Pasó el tiempo y Sinji cumplió cinco años. Su cuidadora lo llevó de la mano hasta el despacho del señor Yoshioka; era menuda, de pelo negro y ojos oscuros, pasaba completamente desapercibida entre la gente y más con su vestuario, diseñado con ese propósito.
- Señor. - Dijo según entró cuando se le dió paso dentro de la amplia sala.
- Adelante. - Colgó el teléfono y atenció a sus visitantes.
El pequeño miraba el cuarto con curiosidad, era la primera vez que estaba allí. Sus oscuros ojos azules recorrían cada detalle de la estancia, hasta que se posaron en el hombre tras la mesa, que se levantaba e iba hacia él. Lo conocía, a veces iba a visitarle a su cuarto, a ver qué hacía y si se portaba bien con su cuidadora. Algunas veces hablaban sobre cómo le había ido el día y lo veía entrenar de vez en cuando.
- ¿Cómo van sus clases? - Preguntó a la institutriz.
- Progresa, es un niño muy inteligente.
- ¿Y las artes marciales?
- El maestro dice que tiene talento.
- Excelente. Tienes los preciosos ojos de tu madre. - Cogió la cara del niño por debajo de la barbilla y le hizo levantarla. - Ya va siendo hora que sepas quienes eran tus padres.
Miró a la cuidadora, aunque la llamaba señorita Sasaki, siempre la había tenido por lo más parecido a una madre que había tenido nunca.
- ¿Quieres saberlo, Sinji?
- Sí, señor.
- Bien, ven, siéntate. Puede retirarse. - Dijo a la cuidadora, que hizo una inclinación, en silencio y salió del despacho.
El niño se sentó después que él y tuvo que dar un saltito para quedar bien sentado en el sillón de cuero negro que estaba a un lado, bajo el cuadro de un loto blanco.
- Tu madre vino de Europa hace unos años. ¿Sabes dónde está Europa?
Asintió con la cabeza.
- Donde está Francia. - Explicó inocentemente.
- Muy bien, sí; tu madre venía de un país más al norte. Y se enamoró de tu padre, que es japonés, como tú y como yo. A mucha gente no le gusta que sus hijos se casen con personas extranjeras, los padres de tu padre no querían que se casaran, pero ellos se querían mucho y lo hicieron, pero se quedaron sin trabajo y sin dinero.
Sinji escuchaba con atención, con las manos sobre las rodillas, balanceando los pies, que le colgaban por el borde del sofá.
- Entonces me pidieron ayuda para poder pagar su casa y algunas cosas más que no podían pagar. Yo les ayudé y poco a poco me iban devolviendo el dinero que les presté, pero no podían tampoco pagarme a mí, así que hice un trato con ellos. Cuando tú naciste, les dije que si dejaban que me quedase contigo, no tendrían que pagarme. Y lo hicieron.
- ¿No me querían? - Preguntó con pena.
- Te querían mucho, por eso dijeron que sí; porque si hubieran dicho que no, todos se hubieran muerto de hambre por no poder comprar comida. Sabían que conmigo estarías bien y por eso vives aquí.
El niño pareció entenderlo y sonrió un poco.
- ¿Y puedo conocerles?
- No, Sinji, tus padres murieron hace unos días. Mañana visitaremos su tumba para que les pongas flores.
De nuevo le cambió la cara y parecía estar a punto de echar a llorar, pero estaba aprendiendo a no hacerlo, como le decía el maestro. Aún así, sus ojos estaban húmedos y brillantes.
- Pero quiero que siempre te acuerdes de ellos con cariño. ¿De acuerdo?
Para no romper a llorar, asintió con la cabeza simplemente, mordiéndose el labio inferior.
- Ve con la señorita Sasaki.
El pequeño se bajó del sillón y se fue para afuera, hipando, aún tratando de contenerse. La cuidadora estaba esperándole sentada en una de las butacas del pasillo. La secretaria, en su mesa, escribía en el ordenador, sólo se oía el teclear y de fondo una melodía tradicional.
De nuevo se cogió de su mano y se fue a su cuarto, a la tarde tendría entrenamiento.
Su maestro era un hombre mayor, de pelo y bigote cano, pocas arrugas y una expresión severa, vestía con un dogi negro y caminaba alrededor del niño mirándole con desaprobación según este hacía las katas.
- Las manos más arriba, separa más los pies, la espalda recta.
- Sí, sensei. - Corrigió los fallos, sin detener el movimiento que estaba haciendo, era una de las cosas que el maestro más valoraba de su actitud, no discutía, obedecía y además era bueno. Tenía muchos alumnos, trabajadores de Yoshioka, adultos en su mayoría, pero a Sinji lo había entrenado desde que aprendió a caminar y tenía una predisposición natural para el combate, de un modo sutil y elástico; y aprendía deprisa. Pronto lo podría poner a entrenar con alguien de más edad.
Pero Sinji en lo único que podía pensar era en sus padres, habían muerto antes de que los conociera. Por lo que le había contado su padrino eran buena gente que le quería. Si al menos pudiera tener unas fotos... Se aguantó las ganas de llorar, para que el maestro no lo riñera, y siguió la kata.
Al día siguiente, la señorita Sasaki lo vistió formalmente, camisa de botones blanca, chaqueta negra y pantalones cortos a juego, le ató la corbata sonriéndole.
- ¿Estás nervioso? - Preguntó delicadamente.
- Un poco. Señorita...
- Dime.
- ¿Crees que mis padres están en el cielo?
- Claro que sí.
- ¿Y pueden verme desde ahí?
- Sí, siempre están mirándote y cuidándote para que estés bien.
El niño sonrió, imaginándose a sus padres como ángeles que siempre volaban a su alrededor. Lo llevó hasta la entrada del edificio, el señor Yoshioka hablaba con uno de sus hombres, el de la cicatriz. Sinji lo conocía porque entrenaba antes que él, le tenía mucho miedo, porque aquella herida que le surcaba desde la oreja hasta casi la boca sólo podía habérsela hecho peleando y estaba vivo, debía ser un hombre muy duro y la cicatriz le daba un aspecto temible.
- Ah, ya están aquí, subamos. - Dijo el magnate, sentándose en el lugar detrás del conductor, Sinji se sentó a su lado y su cuidadora enfrente, con uno de los guardaespaldas, el de la cicatriz iba en el asiento del copiloto.
Sinji le miraba reflejado en el retrovisor del centro, y se quedó sin respiración un momento, cuando los ojos avellana del hombre le miraron fijamente. Tras unos segundos paralizado, dejó de mirarle, inquieto, y miró a su padrino.
- ¿Ocurre algo, Sinji? Pareces inquieto.
- N-no, es que quiero llegar ya... - Mintió, jugando con las manos. Tenía que controlarse, no parecer nervioso, no asustarse. Respiró profundamente varias veces y se fijó en el paisaje urbano que les rodeaba, a través de la ventanilla oscura.
Al poco rato, tras una parada para comprar unas flores, llegaron al cementerio, estaba todo en silencio y los bloques rectangulares de piedra gris que marcaban cada una de las tumbas se mezclaban con algunos árboles y arbustos, que daban vida a aquel lugar de descanso eterno. Recorrieron los espacios entre las tumbas para llegar hasta la del matrimonio Nakajima. No había flores ni nada sobre estos, a pesar de que sólo hacía unos días desde su fallecimiento. El niño dejó su obsequio sobre ambas, repartiéndolas.
- Ahora está muy bonito, Sinji. Seguro que les gustan las flores que les has escogido. - Su padrino le pasó la mano por la cabeza.
Miró los nombres de las lápidas y los tocó, trazando los caracteres con los deditos, acariciando el relieve que formaban en el mármol. El recuerdo de aquel tacto lo acompañó hasta bien entrada la adolescencia.
- Señor. - Dijo según entró cuando se le dió paso dentro de la amplia sala.
- Adelante. - Colgó el teléfono y atenció a sus visitantes.
El pequeño miraba el cuarto con curiosidad, era la primera vez que estaba allí. Sus oscuros ojos azules recorrían cada detalle de la estancia, hasta que se posaron en el hombre tras la mesa, que se levantaba e iba hacia él. Lo conocía, a veces iba a visitarle a su cuarto, a ver qué hacía y si se portaba bien con su cuidadora. Algunas veces hablaban sobre cómo le había ido el día y lo veía entrenar de vez en cuando.
- ¿Cómo van sus clases? - Preguntó a la institutriz.
- Progresa, es un niño muy inteligente.
- ¿Y las artes marciales?
- El maestro dice que tiene talento.
- Excelente. Tienes los preciosos ojos de tu madre. - Cogió la cara del niño por debajo de la barbilla y le hizo levantarla. - Ya va siendo hora que sepas quienes eran tus padres.
Miró a la cuidadora, aunque la llamaba señorita Sasaki, siempre la había tenido por lo más parecido a una madre que había tenido nunca.
- ¿Quieres saberlo, Sinji?
- Sí, señor.
- Bien, ven, siéntate. Puede retirarse. - Dijo a la cuidadora, que hizo una inclinación, en silencio y salió del despacho.
El niño se sentó después que él y tuvo que dar un saltito para quedar bien sentado en el sillón de cuero negro que estaba a un lado, bajo el cuadro de un loto blanco.
- Tu madre vino de Europa hace unos años. ¿Sabes dónde está Europa?
Asintió con la cabeza.
- Donde está Francia. - Explicó inocentemente.
- Muy bien, sí; tu madre venía de un país más al norte. Y se enamoró de tu padre, que es japonés, como tú y como yo. A mucha gente no le gusta que sus hijos se casen con personas extranjeras, los padres de tu padre no querían que se casaran, pero ellos se querían mucho y lo hicieron, pero se quedaron sin trabajo y sin dinero.
Sinji escuchaba con atención, con las manos sobre las rodillas, balanceando los pies, que le colgaban por el borde del sofá.
- Entonces me pidieron ayuda para poder pagar su casa y algunas cosas más que no podían pagar. Yo les ayudé y poco a poco me iban devolviendo el dinero que les presté, pero no podían tampoco pagarme a mí, así que hice un trato con ellos. Cuando tú naciste, les dije que si dejaban que me quedase contigo, no tendrían que pagarme. Y lo hicieron.
- ¿No me querían? - Preguntó con pena.
- Te querían mucho, por eso dijeron que sí; porque si hubieran dicho que no, todos se hubieran muerto de hambre por no poder comprar comida. Sabían que conmigo estarías bien y por eso vives aquí.
El niño pareció entenderlo y sonrió un poco.
- ¿Y puedo conocerles?
- No, Sinji, tus padres murieron hace unos días. Mañana visitaremos su tumba para que les pongas flores.
De nuevo le cambió la cara y parecía estar a punto de echar a llorar, pero estaba aprendiendo a no hacerlo, como le decía el maestro. Aún así, sus ojos estaban húmedos y brillantes.
- Pero quiero que siempre te acuerdes de ellos con cariño. ¿De acuerdo?
Para no romper a llorar, asintió con la cabeza simplemente, mordiéndose el labio inferior.
- Ve con la señorita Sasaki.
El pequeño se bajó del sillón y se fue para afuera, hipando, aún tratando de contenerse. La cuidadora estaba esperándole sentada en una de las butacas del pasillo. La secretaria, en su mesa, escribía en el ordenador, sólo se oía el teclear y de fondo una melodía tradicional.
De nuevo se cogió de su mano y se fue a su cuarto, a la tarde tendría entrenamiento.
Su maestro era un hombre mayor, de pelo y bigote cano, pocas arrugas y una expresión severa, vestía con un dogi negro y caminaba alrededor del niño mirándole con desaprobación según este hacía las katas.
- Las manos más arriba, separa más los pies, la espalda recta.
- Sí, sensei. - Corrigió los fallos, sin detener el movimiento que estaba haciendo, era una de las cosas que el maestro más valoraba de su actitud, no discutía, obedecía y además era bueno. Tenía muchos alumnos, trabajadores de Yoshioka, adultos en su mayoría, pero a Sinji lo había entrenado desde que aprendió a caminar y tenía una predisposición natural para el combate, de un modo sutil y elástico; y aprendía deprisa. Pronto lo podría poner a entrenar con alguien de más edad.
Pero Sinji en lo único que podía pensar era en sus padres, habían muerto antes de que los conociera. Por lo que le había contado su padrino eran buena gente que le quería. Si al menos pudiera tener unas fotos... Se aguantó las ganas de llorar, para que el maestro no lo riñera, y siguió la kata.
Al día siguiente, la señorita Sasaki lo vistió formalmente, camisa de botones blanca, chaqueta negra y pantalones cortos a juego, le ató la corbata sonriéndole.
- ¿Estás nervioso? - Preguntó delicadamente.
- Un poco. Señorita...
- Dime.
- ¿Crees que mis padres están en el cielo?
- Claro que sí.
- ¿Y pueden verme desde ahí?
- Sí, siempre están mirándote y cuidándote para que estés bien.
El niño sonrió, imaginándose a sus padres como ángeles que siempre volaban a su alrededor. Lo llevó hasta la entrada del edificio, el señor Yoshioka hablaba con uno de sus hombres, el de la cicatriz. Sinji lo conocía porque entrenaba antes que él, le tenía mucho miedo, porque aquella herida que le surcaba desde la oreja hasta casi la boca sólo podía habérsela hecho peleando y estaba vivo, debía ser un hombre muy duro y la cicatriz le daba un aspecto temible.
- Ah, ya están aquí, subamos. - Dijo el magnate, sentándose en el lugar detrás del conductor, Sinji se sentó a su lado y su cuidadora enfrente, con uno de los guardaespaldas, el de la cicatriz iba en el asiento del copiloto.
Sinji le miraba reflejado en el retrovisor del centro, y se quedó sin respiración un momento, cuando los ojos avellana del hombre le miraron fijamente. Tras unos segundos paralizado, dejó de mirarle, inquieto, y miró a su padrino.
- ¿Ocurre algo, Sinji? Pareces inquieto.
- N-no, es que quiero llegar ya... - Mintió, jugando con las manos. Tenía que controlarse, no parecer nervioso, no asustarse. Respiró profundamente varias veces y se fijó en el paisaje urbano que les rodeaba, a través de la ventanilla oscura.
Al poco rato, tras una parada para comprar unas flores, llegaron al cementerio, estaba todo en silencio y los bloques rectangulares de piedra gris que marcaban cada una de las tumbas se mezclaban con algunos árboles y arbustos, que daban vida a aquel lugar de descanso eterno. Recorrieron los espacios entre las tumbas para llegar hasta la del matrimonio Nakajima. No había flores ni nada sobre estos, a pesar de que sólo hacía unos días desde su fallecimiento. El niño dejó su obsequio sobre ambas, repartiéndolas.
- Ahora está muy bonito, Sinji. Seguro que les gustan las flores que les has escogido. - Su padrino le pasó la mano por la cabeza.
Miró los nombres de las lápidas y los tocó, trazando los caracteres con los deditos, acariciando el relieve que formaban en el mármol. El recuerdo de aquel tacto lo acompañó hasta bien entrada la adolescencia.
Continuará...