Cap 1. Esa noche
No hacía ni un mes desde que había llegado a Nueva York. Pasaba la mayor parte del día escondiéndome de la gente normal que pululaba por la calle, pero las noches eran mías. La ciudad se convertía en mi patio de recreo por unas horas, en las que la oscuridad tendía su negro manto y me hacía prácticamente invisible al ojo humano. Respiré el frío y sucio aire desde el interior de un callejón, un hombre vestido con andrajos canturreaba algo a mi espalda, acostado sobre unos cartones; con una botella oculta dentro de una arrugada bolsa de papel amarillento en su mano derecha. Le miré durante un momento más antes de desaparecer del lugar.
Teleportarse al principio había sido cansado y muy desagradable, pero con la práctica se había vuelto uno de mis pasatiempos favoritos. Especialmente en noches cerradas como aquella, en la que ni siquiera la luna iluminaba la ciudad y podía moverme con soltura, sin miedo a que alguien pudiera descubrirme. Reaparecí en la fachada del edificio de enfrente, aún con la sensación de haber corrido un sprint, con el corazón bombeando fuerte en mi pecho y el ligero mareo. Pronto me recuperé; de nuevo mi zona de juegos me brindaba la ocasión de entretener mi casi insaciable necesidad de moverme, de trepar, de saltar… y no había tiempo que desperdiciar. Corriendo por la fachada, aprovechando aquella habilidad de adherirme a las paredes; esquivé todas las ventanas y balcones que se pusieron a mi paso, cada vez más rápido con diferentes giros, cualquier movimiento que me hiciera sentir como en el circo, cuando representábamos aquellas divertidas obras con los trapecistas… La ciudad era mi nuevo circo y las farolas, mis nuevos trapecios. Salté hacia una que estaba apagada y me colgué de ella con las manos, giré un par de veces por encima para acabar con los pies entre las manos, casi sentado sobre el sucio metal.
Entonces fue cuando lo sentí. Una vibración en el suelo, que hizo temblar la farola sobre la que me encontraba… la alarma de un coche cercano atrajo mi atención durante un segundo, antes de que la segunda la reemplazara, y la tercera… dejé de atenderlas, de fondo se oía perros ladrando, ¿qué ocurría? ¿Sería un terremoto? En Nueva York… era poco probable, pero por si acaso, me bajé al suelo y aproveché la oscuridad reinante por la falta de luz de mi antiguo asidero, nadie me vería en mitad de la acera. Los temblores se hacían más fuertes, un temor instintivo me recorrió la espalda, me decía que se acercaba algo… algo grande… y así era. Una criatura mecánica gigantesca dobló una esquina, apoyando una mano en el edificio más cercano, y me miró directamente, en mitad de la oscuridad, sabía que me veía, no sé cómo, pero lo sabía. Dijo algo en inglés, con una voz informatizada e impersonal, a la vez que alzaba una mano, con la palma hacia mí, una especie de fotolito rojo se encendió, di un paso atrás. No perdí el tiempo, me teleporté al otro lado de la calle, lo más lejos que pude, pero aún teniendo a la vista a aquella cosa. Unos viandantes gritaron al darse cuenta de la presencia del robot, salieron huyendo despavoridos. De nuevo la voz electrónica, sabía que me hablaba a mí, se había girado hacia donde estaba, pero no sabía qué me decía… debí aprender inglés antes de venir a este país… mi alemán no me servía en semejante situación. ¿Qué quería esa cosa de mí? Más pasos, algo más acelerados, se acercaba, y deprisa. No tenía elección. Volví a desaparecer, esta vez aparecí en el interior de un apartamento que para mi sorpresa estaba completamente vacío, sin lugar donde esconderme… apoyé la espalda contra una pared, agachado en el suelo, oculto lo más que pude en una sombra. Veía la ventana desde donde estaba y oía los pasos, se acercaba, ¿qué podía hacer? Esa criatura me encontraría sin dificultades… El pulso se me aceleraba de nuevo, sólo podía oír los pasos, mi corazón y mi respiración entrecortada, estaba completamente aterrorizado. Tragué saliva al ver su sombra proyectarse en el edificio de enfrente. Me pegué más aún a la pared, no tenía escapatoria. La cabeza del gigantesco robot comenzó a verse a través de la ventana. Comenzó a girarse hacia donde me encontraba… pero una ráfaga de energía roja llamó su atención, y a decir verdad, la mía también. La cabeza volvió a girarse, encarando hacia la calle.
¿Qué ocurría? Oí algunos gritos más, pero esta vez no eran de terror… Una vez la máquina pasó de largo de donde estaba escondido, me atreví a salir. Ser tan curioso, en ocasiones como esta, era peligroso, pero quería saber quién había venido en mi auxilio. Trepé por la pared del inmueble. Abajo había unas personas, todos vestidos con ropa oscura, parecida al cuero y luchaban contra el robot… superhéroes seguramente. Sentí una ráfaga de viento pasar rozándome, una figura voló cerca de mí, sólo tuve tiempo de verla reflejada en una ventana según pasaba, pero no la distinguí con suficiente claridad. El cielo comenzó a cerrarse y oscurecerse aún más, una repentina lluvia plomiza humedeció mi ropa y mi pelaje azul oscuro. Unos rayos iluminaron la noche, aparté la mirada, deslumbrado, otro error como el de haber salido de mi escondite. Un segundo robot se reunía con el primero… y se había fijado en mí, una figura oscura en una fachada clara, sólo me faltaba un cartel luminoso sobre la cabeza, para delatarme aún más. Me habló igual que el primero, no perdí el tiempo, corrí por la pared en sentido contrario al del otro robot y la gente uniformada, quería estar lejos de allí, lo más alejado posible, huir de aquellas criaturas. Miré brevemente hacia atrás. Sólo Dios sabe porqué elegí precisamente ese momento en el que la máquina me disparaba con una de sus manos, salté de la pared y mis dedos fueron a agarrarse a un poste eléctrico, hubo un segundo disparo, pero yo ya no estaba allí posado, estaba en el suelo tras teleportarme, me estaba cansando y mucho, no podría seguir aquel ritmo mucho rato más. Corrí calle arriba, lo más deprisa que me permitían las piernas. Ya no oía los gritos, no oía los pasos, sólo oía mi corazón, golpeando violentamente en el interior del pecho. Otro disparo derribó una farola, pasando peligrosamente a mi lado, y desgraciadamente esta cayó tan cerca de mí que, por esquivarla de un salto en el último momento, caí rodando al suelo, mareado, cansado y asustado como nunca antes en mi vida. Sólo tuve tiempo de alzar la mirada, aquella iba a ser la última imagen que presenciase, un gigantesco pie metálico se cernía sobre mí, iba a aplastarme. Cerré los ojos, todo acabaría en un segundo.
Pero alguien me sujetó de un brazo, con firmeza. Sentí un frío antinatural recorriéndome la espalda, abrí los ojos y no creí lo que tenía delante, capas y capas de asfalto y cemento… como si de un esquema representado en un libro se tratase. Estaba atravesando el suelo, y seguía vivo, o al menos eso parecía. Una voz aniñada sonó a mi izquierda, donde me habían agarrado antes; miré, era una muchacha de pelo largo y rizado, castaño y ojos grandes, no debía tener más de quince o dieciséis años e iba vestida como los superhéroes que había visto antes… Me sonrió, sin soltar sus brazos de alrededor del mío, no luché, sabía que me estaba salvando, estábamos bajo el suelo, probablemente el robot seguía en la superficie. Ella dijo algo más, que tampoco llegué a entender, pero tiró de mí hacia arriba, salimos atravesando con suavidad el pavimento de la acera, más allá, estaba la máquina, se giró hacia nosotros al sentirnos… o detectarnos, no sé cómo explicarlo. Cogí de la mano a la chica y nos hice desaparecer, hasta el final de aquella calle, lo más lejos que podría llegar en mi fatigado estado. Probablemente hice mal, ella dijo algo antes de ponerse la mano en la boca, aparentemente mareada por el salto, no me extrañaba en absoluto, no era la primera vez que transportaba a alguien y el proceso era desagradable para ambos; pero tuve que hacerlo, para alejarnos del robot. Caí al suelo, ya no podía más. Ella tiró de mí para hacerme levantar, era inútil, las piernas no me respondían del cansancio, le negué con la cabeza, le señalé la calle, para que huyera, esa cosa me cogería, pero no permitiría que aquella pobre samaritana adolescente sufriera mi destino.
La calle se iluminó de rojo cuando el robot disparó contra nosotros, pero no llegó a tocarnos. Sentí el calor a nuestro alrededor, las manos de la muchacha sobre mis brazos, me estaba cubriendo, me protegía de nuevo… pero ella no era la que había parado el disparo… Alcé la vista para distinguir a un hombre grande, inmenso, también uniformado, estaba intacto y yo completamente atónito, su piel estaba completamente formada por bandas y bandas de un metal plateado y brillante. Él y la chica se dijeron algo, él me habló, y de nuevo no le entendí, pero sí distinguí que su acento era diferente, ruso o checo probablemente. La voz informatizada nos distrajo, la máquina nos hablaba a los tres y se disponía a volver a disparar. El hombre metalizado se colocó delante de nosotros y la chica del pelo castaño me sujetó antes de gritarle algo al hombre. Otra vez sentí aquel frío y desaparecimos atravesando la línea de la calle. No sé cómo nos desplazamos, sólo sabía que no debía soltarme de ella. Mi mayor temor cuando aprendí a controlar mi poder era el de no saber dónde reaparecer y que hubiera un objeto justo en el camino y me fusionara con él, matándome al momento… pero ahora estaba atravesando la calle… por dentro, nadando en ella como si de agua se tratase, siendo arrastrado por una joven heroína. Salimos un poco más allá, lejos del monstruo mecánico y el hombre de metal. Me esforcé por dar los pasos que nos separaban de un callejón, nos ocultamos allí. La chica se apoyó en la pared más cercana, respirando profundamente, recuperando el aliento de tanto movimiento en tan poco tiempo.
Le di las gracias en alemán, le agradecí su ayuda. Por la cara que puso, supe que no me había entendido, pero pareció darse cuenta de lo que trataba de decirle y sonrió. El hombre de metal se reunió con nosotros, corriendo. Dos pasos de la máquina sonaron a su espalda, se dio la vuelta deprisa y paró uno de los pies con sus manos metalizadas, creí que lo aplastaría, pero se mantuvo ahí. Miré a la chica de reojo, estaba angustiada, se sumergió en el suelo y cuando reapareció estaba debajo del hombretón, lo sujetó por la cintura y ambos desaparecieron bajo el asfalto negro. Por un momento me quedé más tranquilo, pero no me duró mucho rato. El robot ahora sólo tenía un blanco… yo. Iba a terminar de recorrer la distancia que nos separaba cuando algo saltó desde uno de los edificios colindantes, algo muy rápido. La mano de la chica apareció del suelo, sujetándome por una muñeca; tras ella emergieron el resto de su persona y el hombre grande. Cuando volví la atención de nuevo al gigantesco robot casi di un salto del susto al ver caer su inmensa cabeza a escasos metros de nosotros, tras esta cayó el cuerpo, pesadamente, terminando de quebrar la calle, todo el asfalto se desplazó por la colisión, unas farolas cayeron y un par de coches fueron volcados, uno de ellos se estrelló contra la fachada del edificio en el que nos ocultábamos.
Y algo descendió de encima de la espalda del decapitado robot. Era otro hombre, mucho más bajo, peinado de un modo salvaje y de nuevo con el mismo uniforme. Habló con los otros dos y luego me miró a mí, con una expresión poco impresionada, hizo un simple gesto con la cabeza, que fácilmente pude traducir como que me preguntaba cómo estaba; respondí con un gesto muy americano que había aprendido hacía poco, levanté el pulgar de una mano, indicándole que estaba bien. Asintió y dijo algo más. El hombre grande me hizo levantar del suelo sin apenas esfuerzo.
¿Qué harían conmigo tras derrotar a aquellas moles de metal? El del acento de Europa del este me preguntó algo más, que tampoco supe responder. La muchacha se encogió de hombros cuando la miró a ella. Yo los miraba sin comprender, hasta que mi atención se distrajo al ver a una bella mujer de piel oscura, haciendo contraste con una melena blanca como la nieve; descender volando hasta donde estábamos parados. Sus ojos pasaron de un blanco que rivalizaba con su pelo, a un azul brillante. Ella debía ser quien pasó cuando estaba pegado a la pared. El grupo se habló y me miraron todos a la vez, lo que me hizo sentir algo incómodo, no es como si no estuviera acostumbrado a causar espectación, teniendo en cuenta mi trabajo y aspecto pero el no entender qué pasaba, me ponía nervioso. La mujer recién llegada me sonrió cálidamente y se señaló.
- Tormenta. - Debía ser su nombre, sí, por cómo me indicaba a mí, esperando una respuesta a su gesto, le contesté.
- Kurt Wagner.
Entonces todos se presentaron al ver que entendía esa rudimentaria manera de darse a conocer.
- Gatasombra. - Dijo la jovencita, señalándose.
- Coloso. - El alto.
- Lobezno. - El último encendió un cigarro y miró hacia la calle, otras dos personas, vestidas de la misma manera que ellos, se acercaron: un hombre joven con unas gafas muy extrañas y una esbelta mujer pelirroja.
- Cíclope y Fénix. - Me dijo Gatasombra, señalando primero a él y luego a ella.
Cíclope me habló, pero fue Tormenta quien respondió en mi lugar, Fénix se aproximó a mí y puso sus manos cerca de mi cabeza, la miré espectante, ¿qué estaba haciendo? Entonces la sentí. Me hablaba, pero mentalmente, no eran palabras exactamente, eran como sensaciones que me transmitía. Iban a ayudarme, a llevarme a un sitio donde estaría a salvo. Cuando separó las manos, me sonrió amigablemente. Le asentí con la cabeza.
Coloso me ayudó a llegar hasta un avión que parecía sacado de una película de ciencia ficción, negro azulado, brillante y con forma de espada, bonito. Gatasombra me enseñó cómo se abrochaba el cinturón y la imité. No es como si necesitara un cinturón de seguridad, teniendo en cuenta que me adhería a las superficies, pero no rechazaría tan amable preocupación por mi integridad física. Levanté el pulgar y ella respondió de igual manera. El avión despegó con una suave vibración, y en vertical, como un helicóptero, cosa que me maravilló, traté de ver por uno de los ventanucos de los lados, la ciudad quedaba bajo nosotros en breves momentos. Cíclope y Tormenta estaban a los mandos y parecían muy compenetrados, Fénix y Gatasombra hablaban y por las veces que me miraron, no era difícil adivinar el tema, pero me hice el despistado. Pasamos unos minutos en el avión, antes de que llegáramos a nuestro destino, descendimos bajo el suelo, el hangar era subterráneo, ¿estaría a punto de ver la cueva secreta de esos superhéroes?
Bajamos del avión por la misma escalerilla por la que subimos, por suerte estaba algo más repuesto del desgaste de energía, tras estar sentado todo el viaje. Coloso me hizo un gesto para que fuera con ellos, al ya poder moverme con facilidad por mi propio pie. El hangar era oscuro, pero algunos lugares emitían ligeras luminiscencias azules, no era especialmente acogedor, pero tampoco se podía pedir demasiado del lugar donde se guardaba una nave. Los seguí hasta un elevador que nos subió varios metros. Cuando la puerta se abrió, estábamos en un pasillo de una casa elegante y grande, bastante. Estaba todo a oscuras, debido a la hora. La mayoría de los héroes se despideron de mí y se retiraron, probablemente a descansar. Sólo Fénix y Cíclope siguieron conmigo.
Me acompañaron hasta un cuarto, en ese mismo piso, al final de un largo pasillo. Estaba muy nervioso, pero traté de disimularlo, aunque la cola se me movía sola, haciendo ondas, reflejando mi ansiedad interior. La mujer pelirroja me sonrió y puso una mano en mi hombro, notando la intranquilidad. Su sonrisa me dio algo más de ánimo. Cíclope tocó la puerta con los nudillos, estaba entreabierta. Una voz masculina, grave pero amistosa surgió del interior. Al pasar me encontré con los ojos azules de un hombre de edad avanzada, mirándome desde una silla de ruedas en la que estaba sentado, ni un cabello cubría su cabeza. Me sonreía con amabilidad y un pensamiento recorrió mi mente: no tengas miedo. Procuré no tenerlo, pero todo era demasiado nuevo, demasiado confuso, ¿quién era esa gente? Su nombre, o lo que me pareció entender que era su nombre, me fue desvelado de nuevo sin que él abriera la boca, Xavier, Profesor Xavier. Me tendió una mano y la estreché. Su voz mental me recordaba lo cansado que estaba, lo mucho que necesitaba dormir tras todo lo sucedido, ya hablaríamos por la mañana. Era como lo que había hecho Fénix hacía un rato, hablar sin voz y sin idioma, una sensación más que unas palabras. Sea como fuere, Cíclope me acompañó a un cuarto vacío y me sonrió tras decir algo, por el parecido con la misma fórmula en alemán aprecié que me daba las buenas noches, antes de retirarse.
Estaba realmente agotado y la visión de una cama fue más que celestial, dejé la gabardina a los pies y me tumbé, nada más cerrar los ojos, quedé profundamente dormido. Los sueños fueron extraños, las voces de los dos telépatas resonaban como un eco, y entre todos, una visión de la carpa del circo que hasta hacía poco había sido mi hogar. Llamé a mi familia, entrando en la carpa, pero dentro había un robot de aquellos gigantes, pero pintado como un payaso, una mano se posó en mi hombro, era Gatasombra, pero sus ojos eran blancos como los de Tormenta antes de volverse azules. Una pequeña humareda dirigió mi atención hacia Lobezno, que fumaba un puro sobre la cabeza decapitada de otro robot mucho más grande en mitad de la pista central. Al girarme para salir, me encontré de cara con el Profesor Xavier, que no iba en silla de ruedas, sino que paseaba, con las manos en los bolsillos. No la necesitaba astralmente, decía en mi idioma. ¿Estaba allí de verdad? ¿O lo estaba soñando como todo lo demás?
No hacía ni un mes desde que había llegado a Nueva York. Pasaba la mayor parte del día escondiéndome de la gente normal que pululaba por la calle, pero las noches eran mías. La ciudad se convertía en mi patio de recreo por unas horas, en las que la oscuridad tendía su negro manto y me hacía prácticamente invisible al ojo humano. Respiré el frío y sucio aire desde el interior de un callejón, un hombre vestido con andrajos canturreaba algo a mi espalda, acostado sobre unos cartones; con una botella oculta dentro de una arrugada bolsa de papel amarillento en su mano derecha. Le miré durante un momento más antes de desaparecer del lugar.
Teleportarse al principio había sido cansado y muy desagradable, pero con la práctica se había vuelto uno de mis pasatiempos favoritos. Especialmente en noches cerradas como aquella, en la que ni siquiera la luna iluminaba la ciudad y podía moverme con soltura, sin miedo a que alguien pudiera descubrirme. Reaparecí en la fachada del edificio de enfrente, aún con la sensación de haber corrido un sprint, con el corazón bombeando fuerte en mi pecho y el ligero mareo. Pronto me recuperé; de nuevo mi zona de juegos me brindaba la ocasión de entretener mi casi insaciable necesidad de moverme, de trepar, de saltar… y no había tiempo que desperdiciar. Corriendo por la fachada, aprovechando aquella habilidad de adherirme a las paredes; esquivé todas las ventanas y balcones que se pusieron a mi paso, cada vez más rápido con diferentes giros, cualquier movimiento que me hiciera sentir como en el circo, cuando representábamos aquellas divertidas obras con los trapecistas… La ciudad era mi nuevo circo y las farolas, mis nuevos trapecios. Salté hacia una que estaba apagada y me colgué de ella con las manos, giré un par de veces por encima para acabar con los pies entre las manos, casi sentado sobre el sucio metal.
Entonces fue cuando lo sentí. Una vibración en el suelo, que hizo temblar la farola sobre la que me encontraba… la alarma de un coche cercano atrajo mi atención durante un segundo, antes de que la segunda la reemplazara, y la tercera… dejé de atenderlas, de fondo se oía perros ladrando, ¿qué ocurría? ¿Sería un terremoto? En Nueva York… era poco probable, pero por si acaso, me bajé al suelo y aproveché la oscuridad reinante por la falta de luz de mi antiguo asidero, nadie me vería en mitad de la acera. Los temblores se hacían más fuertes, un temor instintivo me recorrió la espalda, me decía que se acercaba algo… algo grande… y así era. Una criatura mecánica gigantesca dobló una esquina, apoyando una mano en el edificio más cercano, y me miró directamente, en mitad de la oscuridad, sabía que me veía, no sé cómo, pero lo sabía. Dijo algo en inglés, con una voz informatizada e impersonal, a la vez que alzaba una mano, con la palma hacia mí, una especie de fotolito rojo se encendió, di un paso atrás. No perdí el tiempo, me teleporté al otro lado de la calle, lo más lejos que pude, pero aún teniendo a la vista a aquella cosa. Unos viandantes gritaron al darse cuenta de la presencia del robot, salieron huyendo despavoridos. De nuevo la voz electrónica, sabía que me hablaba a mí, se había girado hacia donde estaba, pero no sabía qué me decía… debí aprender inglés antes de venir a este país… mi alemán no me servía en semejante situación. ¿Qué quería esa cosa de mí? Más pasos, algo más acelerados, se acercaba, y deprisa. No tenía elección. Volví a desaparecer, esta vez aparecí en el interior de un apartamento que para mi sorpresa estaba completamente vacío, sin lugar donde esconderme… apoyé la espalda contra una pared, agachado en el suelo, oculto lo más que pude en una sombra. Veía la ventana desde donde estaba y oía los pasos, se acercaba, ¿qué podía hacer? Esa criatura me encontraría sin dificultades… El pulso se me aceleraba de nuevo, sólo podía oír los pasos, mi corazón y mi respiración entrecortada, estaba completamente aterrorizado. Tragué saliva al ver su sombra proyectarse en el edificio de enfrente. Me pegué más aún a la pared, no tenía escapatoria. La cabeza del gigantesco robot comenzó a verse a través de la ventana. Comenzó a girarse hacia donde me encontraba… pero una ráfaga de energía roja llamó su atención, y a decir verdad, la mía también. La cabeza volvió a girarse, encarando hacia la calle.
¿Qué ocurría? Oí algunos gritos más, pero esta vez no eran de terror… Una vez la máquina pasó de largo de donde estaba escondido, me atreví a salir. Ser tan curioso, en ocasiones como esta, era peligroso, pero quería saber quién había venido en mi auxilio. Trepé por la pared del inmueble. Abajo había unas personas, todos vestidos con ropa oscura, parecida al cuero y luchaban contra el robot… superhéroes seguramente. Sentí una ráfaga de viento pasar rozándome, una figura voló cerca de mí, sólo tuve tiempo de verla reflejada en una ventana según pasaba, pero no la distinguí con suficiente claridad. El cielo comenzó a cerrarse y oscurecerse aún más, una repentina lluvia plomiza humedeció mi ropa y mi pelaje azul oscuro. Unos rayos iluminaron la noche, aparté la mirada, deslumbrado, otro error como el de haber salido de mi escondite. Un segundo robot se reunía con el primero… y se había fijado en mí, una figura oscura en una fachada clara, sólo me faltaba un cartel luminoso sobre la cabeza, para delatarme aún más. Me habló igual que el primero, no perdí el tiempo, corrí por la pared en sentido contrario al del otro robot y la gente uniformada, quería estar lejos de allí, lo más alejado posible, huir de aquellas criaturas. Miré brevemente hacia atrás. Sólo Dios sabe porqué elegí precisamente ese momento en el que la máquina me disparaba con una de sus manos, salté de la pared y mis dedos fueron a agarrarse a un poste eléctrico, hubo un segundo disparo, pero yo ya no estaba allí posado, estaba en el suelo tras teleportarme, me estaba cansando y mucho, no podría seguir aquel ritmo mucho rato más. Corrí calle arriba, lo más deprisa que me permitían las piernas. Ya no oía los gritos, no oía los pasos, sólo oía mi corazón, golpeando violentamente en el interior del pecho. Otro disparo derribó una farola, pasando peligrosamente a mi lado, y desgraciadamente esta cayó tan cerca de mí que, por esquivarla de un salto en el último momento, caí rodando al suelo, mareado, cansado y asustado como nunca antes en mi vida. Sólo tuve tiempo de alzar la mirada, aquella iba a ser la última imagen que presenciase, un gigantesco pie metálico se cernía sobre mí, iba a aplastarme. Cerré los ojos, todo acabaría en un segundo.
Pero alguien me sujetó de un brazo, con firmeza. Sentí un frío antinatural recorriéndome la espalda, abrí los ojos y no creí lo que tenía delante, capas y capas de asfalto y cemento… como si de un esquema representado en un libro se tratase. Estaba atravesando el suelo, y seguía vivo, o al menos eso parecía. Una voz aniñada sonó a mi izquierda, donde me habían agarrado antes; miré, era una muchacha de pelo largo y rizado, castaño y ojos grandes, no debía tener más de quince o dieciséis años e iba vestida como los superhéroes que había visto antes… Me sonrió, sin soltar sus brazos de alrededor del mío, no luché, sabía que me estaba salvando, estábamos bajo el suelo, probablemente el robot seguía en la superficie. Ella dijo algo más, que tampoco llegué a entender, pero tiró de mí hacia arriba, salimos atravesando con suavidad el pavimento de la acera, más allá, estaba la máquina, se giró hacia nosotros al sentirnos… o detectarnos, no sé cómo explicarlo. Cogí de la mano a la chica y nos hice desaparecer, hasta el final de aquella calle, lo más lejos que podría llegar en mi fatigado estado. Probablemente hice mal, ella dijo algo antes de ponerse la mano en la boca, aparentemente mareada por el salto, no me extrañaba en absoluto, no era la primera vez que transportaba a alguien y el proceso era desagradable para ambos; pero tuve que hacerlo, para alejarnos del robot. Caí al suelo, ya no podía más. Ella tiró de mí para hacerme levantar, era inútil, las piernas no me respondían del cansancio, le negué con la cabeza, le señalé la calle, para que huyera, esa cosa me cogería, pero no permitiría que aquella pobre samaritana adolescente sufriera mi destino.
La calle se iluminó de rojo cuando el robot disparó contra nosotros, pero no llegó a tocarnos. Sentí el calor a nuestro alrededor, las manos de la muchacha sobre mis brazos, me estaba cubriendo, me protegía de nuevo… pero ella no era la que había parado el disparo… Alcé la vista para distinguir a un hombre grande, inmenso, también uniformado, estaba intacto y yo completamente atónito, su piel estaba completamente formada por bandas y bandas de un metal plateado y brillante. Él y la chica se dijeron algo, él me habló, y de nuevo no le entendí, pero sí distinguí que su acento era diferente, ruso o checo probablemente. La voz informatizada nos distrajo, la máquina nos hablaba a los tres y se disponía a volver a disparar. El hombre metalizado se colocó delante de nosotros y la chica del pelo castaño me sujetó antes de gritarle algo al hombre. Otra vez sentí aquel frío y desaparecimos atravesando la línea de la calle. No sé cómo nos desplazamos, sólo sabía que no debía soltarme de ella. Mi mayor temor cuando aprendí a controlar mi poder era el de no saber dónde reaparecer y que hubiera un objeto justo en el camino y me fusionara con él, matándome al momento… pero ahora estaba atravesando la calle… por dentro, nadando en ella como si de agua se tratase, siendo arrastrado por una joven heroína. Salimos un poco más allá, lejos del monstruo mecánico y el hombre de metal. Me esforcé por dar los pasos que nos separaban de un callejón, nos ocultamos allí. La chica se apoyó en la pared más cercana, respirando profundamente, recuperando el aliento de tanto movimiento en tan poco tiempo.
Le di las gracias en alemán, le agradecí su ayuda. Por la cara que puso, supe que no me había entendido, pero pareció darse cuenta de lo que trataba de decirle y sonrió. El hombre de metal se reunió con nosotros, corriendo. Dos pasos de la máquina sonaron a su espalda, se dio la vuelta deprisa y paró uno de los pies con sus manos metalizadas, creí que lo aplastaría, pero se mantuvo ahí. Miré a la chica de reojo, estaba angustiada, se sumergió en el suelo y cuando reapareció estaba debajo del hombretón, lo sujetó por la cintura y ambos desaparecieron bajo el asfalto negro. Por un momento me quedé más tranquilo, pero no me duró mucho rato. El robot ahora sólo tenía un blanco… yo. Iba a terminar de recorrer la distancia que nos separaba cuando algo saltó desde uno de los edificios colindantes, algo muy rápido. La mano de la chica apareció del suelo, sujetándome por una muñeca; tras ella emergieron el resto de su persona y el hombre grande. Cuando volví la atención de nuevo al gigantesco robot casi di un salto del susto al ver caer su inmensa cabeza a escasos metros de nosotros, tras esta cayó el cuerpo, pesadamente, terminando de quebrar la calle, todo el asfalto se desplazó por la colisión, unas farolas cayeron y un par de coches fueron volcados, uno de ellos se estrelló contra la fachada del edificio en el que nos ocultábamos.
Y algo descendió de encima de la espalda del decapitado robot. Era otro hombre, mucho más bajo, peinado de un modo salvaje y de nuevo con el mismo uniforme. Habló con los otros dos y luego me miró a mí, con una expresión poco impresionada, hizo un simple gesto con la cabeza, que fácilmente pude traducir como que me preguntaba cómo estaba; respondí con un gesto muy americano que había aprendido hacía poco, levanté el pulgar de una mano, indicándole que estaba bien. Asintió y dijo algo más. El hombre grande me hizo levantar del suelo sin apenas esfuerzo.
¿Qué harían conmigo tras derrotar a aquellas moles de metal? El del acento de Europa del este me preguntó algo más, que tampoco supe responder. La muchacha se encogió de hombros cuando la miró a ella. Yo los miraba sin comprender, hasta que mi atención se distrajo al ver a una bella mujer de piel oscura, haciendo contraste con una melena blanca como la nieve; descender volando hasta donde estábamos parados. Sus ojos pasaron de un blanco que rivalizaba con su pelo, a un azul brillante. Ella debía ser quien pasó cuando estaba pegado a la pared. El grupo se habló y me miraron todos a la vez, lo que me hizo sentir algo incómodo, no es como si no estuviera acostumbrado a causar espectación, teniendo en cuenta mi trabajo y aspecto pero el no entender qué pasaba, me ponía nervioso. La mujer recién llegada me sonrió cálidamente y se señaló.
- Tormenta. - Debía ser su nombre, sí, por cómo me indicaba a mí, esperando una respuesta a su gesto, le contesté.
- Kurt Wagner.
Entonces todos se presentaron al ver que entendía esa rudimentaria manera de darse a conocer.
- Gatasombra. - Dijo la jovencita, señalándose.
- Coloso. - El alto.
- Lobezno. - El último encendió un cigarro y miró hacia la calle, otras dos personas, vestidas de la misma manera que ellos, se acercaron: un hombre joven con unas gafas muy extrañas y una esbelta mujer pelirroja.
- Cíclope y Fénix. - Me dijo Gatasombra, señalando primero a él y luego a ella.
Cíclope me habló, pero fue Tormenta quien respondió en mi lugar, Fénix se aproximó a mí y puso sus manos cerca de mi cabeza, la miré espectante, ¿qué estaba haciendo? Entonces la sentí. Me hablaba, pero mentalmente, no eran palabras exactamente, eran como sensaciones que me transmitía. Iban a ayudarme, a llevarme a un sitio donde estaría a salvo. Cuando separó las manos, me sonrió amigablemente. Le asentí con la cabeza.
Coloso me ayudó a llegar hasta un avión que parecía sacado de una película de ciencia ficción, negro azulado, brillante y con forma de espada, bonito. Gatasombra me enseñó cómo se abrochaba el cinturón y la imité. No es como si necesitara un cinturón de seguridad, teniendo en cuenta que me adhería a las superficies, pero no rechazaría tan amable preocupación por mi integridad física. Levanté el pulgar y ella respondió de igual manera. El avión despegó con una suave vibración, y en vertical, como un helicóptero, cosa que me maravilló, traté de ver por uno de los ventanucos de los lados, la ciudad quedaba bajo nosotros en breves momentos. Cíclope y Tormenta estaban a los mandos y parecían muy compenetrados, Fénix y Gatasombra hablaban y por las veces que me miraron, no era difícil adivinar el tema, pero me hice el despistado. Pasamos unos minutos en el avión, antes de que llegáramos a nuestro destino, descendimos bajo el suelo, el hangar era subterráneo, ¿estaría a punto de ver la cueva secreta de esos superhéroes?
Bajamos del avión por la misma escalerilla por la que subimos, por suerte estaba algo más repuesto del desgaste de energía, tras estar sentado todo el viaje. Coloso me hizo un gesto para que fuera con ellos, al ya poder moverme con facilidad por mi propio pie. El hangar era oscuro, pero algunos lugares emitían ligeras luminiscencias azules, no era especialmente acogedor, pero tampoco se podía pedir demasiado del lugar donde se guardaba una nave. Los seguí hasta un elevador que nos subió varios metros. Cuando la puerta se abrió, estábamos en un pasillo de una casa elegante y grande, bastante. Estaba todo a oscuras, debido a la hora. La mayoría de los héroes se despideron de mí y se retiraron, probablemente a descansar. Sólo Fénix y Cíclope siguieron conmigo.
Me acompañaron hasta un cuarto, en ese mismo piso, al final de un largo pasillo. Estaba muy nervioso, pero traté de disimularlo, aunque la cola se me movía sola, haciendo ondas, reflejando mi ansiedad interior. La mujer pelirroja me sonrió y puso una mano en mi hombro, notando la intranquilidad. Su sonrisa me dio algo más de ánimo. Cíclope tocó la puerta con los nudillos, estaba entreabierta. Una voz masculina, grave pero amistosa surgió del interior. Al pasar me encontré con los ojos azules de un hombre de edad avanzada, mirándome desde una silla de ruedas en la que estaba sentado, ni un cabello cubría su cabeza. Me sonreía con amabilidad y un pensamiento recorrió mi mente: no tengas miedo. Procuré no tenerlo, pero todo era demasiado nuevo, demasiado confuso, ¿quién era esa gente? Su nombre, o lo que me pareció entender que era su nombre, me fue desvelado de nuevo sin que él abriera la boca, Xavier, Profesor Xavier. Me tendió una mano y la estreché. Su voz mental me recordaba lo cansado que estaba, lo mucho que necesitaba dormir tras todo lo sucedido, ya hablaríamos por la mañana. Era como lo que había hecho Fénix hacía un rato, hablar sin voz y sin idioma, una sensación más que unas palabras. Sea como fuere, Cíclope me acompañó a un cuarto vacío y me sonrió tras decir algo, por el parecido con la misma fórmula en alemán aprecié que me daba las buenas noches, antes de retirarse.
Estaba realmente agotado y la visión de una cama fue más que celestial, dejé la gabardina a los pies y me tumbé, nada más cerrar los ojos, quedé profundamente dormido. Los sueños fueron extraños, las voces de los dos telépatas resonaban como un eco, y entre todos, una visión de la carpa del circo que hasta hacía poco había sido mi hogar. Llamé a mi familia, entrando en la carpa, pero dentro había un robot de aquellos gigantes, pero pintado como un payaso, una mano se posó en mi hombro, era Gatasombra, pero sus ojos eran blancos como los de Tormenta antes de volverse azules. Una pequeña humareda dirigió mi atención hacia Lobezno, que fumaba un puro sobre la cabeza decapitada de otro robot mucho más grande en mitad de la pista central. Al girarme para salir, me encontré de cara con el Profesor Xavier, que no iba en silla de ruedas, sino que paseaba, con las manos en los bolsillos. No la necesitaba astralmente, decía en mi idioma. ¿Estaba allí de verdad? ¿O lo estaba soñando como todo lo demás?