a poco de su pecho.

Sinji resoplaba, intentando mantener su respiración a un nivel normal, viendo esa estrella metálica a tan poca distancia de su corazón. Le dolía el brazo, estuvo a punto de soltar un par de exclamaciones, pero estas no llegaron a salir de sus labios. Levantó una mano y apartó la que le amenazaba.

- Mal, otra vez. Bájalo. - En cuanto vio que el shuriken apartado a un lado caía al suelo, otros tres abandonaron las manos del anciano sensei.

Esta vez esquivó el primero, se hirió con el segundo, y el tercero, igual que antes, también fue detenido, esta vez a más distancia.

- Aún mal. No los esquives, páralos.

- Lo siento sensei, es el instinto. - Se colocó bien otra vez y se concentró, no podía moverse, no podía moverse, sólo respirar, respirar hondo cuando viera los shuriken. Era más fácil pensarlo que hacerlo. Le costó una semana llegar a parar esos tres shuriken. Durante los siguientes meses, arcos y flechas sustituyeron a las estrellas metálicas y más tarde ballestas se cambiaron por los arcos. Velocidad, es lo que intentaban controlar, agudizar su visión de objetos lanzados cada vez más deprisa para que pudiera detener lo que más les interesaba, balas.

Continuará...

viernes, 24 de febrero de 2012

Tanaka Sinji - 3ª Parte

Pasó el tiempo y Sinji cumplió cinco años. Su cuidadora lo llevó de la mano hasta el despacho del señor Yoshioka; era menuda, de pelo negro y ojos oscuros, pasaba completamente desapercibida entre la gente y más con su vestuario, diseñado con ese propósito.

- Señor. - Dijo según entró cuando se le dió paso dentro de la amplia sala.

- Adelante. - Colgó el teléfono y atenció a sus visitantes.

El pequeño miraba el cuarto con curiosidad, era la primera vez que estaba allí. Sus oscuros ojos azules recorrían cada detalle de la estancia, hasta que se posaron en el hombre tras la mesa, que se levantaba e iba hacia él. Lo conocía, a veces iba a visitarle a su cuarto, a ver qué hacía y si se portaba bien con su cuidadora. Algunas veces hablaban sobre cómo le había ido el día y lo veía entrenar de vez en cuando.

- ¿Cómo van sus clases? - Preguntó a la institutriz.

- Progresa, es un niño muy inteligente.

- ¿Y las artes marciales?

- El maestro dice que tiene talento.

- Excelente. Tienes los preciosos ojos de tu madre. - Cogió la cara del niño por debajo de la barbilla y le hizo levantarla. - Ya va siendo hora que sepas quienes eran tus padres.

Miró a la cuidadora, aunque la llamaba señorita Sasaki, siempre la había tenido por lo más parecido a una madre que había tenido nunca.

- ¿Quieres saberlo, Sinji?

- Sí, señor.

- Bien, ven, siéntate. Puede retirarse. - Dijo a la cuidadora, que hizo una inclinación, en silencio y salió del despacho.

El niño se sentó después que él y tuvo que dar un saltito para quedar bien sentado en el sillón de cuero negro que estaba a un lado, bajo el cuadro de un loto blanco.

- Tu madre vino de Europa hace unos años. ¿Sabes dónde está Europa?

Asintió con la cabeza.

- Donde está Francia. - Explicó inocentemente.

- Muy bien, sí; tu madre venía de un país más al norte. Y se enamoró de tu padre, que es japonés, como tú y como yo. A mucha gente no le gusta que sus hijos se casen con personas extranjeras, los padres de tu padre no querían que se casaran, pero ellos se querían mucho y lo hicieron, pero se quedaron sin trabajo y sin dinero.

Sinji escuchaba con atención, con las manos sobre las rodillas, balanceando los pies, que le colgaban por el borde del sofá.

- Entonces me pidieron ayuda para poder pagar su casa y algunas cosas más que no podían pagar. Yo les ayudé y poco a poco me iban devolviendo el dinero que les presté, pero no podían tampoco pagarme a mí, así que hice un trato con ellos. Cuando tú naciste, les dije que si dejaban que me quedase contigo, no tendrían que pagarme. Y lo hicieron.

- ¿No me querían? - Preguntó con pena.

- Te querían mucho, por eso dijeron que sí; porque si hubieran dicho que no, todos se hubieran muerto de hambre por no poder comprar comida. Sabían que conmigo estarías bien y por eso vives aquí.

El niño pareció entenderlo y sonrió un poco.

- ¿Y puedo conocerles?

- No, Sinji, tus padres murieron hace unos días. Mañana visitaremos su tumba para que les pongas flores.

De nuevo le cambió la cara y parecía estar a punto de echar a llorar, pero estaba aprendiendo a no hacerlo, como le decía el maestro. Aún así, sus ojos estaban húmedos y brillantes.

- Pero quiero que siempre te acuerdes de ellos con cariño. ¿De acuerdo?

Para no romper a llorar, asintió con la cabeza simplemente, mordiéndose el labio inferior.

- Ve con la señorita Sasaki.

El pequeño se bajó del sillón y se fue para afuera, hipando, aún tratando de contenerse. La cuidadora estaba esperándole sentada en una de las butacas del pasillo. La secretaria, en su mesa, escribía en el ordenador, sólo se oía el teclear y de fondo una melodía tradicional.

De nuevo se cogió de su mano y se fue a su cuarto, a la tarde tendría entrenamiento.


Su maestro era un hombre mayor, de pelo y bigote cano, pocas arrugas y una expresión severa, vestía con un dogi negro y caminaba alrededor del niño mirándole con desaprobación según este hacía las katas.

- Las manos más arriba, separa más los pies, la espalda recta.

- Sí, sensei. - Corrigió los fallos, sin detener el movimiento que estaba haciendo, era una de las cosas que el maestro más valoraba de su actitud, no discutía, obedecía y además era bueno. Tenía muchos alumnos, trabajadores de Yoshioka, adultos en su mayoría, pero a Sinji lo había entrenado desde que aprendió a caminar y tenía una predisposición natural para el combate, de un modo sutil y elástico; y aprendía deprisa. Pronto lo podría poner a entrenar con alguien de más edad.

Pero Sinji en lo único que podía pensar era en sus padres, habían muerto antes de que los conociera. Por lo que le había contado su padrino eran buena gente que le quería. Si al menos pudiera tener unas fotos... Se aguantó las ganas de llorar, para que el maestro no lo riñera, y siguió la kata.

Al día siguiente, la señorita Sasaki lo vistió formalmente, camisa de botones blanca, chaqueta negra y pantalones cortos a juego, le ató la corbata sonriéndole.

- ¿Estás nervioso? - Preguntó delicadamente.

- Un poco. Señorita...

- Dime.

- ¿Crees que mis padres están en el cielo?

- Claro que sí.

- ¿Y pueden verme desde ahí?

- Sí, siempre están mirándote y cuidándote para que estés bien.

El niño sonrió, imaginándose a sus padres como ángeles que siempre volaban a su alrededor. Lo llevó hasta la entrada del edificio, el señor Yoshioka hablaba con uno de sus hombres, el de la cicatriz. Sinji lo conocía porque entrenaba antes que él, le tenía mucho miedo, porque aquella herida que le surcaba desde la oreja hasta casi la boca sólo podía habérsela hecho peleando y estaba vivo, debía ser un hombre muy duro y la cicatriz le daba un aspecto temible.

- Ah, ya están aquí, subamos. - Dijo el magnate, sentándose en el lugar detrás del conductor, Sinji se sentó a su lado y su cuidadora enfrente, con uno de los guardaespaldas, el de la cicatriz iba en el asiento del copiloto.

Sinji le miraba reflejado en el retrovisor del centro, y se quedó sin respiración un momento, cuando los ojos avellana del hombre le miraron fijamente. Tras unos segundos paralizado, dejó de mirarle, inquieto, y miró a su padrino.

- ¿Ocurre algo, Sinji? Pareces inquieto.

- N-no, es que quiero llegar ya... - Mintió, jugando con las manos. Tenía que controlarse, no parecer nervioso, no asustarse. Respiró profundamente varias veces y se fijó en el paisaje urbano que les rodeaba, a través de la ventanilla oscura.

Al poco rato, tras una parada para comprar unas flores, llegaron al cementerio, estaba todo en silencio y los bloques rectangulares de piedra gris que marcaban cada una de las tumbas se mezclaban con algunos árboles y arbustos, que daban vida a aquel lugar de descanso eterno. Recorrieron los espacios entre las tumbas para llegar hasta la del matrimonio Nakajima. No había flores ni nada sobre estos, a pesar de que sólo hacía unos días desde su fallecimiento. El niño dejó su obsequio sobre ambas, repartiéndolas.

- Ahora está muy bonito, Sinji. Seguro que les gustan las flores que les has escogido. - Su padrino le pasó la mano por la cabeza.

Miró los nombres de las lápidas y los tocó, trazando los caracteres con los deditos, acariciando el relieve que formaban en el mármol. El recuerdo de aquel tacto lo acompañó hasta bien entrada la adolescencia.


Continuará...

sábado, 28 de enero de 2012

Tanaka Sinji - 2ª Parte

Todo pareció ir a mejor con el dinero que les prestó Yoshioka, le pagaban poco a poco, según les llegaban los sueldos. Desgraciadamente, el empleo de camarera de Ingrid sólo duró hasta que empezó a notársele el embarazo y su nuevo apuro era devolver el dinero a su prestamista. La misma noche que su jefe la despidió, se encontró con otro de aquellos hombres trajeados.

- Ha perdido su trabajo, ¿no?

No había que darle muchas más pistas, era uno de los hombres del señor Yoshioka, y controlaba su inversión.

- Sí, señor. - Contestó bajando la cabeza.

- Mi jefe quiere verla.

Le dieron ganas de salir huyendo, pero no serviría de nada, así que se resignó y le siguió silenciosamente hasta el aparcamiento, de nuevo el cochazo negro y el mismo ocupante. Entró al ser invitada a hacerlo.

- Es usted más guapa en persona que en fotografía.

- Muchas gracias, ahora con el embarazo debo estar horrible.

- Al contrario, le da cierto brillo en la piel y la mirada.

Hubo un silencio.

- ¿En qué va a trabajar ahora?

- Sigo traduciendo libros...

- Eso está bien. Pero no es suficiente. Quiero que trabaje para mí.

- ¿De veras?

- Sí, vienen unos compatriotas suyos a hacer unos negocios y aún no tengo intérprete.

- Si le puedo ser de utilidad incluso en mi estado...

- Si puede caminar, me vale.

Ingrid asintió.

- Bien, señora Nakajima. Venga mañana vestida formal a las once en punto a esta dirección. - Uno de los hombres sentados a sus lados, le dio una tarjeta negra, con una dirección y unos datos en caracteres dorados. - Su trabajo descontará dinero de lo que me deben.

- Allí estaré. - La ayudaron a salir del coche y se inclinó en agradecimiento y despedida, muy profundamente.

El trabajo fue bastante cómodo y agradable de realizar, las secretarias del señor Yoshioka eran atentas y serviciales con ella y el empresario parecía igual de interesado en su comodidad que las propias trabajadoras. Después de algunos meses en los que estuvo empleada como intérprete, finalmente se prescindió de sus servicios, y justo a tiempo, ya que ya había salido de cuentas. El día del nacimiento del primogénito del matrimonio Nakajima fue muy celebrado por ambos y hasta el señor Yoshioka les mandó una cesta con productos para el recién nacido.

- La verdad es que se está portando muy bien con nosotros. - Dijo Ingrid ya en casa, con el pequeño Sinji en las manos, el niño era silencioso y tranquilo, Tadashi pensaba que era una señal de que todo iba a ir para mejor.

- Sí, este pequeñín nos ha traido suerte. - Acarició la cabeza de pelo negro de su hijo. Sonó el timbre y Tadashi se levantó del tatami para abrir. Su expresión de felicidad se congeló al ver a dos de los hombres de Yoshioka en la puerta. - ¿Sí? ¿Ocurre algo?

Los hombres trajeados entraron en el pequeño apartamento antes de responder. Ingrid abrazó al bebé al verlos.

- El señor Yoshioka quiere ofrecerles un trato para saldar la cuenta de una sola vez.

- ¿Qué clase de trato? - El matrimonio se mantuvo cerca, temerosos de esta nueva noticia.

- Perdonará el dinero que le deben a cambio del pequeño. - Uno de los dos señaló al infante durmiente. Los padres lo abrazaron entre los dos.

- Pero es nuestro hijo, no puede pedirnos algo así.

- La única alternativa es la muerte, servirían de ejemplo al resto de personas que no pagan. O mueren o viven, ustedes deciden, en cualquiera de los dos casos, nos llevaríamos al bebé.

Tadashi e Ingrid se miraron y luego, a la vez, miraron al pequeño Sinji, aún dormido, ajeno a lo que ocurría a su alrededor o su importancia en la conversación.

- ¿Podemos quedarnos con él al menos unos meses? Es tan pequeño... - Ingrid se echó a llorar, algunas lágrimas rodaron y cayeron sobre la cabecita de Sinji.

- Le preguntaremos al señor Yoshioka.

- Seguro que será flexible, siempre y cuando no intenten fugarse.

Asintieron, era lo único que podían hacer, la policía no haría nada, y escapar no era una opción. Al día siguiente recibieron una llamada.

- ¿Diga? - Preguntó la voz temblorosa de Tadashi.

- Soy Yoshioka.

- Se-señor...

- He pensado lo que me dijeron mis hombres. De acuerdo, tienen seis meses para estar con el bebé, dentro de esos seis meses, iremos a recogerlo. Que no se diga que no soy generoso con quienes se portan como deben.

- De acuerdo... gracias señor, gracias.

Cuando colgó, miró a los ojos azules de su mujer, que no había dejado de llorar en todo el día y no había querido soltar al niño.

- Tenemos seis meses. - Dijo con tono apesadumbrado. Ingrid besó la cabecita de Sinji.

- Seis meses... es muy poco, ni siquiera es tiempo para dejar de darle el pecho...

- No se puede hacer otra cosa. - Acarició la manita del bebé que sobresalía de la mantita donde estaba envuelto.

Los meses iban pasando y cada vez se acercaba más la fecha fatídica. Los rasgados ojos azules de Sinji recorrían la estancia, mientras su madre le cambiaba el pañal, ese era el día en el que tenían que entregarlo. En cualquier momento vendrían a buscarlo.

- Nos vamos a perder toda su vida... - Dijo ella, la depresión la devoraba, no había día en el que no lloraba, en el que no tenía pesadillas con la imagen de que se llevaban a su bebé y que le hacían pasar un infierno. - Sus pasitos, su primera palabra... su primer día de colegio, todo. - Lloró otra vez.

- Ingrid por favor, no puedes seguir así. Piensa que tendrá una vida mejor que la que podríamos darle. - Le acarició los brazos, tratando de consolarla.

- Nosotros le daríamos amor, es todo lo que necesita. ¿Quién te dice que no lo meterán en una de esas fábricas donde lo matarán a trabajar y de hambre? ¿Y si lo prostituyen? Hay muchos enfermos por ahí... mi niño en esas sucias manos...

- Piensa en lo mejor... deséale lo mejor. Estoy seguro de que su vida será buena. Lo sé.

- Ojalá tuviera tu fé. - Cerró el pañal y miró al bebé. - Prefiero verlo muerto que en manos de ese mafioso. - Le rozó la cabeza con mimo. - Sólo sería un momento, no sentíría dolor...

- ¡Ingrid! - Su marido la cogió por las muñecas y tiró de ella. - ¡No matarás a Sinji! ¿Tú te estás oyendo?

La mujer se echó a llorar, tapándose la cara, en una mezcla de desesperación y vergüenza. En ese momento sonó el timbre. Los dos se tensaron.

- Son ellos. Ve a abrir, yo lo visto. - Tras lo visto no podía dejarla sola con él, era capaz de terminar su idea.

Se puso de pie y con paso cansado llegó a la puerta, titubeó antes de abrir. Sintió unas ganas irrefrenables de coger un cuchillo de la cocina y matarlos según vio sus serios rictus y sus trajes negros.

- Estábamos arreglándolo, enseguida terminamos. - Aguantó las lágrimas, pero hipaba y sorbía por la nariz.

Tadashi lo vistió y lo metió en su moisés.

- Aquí lo tienen. su ropa está en esta bolsa y...

- No hace falta. Tiene todo lo que necesita allí. - Dijo uno de los hombres, levantando una mano para que no le diera la bolsa. El padre se aguantó el comentario y le costó soltar las asas de la cesta para que lo cogiera.

- Por favor, díganme que lo cuidarán. - Rogó Ingrid.

- Recibirá una educación y no le faltará de nada. - Contestó el trajeado que no llevaba al bebé.

- ¿Podremos verle alguna vez? - Tadashi no dejaba de mirar al niño que estaba acostado en la canasta acolchada.

- Me temo que no. - Casi ni se despidieron y se marcharon.

El matrimonio los vio irse desde la puerta de su pequeño apartamento. Incapaces de digerir que al fruto de su amor se lo llevaban de su lado.

Continuará...

jueves, 22 de diciembre de 2011

Tanaka Sinji - 1ª Parte

Ingrid Wegraeus acababa de llegar a Japón, a la ciudad de Kobe, cerca del mar, le habían dicho que era un lugar de lo más cosmopolita y teniendo en cuenta que era su primera visita real al país del Sol Naciente, le venía bien. Llevaba años deseando ir y por fin le habían dado el crédito para irse a vivir allí un tiempo y escribir su libro sobre la evolución de la cultura urbana. Miró alrededor, aunque lo conocía por los libros y documentales, nunca había visto un aeropuerto construido quitándole espacio al mar, en una especie de península artificial, realmente aquella cultura la fascinaba. Suspiró y entró en la terminal, esperó pacientemente su maleta, observando por el rabillo del ojo a los demás viajeros, la mayoría eran hombres de negocios, con maletines y aspecto de no tener tiempo que perder. Cogió su maleta con ruedas y siguió el camino indicado por los agentes de seguridad para llegar a la zona que llevaba al exterior. Estaba tan nerviosa, hablaba el idioma, bastante fluidamente pero sentía como si todo se le hubiera olvidado en el avión, incluso tartamudeó un par de veces al pedirle una botella de agua a la azafata. Entre la gente que esperaba a los viajeros intentó encontrar a su amigo: Nakajima Tadashi, con quien llevaba manteniendo contacto por internet el último año, él le había dado el último empujoncito para animarla a escribir el libro. Sólo pensar con verle en persona, hacía que sintiera cosquillas en el estómago. No le costó reconocerlo, a pesar de que estaba muy extendido el tópico de lo similares que eran los asiáticos entre ellos. Además, el cartel con su nombre, escrito en rōmaji, como llamaban ellos a su alfabeto, no daba lugar a dudas. Sonrió al ver que tenía en la otra mano, un ramo de flores. Se sonrojó y se acercó. Tadashi era un hombre de complexión media, ni muy fuerte ni muy menudo, aunque era casi un palmo más bajo que ella. Se sonrieron como tontos un momento, entonces él hizo una inclinación y ella le respondió de la misma manera. Aún con tantos años que llevaban abiertos a occidente, aún se veía muy raro que dos personas y más del sexo contrario y aún más de diferentes nacionalidades hicieran contacto físico en público.

- ¿Cómo te ha ido el vuelo? ¿Te llevo la maleta? - Preguntó él nervioso, dándole las flores, sin dejar de sonreír.

- Ha sido largo, pero me alegro de que me convencieras. Gracias, puedo sola. - Cogió el regalo, rechazando el gesto de llevar el equipaje, sabiendo que hubiera sido de mala educación aceptar a la primera.

- ¿Seguro que no quieres que la lleve? - Tadashi bajó un poco la cabeza, apartando la mirada. - No esperes a la tercera petición o habremos llegado al coche para entonces. - Pareció irse a reír, pero se quedó en el ademán nada más.

Ingrid se rió y asintió finalmente con la cabeza, sus manos se tocaron un momento al pasar el asa del trolley de uno a otro. Se sonrojaron como dos adolescentes.

- Gracias.

- Qué bien te manejas con el japonés, pensaba que se te notaría más el acento sueco.

- No es nada, me gusta vuestro idioma, suena tan bonito... - Sus ojos azules se entornaron hasta casi cerrarse al sonreír otra vez.

Llegaron hasta el coche y aunque era la primera vez que estaba en Japón y era la primera vez que conocía en persona a Tadashi, todo le parecía familiar, desde las calles pobladas de gente con prisas a los cálidos ojos avellana de su amigo y guía que miraba con atención a la carretera. Sonrió para sí, iba a ser el mejor año de su vida.

Y lo fue, hasta que llegó a su fin. Su permiso de residencia iban a caducar al día siguiente. Tenía que irse.

- Podemos ir a la embajada otra vez. - Tadashi le acarició la espalda, tratando de tranquilizarla.

- Ya nos han dicho que no hay nada que hacer.

- Nos casaremos y así no podrán extraditarte.

- A tus padres no les gusto. - Le miró atentamente y suspiró. - Y si nos casamos tu padre te echará de la tienda. Y con sólo mi sueldo no podemos pagar el piso. - Suspiró y sintió cómo las lágrimas empezaban a caerle por las mejillas. No era justo, estaba con quien amaba, en el lugar perfecto... pero parecía que todo estaba en su contra para no dejarles seguir siendo felices.

Al verla llorar sintió cómo se le hacía un nudo en la garganta, se aguantó las ganas de hacer lo mismo, él era el hombre, él tenía que solucionarlo todo. No estaba dispuesto a perderla, aunque tuvieran que vivir en la calle.

- Buscaré otro empleo, mendigaré, robaré, lo que sea, pero no dejaré que te alejen de mi lado.

Ingrid levantó la cabeza y le miró enternecida antes de abrazarse a él y besarle profundamente.

Lamentablemente el amor y la intención no eran suficientes. Nada más saber de su compromiso y matrimonio en un par de meses, sus padres dejaron de hablarle y su puesto en la tienda pronto fue suplido por una estudiante que además cobraba mucho menos que él. Vendió el coche y buscó trabajo donde pudo, en una obra, ayudando a un fontanero... pero estaban en números rojos. El trabajo de ella como traductora no daba para mucho y también buscó algo más, así consiguió el trabajo de camarera en un local nocturno, donde su natural pelo rubio y ojos azules le daban la ventaja del exotismo.

- Sake para la mesa del fondo, Wegraeus. - Dijo el barman. Había decidido usar su apellido de soltera, no solía ser del gusto de los clientes saber que sus camareras tenían a alguien que las esperaba en casa, y en su caso, se notaba demasiado el hecho al escuchar su japonés apellido de casada. Suspiró y llevó la botellita a la mesa, varios hombres de aspecto rudo hablaban, acompañados de otras dos de las chicas del club, tan poco vestidas como ella.

Al servirles procuró no hacer contacto visual, pero captó algo de la conversación mientras tanto.

- Ese perro de Yoshida ha vuelto a pedirme un préstamo.

- ¿Se lo has dado?

- Claro. Los intereses merecen la pena. ¿Has visto a su hija?

- Sí, está en el instituto, ¿no?

- Precisamente. Ya saben lo que puede pasar si no me devuelven el dinero.

- Les das demasiadas facilidades para pagarte, deberías... - Dejó de hablar y miró a Ingrid, que se retiraba tras servirles, tan silenciosa como cuando se acercó.

¿Eran prestamistas? ¿Y si..? No, mejor hablaría primero del tema con Tadashi. Limpió un poco la mesa de al lado al ver al cliente casi echarse la bebida por encima y siguió hacia la barra, pensativa.

Al llegar a casa, él la esperaba con el agua para los fideos instantáneos recién hervida. Amanecería en un par de horas y él se iría a la obra de la carretera de allí cerca.

- Hola mi amor. ¿Qué tal la noche?

- Bien, cansada, como siempre. - Caminó por el pequeño apartamento tras descalzarse. - Hoy he oído a unos hombres hablando de dinero en el club. - Le confesó. - Creo que eran prestamistas. ¿ Y si pedimos el dinero a alguien? Luego podríamos pagárselo poco a poco.

- Ingrid, los prestamistas son gente peligrosa, tienen matones y si no les pagas, te hacen daño o a tu familia.

- Lo sé, lo sé pero...

- Cuando te publiquen el libro podremos estar más desahogados... sólo tenemos que apretarnos el cinturón hasta entonces.

Asintió con la cabeza y suspiró de nuevo al verlo sentarse en el escaloncito de la entrada para ponerse las botas de trabajo. Le abrazó por detrás.

- Te quiero.

- Y yo a ti. No te preocupes, todo irá bien. - Se besaron y Tadashi salió, pensando. Ya había estado dándole vueltas a algo parecido a lo que sugería su esposa, pero aquellos tipos eran de la peor calaña. No, no podía hacerlo.

La jornada de trabajo fue agotadora y aún le quedaba hacer otras dos horas en la gasolinera. Dejó el casco en la taquilla y salió cerrándose la chaqueta.

- Nakajima. - Alguien le llamó, al girarse, dos hombres trajeados le hicieron un gesto para que les siguiera.

- ¿A dónde..?

- No haga preguntas y síganos.

Se fueron los tres hasta un coche negro, de fabricación alemana y apariencia amenazadora, tan rectilíneo comparado con las suaves y redondeadas formas de los coches japoneses. La ventanilla ahumada trasera bajó, un hombre con gafas de sol y rictus serio le hizo entrar.

- ¿Quién es usted? - Preguntó con inseguridad, a su lado, casi pegado a la puerta, temeroso.

- Llámeme Yoshioka. He oído que tiene algunos problemas de dinero, Nakajima.

Miró alrededor nervioso.

- Y sé que su esposa es extranjera y esperan un hijo. Si ahora están apurados, un bebé sólo agravará las cosas, comida, pañales, su educación...

Asintió con la cabeza.

- Hagamos un trato.

Continuará...

martes, 12 de enero de 2010

Un elfo azul en Nueva York - Cap.1

Cap 1. Esa noche

No hacía ni un mes desde que había llegado a Nueva York. Pasaba la mayor parte del día escondiéndome de la gente normal que pululaba por la calle, pero las noches eran mías. La ciudad se convertía en mi patio de recreo por unas horas, en las que la oscuridad tendía su negro manto y me hacía prácticamente invisible al ojo humano. Respiré el frío y sucio aire desde el interior de un callejón, un hombre vestido con andrajos canturreaba algo a mi espalda, acostado sobre unos cartones; con una botella oculta dentro de una arrugada bolsa de papel amarillento en su mano derecha. Le miré durante un momento más antes de desaparecer del lugar.

Teleportarse al principio había sido cansado y muy desagradable, pero con la práctica se había vuelto uno de mis pasatiempos favoritos. Especialmente en noches cerradas como aquella, en la que ni siquiera la luna iluminaba la ciudad y podía moverme con soltura, sin miedo a que alguien pudiera descubrirme. Reaparecí en la fachada del edificio de enfrente, aún con la sensación de haber corrido un sprint, con el corazón bombeando fuerte en mi pecho y el ligero mareo. Pronto me recuperé; de nuevo mi zona de juegos me brindaba la ocasión de entretener mi casi insaciable necesidad de moverme, de trepar, de saltar… y no había tiempo que desperdiciar. Corriendo por la fachada, aprovechando aquella habilidad de adherirme a las paredes; esquivé todas las ventanas y balcones que se pusieron a mi paso, cada vez más rápido con diferentes giros, cualquier movimiento que me hiciera sentir como en el circo, cuando representábamos aquellas divertidas obras con los trapecistas… La ciudad era mi nuevo circo y las farolas, mis nuevos trapecios. Salté hacia una que estaba apagada y me colgué de ella con las manos, giré un par de veces por encima para acabar con los pies entre las manos, casi sentado sobre el sucio metal.

Entonces fue cuando lo sentí. Una vibración en el suelo, que hizo temblar la farola sobre la que me encontraba… la alarma de un coche cercano atrajo mi atención durante un segundo, antes de que la segunda la reemplazara, y la tercera… dejé de atenderlas, de fondo se oía perros ladrando, ¿qué ocurría? ¿Sería un terremoto? En Nueva York… era poco probable, pero por si acaso, me bajé al suelo y aproveché la oscuridad reinante por la falta de luz de mi antiguo asidero, nadie me vería en mitad de la acera. Los temblores se hacían más fuertes, un temor instintivo me recorrió la espalda, me decía que se acercaba algo… algo grande… y así era. Una criatura mecánica gigantesca dobló una esquina, apoyando una mano en el edificio más cercano, y me miró directamente, en mitad de la oscuridad, sabía que me veía, no sé cómo, pero lo sabía. Dijo algo en inglés, con una voz informatizada e impersonal, a la vez que alzaba una mano, con la palma hacia mí, una especie de fotolito rojo se encendió, di un paso atrás. No perdí el tiempo, me teleporté al otro lado de la calle, lo más lejos que pude, pero aún teniendo a la vista a aquella cosa. Unos viandantes gritaron al darse cuenta de la presencia del robot, salieron huyendo despavoridos. De nuevo la voz electrónica, sabía que me hablaba a mí, se había girado hacia donde estaba, pero no sabía qué me decía… debí aprender inglés antes de venir a este país… mi alemán no me servía en semejante situación. ¿Qué quería esa cosa de mí? Más pasos, algo más acelerados, se acercaba, y deprisa. No tenía elección. Volví a desaparecer, esta vez aparecí en el interior de un apartamento que para mi sorpresa estaba completamente vacío, sin lugar donde esconderme… apoyé la espalda contra una pared, agachado en el suelo, oculto lo más que pude en una sombra. Veía la ventana desde donde estaba y oía los pasos, se acercaba, ¿qué podía hacer? Esa criatura me encontraría sin dificultades… El pulso se me aceleraba de nuevo, sólo podía oír los pasos, mi corazón y mi respiración entrecortada, estaba completamente aterrorizado. Tragué saliva al ver su sombra proyectarse en el edificio de enfrente. Me pegué más aún a la pared, no tenía escapatoria. La cabeza del gigantesco robot comenzó a verse a través de la ventana. Comenzó a girarse hacia donde me encontraba… pero una ráfaga de energía roja llamó su atención, y a decir verdad, la mía también. La cabeza volvió a girarse, encarando hacia la calle.

¿Qué ocurría? Oí algunos gritos más, pero esta vez no eran de terror… Una vez la máquina pasó de largo de donde estaba escondido, me atreví a salir. Ser tan curioso, en ocasiones como esta, era peligroso, pero quería saber quién había venido en mi auxilio. Trepé por la pared del inmueble. Abajo había unas personas, todos vestidos con ropa oscura, parecida al cuero y luchaban contra el robot… superhéroes seguramente. Sentí una ráfaga de viento pasar rozándome, una figura voló cerca de mí, sólo tuve tiempo de verla reflejada en una ventana según pasaba, pero no la distinguí con suficiente claridad. El cielo comenzó a cerrarse y oscurecerse aún más, una repentina lluvia plomiza humedeció mi ropa y mi pelaje azul oscuro. Unos rayos iluminaron la noche, aparté la mirada, deslumbrado, otro error como el de haber salido de mi escondite. Un segundo robot se reunía con el primero… y se había fijado en mí, una figura oscura en una fachada clara, sólo me faltaba un cartel luminoso sobre la cabeza, para delatarme aún más. Me habló igual que el primero, no perdí el tiempo, corrí por la pared en sentido contrario al del otro robot y la gente uniformada, quería estar lejos de allí, lo más alejado posible, huir de aquellas criaturas. Miré brevemente hacia atrás. Sólo Dios sabe porqué elegí precisamente ese momento en el que la máquina me disparaba con una de sus manos, salté de la pared y mis dedos fueron a agarrarse a un poste eléctrico, hubo un segundo disparo, pero yo ya no estaba allí posado, estaba en el suelo tras teleportarme, me estaba cansando y mucho, no podría seguir aquel ritmo mucho rato más. Corrí calle arriba, lo más deprisa que me permitían las piernas. Ya no oía los gritos, no oía los pasos, sólo oía mi corazón, golpeando violentamente en el interior del pecho. Otro disparo derribó una farola, pasando peligrosamente a mi lado, y desgraciadamente esta cayó tan cerca de mí que, por esquivarla de un salto en el último momento, caí rodando al suelo, mareado, cansado y asustado como nunca antes en mi vida. Sólo tuve tiempo de alzar la mirada, aquella iba a ser la última imagen que presenciase, un gigantesco pie metálico se cernía sobre mí, iba a aplastarme. Cerré los ojos, todo acabaría en un segundo.

Pero alguien me sujetó de un brazo, con firmeza. Sentí un frío antinatural recorriéndome la espalda, abrí los ojos y no creí lo que tenía delante, capas y capas de asfalto y cemento… como si de un esquema representado en un libro se tratase. Estaba atravesando el suelo, y seguía vivo, o al menos eso parecía. Una voz aniñada sonó a mi izquierda, donde me habían agarrado antes; miré, era una muchacha de pelo largo y rizado, castaño y ojos grandes, no debía tener más de quince o dieciséis años e iba vestida como los superhéroes que había visto antes… Me sonrió, sin soltar sus brazos de alrededor del mío, no luché, sabía que me estaba salvando, estábamos bajo el suelo, probablemente el robot seguía en la superficie. Ella dijo algo más, que tampoco llegué a entender, pero tiró de mí hacia arriba, salimos atravesando con suavidad el pavimento de la acera, más allá, estaba la máquina, se giró hacia nosotros al sentirnos… o detectarnos, no sé cómo explicarlo. Cogí de la mano a la chica y nos hice desaparecer, hasta el final de aquella calle, lo más lejos que podría llegar en mi fatigado estado. Probablemente hice mal, ella dijo algo antes de ponerse la mano en la boca, aparentemente mareada por el salto, no me extrañaba en absoluto, no era la primera vez que transportaba a alguien y el proceso era desagradable para ambos; pero tuve que hacerlo, para alejarnos del robot. Caí al suelo, ya no podía más. Ella tiró de mí para hacerme levantar, era inútil, las piernas no me respondían del cansancio, le negué con la cabeza, le señalé la calle, para que huyera, esa cosa me cogería, pero no permitiría que aquella pobre samaritana adolescente sufriera mi destino.

La calle se iluminó de rojo cuando el robot disparó contra nosotros, pero no llegó a tocarnos. Sentí el calor a nuestro alrededor, las manos de la muchacha sobre mis brazos, me estaba cubriendo, me protegía de nuevo… pero ella no era la que había parado el disparo… Alcé la vista para distinguir a un hombre grande, inmenso, también uniformado, estaba intacto y yo completamente atónito, su piel estaba completamente formada por bandas y bandas de un metal plateado y brillante. Él y la chica se dijeron algo, él me habló, y de nuevo no le entendí, pero sí distinguí que su acento era diferente, ruso o checo probablemente. La voz informatizada nos distrajo, la máquina nos hablaba a los tres y se disponía a volver a disparar. El hombre metalizado se colocó delante de nosotros y la chica del pelo castaño me sujetó antes de gritarle algo al hombre. Otra vez sentí aquel frío y desaparecimos atravesando la línea de la calle. No sé cómo nos desplazamos, sólo sabía que no debía soltarme de ella. Mi mayor temor cuando aprendí a controlar mi poder era el de no saber dónde reaparecer y que hubiera un objeto justo en el camino y me fusionara con él, matándome al momento… pero ahora estaba atravesando la calle… por dentro, nadando en ella como si de agua se tratase, siendo arrastrado por una joven heroína. Salimos un poco más allá, lejos del monstruo mecánico y el hombre de metal. Me esforcé por dar los pasos que nos separaban de un callejón, nos ocultamos allí. La chica se apoyó en la pared más cercana, respirando profundamente, recuperando el aliento de tanto movimiento en tan poco tiempo.

Le di las gracias en alemán, le agradecí su ayuda. Por la cara que puso, supe que no me había entendido, pero pareció darse cuenta de lo que trataba de decirle y sonrió. El hombre de metal se reunió con nosotros, corriendo. Dos pasos de la máquina sonaron a su espalda, se dio la vuelta deprisa y paró uno de los pies con sus manos metalizadas, creí que lo aplastaría, pero se mantuvo ahí. Miré a la chica de reojo, estaba angustiada, se sumergió en el suelo y cuando reapareció estaba debajo del hombretón, lo sujetó por la cintura y ambos desaparecieron bajo el asfalto negro. Por un momento me quedé más tranquilo, pero no me duró mucho rato. El robot ahora sólo tenía un blanco… yo. Iba a terminar de recorrer la distancia que nos separaba cuando algo saltó desde uno de los edificios colindantes, algo muy rápido. La mano de la chica apareció del suelo, sujetándome por una muñeca; tras ella emergieron el resto de su persona y el hombre grande. Cuando volví la atención de nuevo al gigantesco robot casi di un salto del susto al ver caer su inmensa cabeza a escasos metros de nosotros, tras esta cayó el cuerpo, pesadamente, terminando de quebrar la calle, todo el asfalto se desplazó por la colisión, unas farolas cayeron y un par de coches fueron volcados, uno de ellos se estrelló contra la fachada del edificio en el que nos ocultábamos.

Y algo descendió de encima de la espalda del decapitado robot. Era otro hombre, mucho más bajo, peinado de un modo salvaje y de nuevo con el mismo uniforme. Habló con los otros dos y luego me miró a mí, con una expresión poco impresionada, hizo un simple gesto con la cabeza, que fácilmente pude traducir como que me preguntaba cómo estaba; respondí con un gesto muy americano que había aprendido hacía poco, levanté el pulgar de una mano, indicándole que estaba bien. Asintió y dijo algo más. El hombre grande me hizo levantar del suelo sin apenas esfuerzo.

¿Qué harían conmigo tras derrotar a aquellas moles de metal? El del acento de Europa del este me preguntó algo más, que tampoco supe responder. La muchacha se encogió de hombros cuando la miró a ella. Yo los miraba sin comprender, hasta que mi atención se distrajo al ver a una bella mujer de piel oscura, haciendo contraste con una melena blanca como la nieve; descender volando hasta donde estábamos parados. Sus ojos pasaron de un blanco que rivalizaba con su pelo, a un azul brillante. Ella debía ser quien pasó cuando estaba pegado a la pared. El grupo se habló y me miraron todos a la vez, lo que me hizo sentir algo incómodo, no es como si no estuviera acostumbrado a causar espectación, teniendo en cuenta mi trabajo y aspecto pero el no entender qué pasaba, me ponía nervioso. La mujer recién llegada me sonrió cálidamente y se señaló.

- Tormenta. - Debía ser su nombre, sí, por cómo me indicaba a mí, esperando una respuesta a su gesto, le contesté.

- Kurt Wagner.

Entonces todos se presentaron al ver que entendía esa rudimentaria manera de darse a conocer.

- Gatasombra. - Dijo la jovencita, señalándose.

- Coloso. - El alto.

- Lobezno. - El último encendió un cigarro y miró hacia la calle, otras dos personas, vestidas de la misma manera que ellos, se acercaron: un hombre joven con unas gafas muy extrañas y una esbelta mujer pelirroja.

- Cíclope y Fénix. - Me dijo Gatasombra, señalando primero a él y luego a ella.

Cíclope me habló, pero fue Tormenta quien respondió en mi lugar, Fénix se aproximó a mí y puso sus manos cerca de mi cabeza, la miré espectante, ¿qué estaba haciendo? Entonces la sentí. Me hablaba, pero mentalmente, no eran palabras exactamente, eran como sensaciones que me transmitía. Iban a ayudarme, a llevarme a un sitio donde estaría a salvo. Cuando separó las manos, me sonrió amigablemente. Le asentí con la cabeza.

Coloso me ayudó a llegar hasta un avión que parecía sacado de una película de ciencia ficción, negro azulado, brillante y con forma de espada, bonito. Gatasombra me enseñó cómo se abrochaba el cinturón y la imité. No es como si necesitara un cinturón de seguridad, teniendo en cuenta que me adhería a las superficies, pero no rechazaría tan amable preocupación por mi integridad física. Levanté el pulgar y ella respondió de igual manera. El avión despegó con una suave vibración, y en vertical, como un helicóptero, cosa que me maravilló, traté de ver por uno de los ventanucos de los lados, la ciudad quedaba bajo nosotros en breves momentos. Cíclope y Tormenta estaban a los mandos y parecían muy compenetrados, Fénix y Gatasombra hablaban y por las veces que me miraron, no era difícil adivinar el tema, pero me hice el despistado. Pasamos unos minutos en el avión, antes de que llegáramos a nuestro destino, descendimos bajo el suelo, el hangar era subterráneo, ¿estaría a punto de ver la cueva secreta de esos superhéroes?

Bajamos del avión por la misma escalerilla por la que subimos, por suerte estaba algo más repuesto del desgaste de energía, tras estar sentado todo el viaje. Coloso me hizo un gesto para que fuera con ellos, al ya poder moverme con facilidad por mi propio pie. El hangar era oscuro, pero algunos lugares emitían ligeras luminiscencias azules, no era especialmente acogedor, pero tampoco se podía pedir demasiado del lugar donde se guardaba una nave. Los seguí hasta un elevador que nos subió varios metros. Cuando la puerta se abrió, estábamos en un pasillo de una casa elegante y grande, bastante. Estaba todo a oscuras, debido a la hora. La mayoría de los héroes se despideron de mí y se retiraron, probablemente a descansar. Sólo Fénix y Cíclope siguieron conmigo.

Me acompañaron hasta un cuarto, en ese mismo piso, al final de un largo pasillo. Estaba muy nervioso, pero traté de disimularlo, aunque la cola se me movía sola, haciendo ondas, reflejando mi ansiedad interior. La mujer pelirroja me sonrió y puso una mano en mi hombro, notando la intranquilidad. Su sonrisa me dio algo más de ánimo. Cíclope tocó la puerta con los nudillos, estaba entreabierta. Una voz masculina, grave pero amistosa surgió del interior. Al pasar me encontré con los ojos azules de un hombre de edad avanzada, mirándome desde una silla de ruedas en la que estaba sentado, ni un cabello cubría su cabeza. Me sonreía con amabilidad y un pensamiento recorrió mi mente: no tengas miedo. Procuré no tenerlo, pero todo era demasiado nuevo, demasiado confuso, ¿quién era esa gente? Su nombre, o lo que me pareció entender que era su nombre, me fue desvelado de nuevo sin que él abriera la boca, Xavier, Profesor Xavier. Me tendió una mano y la estreché. Su voz mental me recordaba lo cansado que estaba, lo mucho que necesitaba dormir tras todo lo sucedido, ya hablaríamos por la mañana. Era como lo que había hecho Fénix hacía un rato, hablar sin voz y sin idioma, una sensación más que unas palabras. Sea como fuere, Cíclope me acompañó a un cuarto vacío y me sonrió tras decir algo, por el parecido con la misma fórmula en alemán aprecié que me daba las buenas noches, antes de retirarse.

Estaba realmente agotado y la visión de una cama fue más que celestial, dejé la gabardina a los pies y me tumbé, nada más cerrar los ojos, quedé profundamente dormido. Los sueños fueron extraños, las voces de los dos telépatas resonaban como un eco, y entre todos, una visión de la carpa del circo que hasta hacía poco había sido mi hogar. Llamé a mi familia, entrando en la carpa, pero dentro había un robot de aquellos gigantes, pero pintado como un payaso, una mano se posó en mi hombro, era Gatasombra, pero sus ojos eran blancos como los de Tormenta antes de volverse azules. Una pequeña humareda dirigió mi atención hacia Lobezno, que fumaba un puro sobre la cabeza decapitada de otro robot mucho más grande en mitad de la pista central. Al girarme para salir, me encontré de cara con el Profesor Xavier, que no iba en silla de ruedas, sino que paseaba, con las manos en los bolsillos. No la necesitaba astralmente, decía en mi idioma. ¿Estaba allí de verdad? ¿O lo estaba soñando como todo lo demás?