viernes, 10 de junio de 2011

Addrae - 5ª Parte

Y así pasaron sus primeros días, igual de hostil hacia su guardián y su padre.

- ¡Suéltame! - Exclamó a Vorador cuando este la sujetó antes de que saltara al patio por una ventana, tras haberla perseguido por el pasillo.

- Estoy perdiendo la paciencia contigo, hija. Voy a tener que enseñarte por las malas. - La agarró con fuerza por un brazo y los teleportó a los dos hasta dentro de un oscuro cuarto cerrado a cal y canto. Parecía un sepulcro. - Te vas a quedar aquí a pensar en tu comportamiento, te vendré a sacar en un rato, espero que seas más sociable entonces. - Y desapareció, dejándola allí dentro, en mitad de la oscuridad.

La vampiresa primero trató de encontrar una salida, pero todo estaba sellado, cansada de dar vueltas por el pequeño espacio, se sentó. No iba a ser uno de ellos, no quería. Si pensaba que con castigarla como a una niña iba a hacerla cambiar de idea, se equivocaba.

Vorador reapareció después de dos horas y la buscó con la mirada, estaba sentada en una esquina, con la cabeza sobre los brazos y estos a su vez sobre las rodillas recogidas. Se acercó y le tocó la cabeza, estaba fría. La hizo mirarle, estaba hambrienta, se notaba.

- ¿Te sientes más colaboradora?

- No...

Suspiró, no podía dejarla morir, aparte de que eso era lo que ella quería. Se quitó un brazalete y le ofreció beber de él. Ella hizo una mueca y trató de separarse, pero no tenía fuerzas, así que el vampiro logró hacerla alimentarse en contra de sus deseos. Luego la transportó dentro de la casa otra vez y la dejó en una cama, pronto amanecería.

- Hael, te encargas de ella, ¿verdad? - Preguntó al joven de pelo negro, que esperaba en el cuarto, sentado cerca de la lumbre, leyendo un tomo de la biblioteca de la estatua de la HeartSeeker.

- Claro, mi señor.

El vampiro verde se marchó tras apretar un poco afectuosamente el hombro descubierto de su hijo.

- La verdad es que te estás luciendo, hermanita querida. - Se sentó en la cama, a su lado y siguió leyendo.


Por suerte, a veces se calmaba lo suficiente para que Vorador aprovechase para enseñarle las bases de la lectura y la escritura, eso la tendría ocupada un tiempo y concentrada en algo que le interesaba casi tanto como escaparse. Así llegó el día en el que pensó que estaría bien empezar a enseñarla también a defenderse de los cazadores para cuando saliera por su cuenta a buscarse el alimento. Estaban en una sala subterránea que Addrae no había visto, detrás de ellos había una escultura alada con una lanza y cara de calavera; a los lados dos demonios pétreos de aspecto atemorizante parecían custodiar al ángel de la muerte aquel.

- Aquí te entrenaré. - Cuando tuviera menos ganas de escaparse la entrenaría en el patio, hasta entonces... allí estaría bien. - A ver qué fuerza tienes. Golpéame con todas tus fuerzas.

- ¿Estás seguro? - Levantó una de sus inexistentes cejas.

- Tranquila, no me harás daño, aún eres una recién nacida.

La joven se encogió de hombros y le lanzó un derechazo en plena mandíbula, cogiéndolo tan de sorpresa con esa fuerza, que lo hizo tambalearse hacia atrás, faltó poco para que cayera al suelo. Se frotó la cara, asombrado.

- Tienes una fuerza insólita para tu edad y sexo...

Addrae sonrió de medio lado.

- Era carnicera, para partir huesos hay que tener cierta fuerza.

Vorador sonrió en respuesta, iba a ser interesante enseñarla. La entrenaría como a sus hijos. El combate siguió un buen rato, enseñándole maneras de ser más efectiva cuando se enfrentase a alguien del tamaño de su padre. La verdad es que fue bastante bien.

- Vamos para arriba. - Puso las manos sobre sus redondos hombros y con un destello verde, acabaron en uno de los cuartos con la chimenea, uno con una cama a un lado. - Quédate aquí, diré a uno de tus hermanos que te traiga sangre.

- No quiero. - Aún, con todos los días que llevaba allí, casi dos meses, seguía resistiéndose a comer. No le gustaba obligarla, pero era muy cabezota, pasaba gran parte de las noches encerrada en la celda del mausoleo.

- ¿Se puede saber cuánto más estarás con la negativa a ser una más del clan?

- Hasta que muera.

El vampiro suspiró.

- Pues hija mía, teniendo en cuenta que ahora eres inmortal... te va a llevar muchísimo tiempo llegar a eso. - Se alejó, dejaría a Hael encargándose de ella en lo que él volvía a salir. Había demasiados cazadores últimamente por los bosques, y tropas Sarafan, desde que Kain, el nuevo guardián del equilibrio, mató a William el Justo.

Addrae se sentó en la cama, la verdad es que estaba harta de acabar dentro de una celda... ya hasta había pensado llevarse cosas para adecentarla, con la de tiempo que pasaba allí, era como su cuarto.

- Eh, toma. - Hael se acercó con un cuenco, sentándose a su lado. - ¿Te pasa algo? - Preguntó cuando no peleó para coger la sangre que le ofrecía.

- Pensaba.

- ¿En qué?

- En lo de ser una más. Está claro que no me van a dejar morir, no me puedo escapar y... bueno, esto tampoco está tan mal... al menos ustedes no me miran mal por mi aspecto o porque mis padres fueran de diferentes razas. - Giró el cuenco, mirando el tono oscuro de la sangre recién sacada, aún estaba caliente.

- Ahora eres una de nosotros, Addrae. Y nosotros no damos importancia a esas cosas.

- Ya me he fijado.

- Bebe, anda, que se enfría y no te alimentará.

Se tomó el cuenco sin rechistar, limpiándose los labios cuando terminó.

- ¿A que sabe mejor cuando te lo tomas con ganas?

Sonrió un poco en respuesta.

- Ahora que te empezarás a comportar como una persona normal, seguro que padre te dejará salir al patio y dar una vuelta por el jardín.

- ¿Tú crees? La verdad es que me siento atrapada entre estas paredes todo el día. Es como volver a mi vida humana.

- ¿Vivías encerrada en tu casa? ¿Qué ocurre, también te negabas a comer? - Preguntó con cierta comicidad.

- No, la gente del pueblo me odiaba por ser mestiza... Así que no salía. - Explicó, mirando el cuenco vacío en sus manos.

- El ser humano puede ser bastante estúpido, qué le vamos a hacer. - Le pasó una mano por un hombro. - Al menos ya no tienes que lidiar con ellos... salvo para comértelos. - Añadió.

- Preferiría no tener que hacerlo pero... salvo mis padres, todos los humanos me han tratado como basura.

- Ya tienes una razón para comértelos, entonces. - Cogió el cuenco.

La vampiresa le miró según se levantaba a dejar el recipiente en otro sitio.

- ¿Cuánto hace que eres vampiro? - Preguntó Addrae yendo con él.

- Mucho tiempo, ya he perdido la cuenta.

- ¿También te secuestraron?

- Que va, yo era un adorador de vampiros, junto con mi familia, me ofrecí gustoso a ser uno de sus hijos.

- Entonces para ti esto era un sueño cumplido, ¿no?

- Así es. - Caminaron por los pasillos, haciendo tiempo hasta que amaneciera.


Vorador, por la mañana, apareció en las catacumbas de la mansión, una zona a la que sus hijos no accedían; llevando algo entre los brazos, un niño de piel marmórea y largo pelo pelirrojo ondulado. Unas grandes alas grises caían pesadamente hasta el suelo, el pecho del adolescente estaba abierto, alguien le había atravesado con una lanza, ensañándose incluso con alguien tan pequeño.

- Lo siento, hermano. - Plegó sus alas para poder introducirlo en uno de los ataudes de piedra. - Debí cuidarte mejor... - Puso la tapa en lo que sería su último lugar de descanso. - Apoyó las manos y sintió de nuevo la misma ira que cuando encontró el cuerpo de su padre, el magnífico Janos Audron, el último vampiro antiguo. Dio un golpe en el ataud y casi resquebrajó la piedra. - Malditos sean Moebius y sus cazadores...

Subió teleportándose, hasta el patio interior, con las fuentes con las figuras de los Hylden. En un lado había una estatua de Janos, con las manos delante, en un gesto de aceptación.

- Debí traérmelo cuando moriste... obligarlo a venir... ahora estaría vivo. - Dijo a la inerte efigie de su creador. Suspiró y salió de allí, por el pasillo se cruzó con varios de sus hijos, que estaban preocupados por su ausencia tan prolongada.

- Padre ¿qué ha pasado? ¿Se encuentra bien?

- Sí, tranquilos, sólo he hecho una parada de más. - Pasó entre ellos con las manos a la espalda, pensativo. Sus esposas lo rodearon y trataron de animarlo, con poco éxito.


El tiempo siguió pasando, los meses pronto se convirtieron en años y después de unos pocos, Addrae ya podía salir al sol sin acabar convertida en cenizas. Aún así, salía poco de los terrenos de la mansión, las matanzas de vampiros estaban mermando su población en masa. Ya ni siquiera en aquel bastión perdido en el bosque estaban seguros.

- Ha sido un gran cambio desde que llegaste el primer día hasta hoy. - Comentó Vorador, viéndola colocar unos libros en la biblioteca.

- ¿Por qué lo dices?

- Mírate, pareces serena, relajada, diría que hasta disfrutas tu nueva vida.

- Soy feliz, sí. Nunca lo había sido antes.

- Estaba pensando en encomendarte una tarea muy importante para mí.

Colocó otro tomo y se giró hacia él.

- ¿De qué se trata?

- Ven. - La cogió de los hombros tras ver cómo dejaba el resto de los libros en la mesa. La transportó delante del mausoleo.

Addrae conocía el sitio, lo había visto muchas veces cuando salía al patio a leer y a curiosear por la zona. El relieve que coronaba la puerta la dejaba sin aliento. Era otro ángel pero era impresionante, con las alas abiertas, como dando la bienvenida al visitante... o tal vez avisarle de que no era buen sitio para entrar, era una sensación confusa. Vorador tocó la pesada puerta de granito y esta se abrió sin dificultades; su hija lo siguió en silencio por unas escaleras descendentes. Llegaron delante de la sala principal de aquel monumento, un sepulcro iluminado con docenas de velas, y en el centro, el cuerpo yacente de un hombre... azul y con grandes alas negras. Parecía haber sido arrancado de la vida con violencia a pesar de la paz que mostraba su rostro. Tenía el pecho abierto, pero las manos cruzadas lo medio ocultaban con modestia.

- ¿Quién es... o era?

- Janos Audron. Mi creador.

Se acercó con cautela, ¿entonces ese era Janos? Había leído bastante sobre él, tenía mucha curiosidad por el padre de su padre, en realidad, padre de todos los vampiros actuales ya que fue él quien transmitió el don... o la maldición, según se mirase.

- Pero... se supone que lleva siglos fallecido, ¿no? Parece como si sólo descansara...

- Hace quinientos años que lo asesinaron y su cuerpo sigue incorrupto porque su corazón continúa con vida allá donde esté.

- ¿Mi labor será encontrarlo? - Se giró hacia él.

- No, eso es cosa mía. Tu labor será mantenerle siempre iluminado, cambia las velas y enciéndelas.

- De acuerdo.

- Pero no le toques.

- Sí, padre.

- Gracias.

Addrae lo miró un poco más antes de alejarse. Iría ahora a por las velas nuevas para cambiar las que estaban a punto de terminarse. Aquello era realmente especial para su padre, qué orgullo que pensara en ella para hacerlo.

Se dedicó con esmero a su labor, después de sus entrenamientos con espada, bajaba sin falta a mirar cómo iban las velas, eran de larga duración, así que permanecían encendidas prácticamente todo el día. Siempre pasaba unos minutos contemplando al vampiro ancestral. Entonces las estátuas de seres alados que ella tomaba por ángeles no eran más que vampiros como Janos, habían sido una raza hermosa, ¿por qué se extinguirían? ¿De verdad pudieron con ellos los humanos? Sentía el impulso de tocarlo, pero había dado su palabra de no hacerlo, ni siquiera para limpiar toda aquella sangre que le manchaba. Su padre lo quería tal y cómo lo había encontrado cuando lo recogió de su retiro medio derruído.


- Addrae, el momento se acerca. - Oyó que le decía, estaba en la puerta y no lo escuchó llegar.

- ¿El momento?

- Sí, tengo otra labor para ti, puede que más importante que esta. - Estaba tan serio, abatido, esa mañana había encontrado los cuerpos de otros cuatro de sus hijos.

- Me esforzaré por realizarla, padre.

- Lo sé. Vamos arriba.

Subieron hasta la antesala de las escaleras, había dos tronos en ella. Vorador se sentó en uno e indicó a su hija que lo hiciera en el otro. Addrae se sentó, interrogante, ¿qué quería que hiciera?

- Recuerdas todo lo que te he enseñado de historia, ¿verdad?

Asintió.

- ¿Y de Kain, te acuerdas?

- Sí, el guardián del equilibrio, el que traerá la paz a Nosgoth.

- Así es. Estará solo en su cometido. Necesitará a alguien a su lado.

- ¿Quieres que lo encuentre y le ayude? Pero... yo sólo soy una vampiresa menor... ni siquiera tengo garras todavía.

- Te va a necesitar, creéme.

No sabía como alguien tan poderoso podía necesitar su ayuda pero... no discutiría.

- ¿Y cómo le encontraré?

- No tengas prisa. Llegará el día en el que te diga que te escondas en este lugar, en la celda donde te castigaba; No me discutirás, pase lo que pase obedecerás y te esconderás, no saldrás hasta que haya pasado un día completo.

Volvió a asentir con la cabeza.

- Te enseñaré cómo llegar hasta él, una vez que le encuentres, le seguirás a donde te diga, le obedecerás y cuidarás, por muy cabezota que se ponga. Él será tu señor y tú su sierva, así que trátale con el máximo respeto. Un día será el único vampiro de Nosgoth y se proclamará rey... pero estará solo.

- Yo debo acompañarle.

- Sí, tú serás su apoyo cuando te necesite, así que no flaquees.

- No lo haré.

- Te he elegido de entre tus hermanos porque con tu carácter sé que no cejarás en tu empeño por cumplir tu misión.

La chica casi se sonrojó.

- ¿Y por qué no mandas a Hael? Él es mucho mejor guerrero que yo y ya es mayor.

Negó con la cabeza.

- Ya lo he pensado, serás tú quien vaya.

- De acuerdo, padre.

- Ahora vamos a viajar, he de enseñarte el camino que seguirás cuando salgas de aquí. - Se puso en pie.

Caminaron por el bosque de alrededor de la mansión en dirección al norte. Llegaron a un pantano.

- Estará custodiado cuando vengas, procura que no te vean. - Susurró a su lado, haciéndola caminar por donde él lo hacía.

Avanzaron entre algunas patrullas de cazadores, y algún que otro Sarafan. Llegaron a una zona con el agua algo más alta. Entonces pareció recordar algo.

- Está demasiado alta para ti sin garras. - Comentó dándose cuenta de la distancia con respecto al suelo, del lugar al que iban.

- Traeré un garfio entonces.

La miró, estaba decidida a cumplir su misión.

- Bien, ahora te transportaré arriba y te enseñaré a usar la máquina. - Con un brillo verde desaparecieron, muy tarde para los cazadores darse cuenta de que habían estado detrás de ellos todo el rato.

La puerta estaba destruída, seguramente había sido el Raziel espectro, quinientos años atrás, para ver al aún vivo Janos.

Addrae miraba la estancia con curiosidad, ¿Qué era ese lugar?

- Es una máquina del tiempo, la dejaré preparada para que te lleve dosmil quinientos años en el futuro, probablemente erraré por días, puede que meses, pero le encontrarás si vas hacia los pilares.

- ¿Tanto tiempo?

- Sí. - Dijo tajantemente, colocando la fecha. - Sólo tendrás que girar esta clepsidra por estas manivelas y te llevará a esa fecha.

- Es sencillo.

- Perfecto. Volvamos a casa, tengo más cosas de las que hablarte.

Volvieron hacia la mansión, esta vez tuvieron que enfrentarse a varios cazadores, ya alerta de su presencia en el lugar. No tardaron mucho.

- Ten en cuenta que luego vendrás sola. ¿Podrás? - Empezaba a dudar de su juicio respecto al plan. Enfundó su espada, tras acabar con los humanos que los incordiaban.

- Sí, no te preocupes, iré en silencio y los esquivaré.

- Mejor.

Siguieron su camino, en silencio mayormente. Atravesaron el inmenso patio de entrada a la mansión, con estatuas y columnas a los lados, y unos pequeños parterres, ahora yermos y sin plantas; era muy ámplio con pocos sitios donde ocultarse si se venía a atacar, desde dentro del edificio y los balcones sobre el tejado eran los mejores sitios para responder a distancia, especialmente con arcos o ballestas.

- ¿Y de qué más quieres hablarme? - Su padre la dejó pasar delante, en la entrada había una estatua de él.

- De sexo.

- ¿Qué? Padre, sabes que de ese tema yo... - Bajó a cabeza, algo agobiada.

- Lo sé, no sabes absolutamente nada. Y así lo he querido.

- ¿Ah, sí?

- Sí, he tratado de impedir que tus madres o hermanas te hablaran del tema o que tus hermanos mostraran abiertamente su interés en ti.

¿Había interés por ella entre sus hermanos? Nunca lo hubiera dicho, sí que disimulaban bien.

- No lo sabía...

- Quería que llegaras lo más casta posible.

- ¿Por qué? ¿Acaso... tienes planes para mí en ese sentido? - Siempre había temido que su nuevo padre pudiera tomarla en su primera vez, aunque al ganar afecto hacia él, era una idea menos incómoda, pero aún así, era algo aprensiva con el tema.

- Quiero que además de una ayuda para Kain, seas un presente por mi parte.

- ¿Un presente? - Se escandalizó por tal idea.

Vorador rió al ver su actitud.

- Sí, de modo que recuerda esa parte del trato. Créeme, lo agradecerá. - Era un hombre, después de todo.

La vampiresa se lo pensó. ¿Y cómo le diría algo así a Kain cuando lo viera " soy un presente de mi señor Vorador, os ruego que me tomeis" ? La simple idea la hizo sentirse acalorada de la vergüenza.

- Tus madres te enseñarán unos trucos para los momentos que tengan de tranquilidad, para que le ayudes a relajarse.

¿Qué clase de trucos? ¿Sexuales? Pestañeó, cada vez más incómoda con la conversación.

- ¿Y si no le gusto?

El vampiro verde levantó una ceja, sin creerse que le estuviera de verdad preguntando algo así, aún tenía una visión muy desvirtuada de su aspecto. Estúpidos humanos.

- Le gustarás. - La llevó dentro de la casa con la mano sobre uno de sus hombros. - Ahora come algo y vete a dormir, mañana será un día movido.

...Continuará

2 comentarios:

Zanthia Khalá dijo...

Cómo me gusta el cariño que se nota que Addrae adquirió por su nueva familia, lo decidida que está a hacer sus tareas... y me perdonarás, pero el corte que pasa con el asunto de Kain todavía me parte de risa XD ;D adoro como escribesss

Deka Black dijo...

Coincido en el cariño que coge por su nueva familia. pero me quedo con Vorador. Me resulta simpático. espero que se llevase a unas cuantas decenas por delante.