El portal temporal la arrastró hasta la fecha que había marcado Vorador. Cuando la sensación acabó, se fijó en la sala, aún con malestar, arrodillada en el suelo. Sí que parecía haber pasado el tiempo, la sala estaba medio ocupada por plantas, sobretodo la entrada.
- ¿Ha funcionado? - Recuperó el aliento y se levantó.
Caminó hasta la puerta y se asomó abajo, había algunos cazadores por la zona, pero tenían un aspecto diferente al que ella recordaba. Lo que le llevó a pensar, que si había cazadores, es que había vampiros... Casi sonrió por la idea. Movió la boca, tendría que buscarse un modo de bajar, ya que la cuerda que había usado hacía siglos que ya no estaba. Por suerte había de esas lianas por todas partes... o simplemente podía dejarse caer sobre algún incauto y que amortiguase la caída. Eso era mucho más práctico pero no sabía qué nuevas armas podrían haber desarrollado en todo ese tiempo. Mejor hacerse una soga, atarla a alguna parte y bajar con cuidado. Y así lo hizo, trenzó unas cuantas ramas de esas colgantes y las ató a un tronco cercano, descendiendo despacio para no sobresaltar a ninguno de aquellos tipos con mala pinta. Lamentablemente, uno la vio.
- ¿Qué es eso? - Preguntó llamando la atención de otro al ver que algo se movía por donde antes no había nada.
- No es de los nuestros. - Contestó el otro.
- Debe de ser otro de esos monstruos. ¡A por él!
Los cuatro fueron hacia ella, que se terminó dejando caer, ya no hacía falta el sigilo. Desenvainó y sin mediar una palabra se lanzó contra ellos, ferozmente. El problema es que tenía que esquivar el agua y a los humanos a la misma vez, era complicado luchar en aquel sitio, tendría que retirarse, era lo más seguro, o no llegaría a encontrar a Kain. Peleó abriéndose paso para salir, sesgó un par de miembros y a uno le cortó la cara. Otro enorme casi la aplasta con una manza, pero ella le saltó por encima, esquivándole, había que alejarse. Pero se dio contra un campo mágico que le impedía seguir más adelante.
- ¡No! - Exclamó tocando el borde invisible de la zona donde podía estar.
- Ahora no escapará. - Dijo la maga, saliendo de su escondite.
No le quedaba más remedio que pelear. Respiró hondo y se preparó para el combate que quería rehuír. Empuñó el arma con más fuerza y se movió para lanzarse ella primero contra sus enemigos. Los entrenamientos con su padre y sus hermanos iban a servir de mucho, y más las cacerías de tipos como estos. Un proyectil mágico le dio en un hombro, casi soltó el arma. Gruñó y volvió al ataque, llevándose una cuchillada por un costado cuando cortó ella a la mujer de la lanza telescópica, que trataba de impedirle moverse libremente por el poco espacio seco que había en la burbuja. Se estaba empezando a enfadar de verdad. Al de la cuchillada le dio una patada tan fuerte que lo lanzó fuera del escudo y le hizo darse contra una columna caída y medio hundida, se oyó el crujir de su espalda.
- El siguiente. - Los miró enseñando los dientes.
El enorme cargó mejor la maza usando ambas manos y cuando iba a aplastarla, su propia arma le cayó en la cabeza, Addre había lanzado la picana de la de antes y había roto la parte que mantenía la zona contundente en el palo. Otro menos. Luego tendría que librarse de la maga para poder salir. Luchó contra los demás, resultando herida en varias ocasiones, pero sin flaquear. Finalmente sólo quedaron ella y la hechicera.
- En algún momento tendrás que abrir el escudo. - Bajó la cabeza, mirándola con intensidad.
La mujer tragó saliva, intentando de nuevo darle con las bolas de fuego, pero sin acertarle esta vez. Le entró miedo al estar ella sola contra la vampiresa guerrera y tras soltar el escudo fue a esconderse. Por suerte para ella, Addrae tenía cosas mejores que hacer que ir tras ella. Cogió uno de los cuerpos recién masacrados y se alimentó de él. Ya se sentía mejor, podía seguir el viaje. Respiró hondo, sólo habían sido cuatro y casi la mataron, estaba herida por todas partes. Siendo tan débil no podría ayudar a su nuevo señor. Tenía que encontrar una manera de ser más fuerte, o de evolucionar antes, lo que encontrara primero. Se tapó la cabeza con el manto que llevaba atado sobre los hombros y salió al fin de la zona inundada. No quería volver a pasar por la mansión, no podría soportar verla vacía. Daría un rodeo hasta los pilares, donde encontraría al rey de los vampiros. Con paciencia comenzó su caminar hacia el suroeste.
Estaba cayendo la noche cuando decidió hacer un alto. Se escondió tras unos árboles y durmió un poco, aunque no demasiado profundamente, por si la atacaban.
Al día siguiente llegó a donde estaban los pilares antiguamente, una fortaleza se alzaba en el lugar. ¿Cómo encontraría ahora a Kain? ¿Estaría dentro de la fortaleza? Dio un rodeo hasta encontrar la puerta, no había aldaba o campana. Suspiró, no podría entrar. Tampoco era cuestión de ponerse a gritar el nombre del rey vampiro, no fuera a atraer atención indeseada. Nada, no había manera de entrar. De todos modos, el lugar parecía abandonado, tal vez el amo del castillo estaba cumpliendo su propósito en otra parte. Esperó un poco más y se fue a cazar para alimentarse. Un Sarafan hacía guardia cerca de allí. ¿Solo? Pues sí, no parecía haber nadie más. Enseguida lo liquidó y se alimentó con él. Al final pasó todo el día esperando a ver si aparecía Kain, pero fue en vano. Salvo el relevo del Sarafan muerto; a quien también mató para comer, no vio a nadie. Por la mañana se marchó de la zona, lo buscaría, ¿dónde podría encontrarlo? Pasó el día caminando por los alrededores, el castillo quedó atrás, muy atrás, cuando se hizo de noche.
Estaba cansada, no haría una hoguera para llamar la atención de más cazadores, se sentó en el suelo, bajo un árbol. Un crujido llamó su atención, iba a esconderse cuando vio pasar un carro desvencijado tirado por un caballo viejo. Sobre el vehículo iba un hombre encapuchado, medio encorbado, parecía muy mayor, no le daría problemas.
- Oh, hola, jovencita. - Dijo el hombre con un tono amable finjido - ¿Qué hace una chica joven como tú por aquí sola? Podrían atacarla los vampiros...
- No se preocupe, me sé cuidar sola.
- ¿Le importa si acampo contigo, muchacha?
- Claro, usted mismo.
El hombrecillo bajó del carro y montó un pequeño campamento.
- Me alegro de no tener que acampar solo, las noches por aquí son muy frías y solitarias. Me dirijo a Ziegsturhl, soy mercader, ¿sabe?
- ¿Ah, sí? ¿Y qué vende? - No parecía que se hubiera dado cuenta de que era una vampiresa, mejor, así no llamaría por ayuda.
- Vendo productos mágicos. Para mejorar los cultivos, para impedir que entren seres malignos en las casas... Esas cosas.
- Qué interesante.
- A lo mejor le gustaría algo de lo que vendo. - Sin que le diera tiempo a responder, el hombrecillo sacó un saco lleno de cachivaches y pergaminos. - Este medallón es para buena suerte, y es bonito, ¿verdad?
- Sí, pero no me interesa, lo siento.
- ¿Y una poción para curar sarpullidos? Es muy efectiva, tendrá la piel como la de un bebé en un par de días.
- No, gracias.
- También tengo conjuros. Como este, es para hacerse más fuerte, perfecto para labradores o para cazadores. ¿Eres cazadora, muchacha?
- Algo así. - Eso último sí llamó su atención. - ¿Dónde ha conseguido esos productos?
- Ooh, eso es un secreto. - Se rió. - ¿Entonces ves algo que te guste?
- Puede que eso último. ¿Cuánto quiere por él?
- Tres monedas de plata.
- Un poco caro, ¿no le parece?
- Pues regateemos. ¿Qué me ofreces?
Buscó entre la ropa, llevaba un cuchillo pequeño, hecho por su padre, le dolía separarse de él, pero ese conjuro le sería muy útil.
- Tengo este cuchillo, como ve es una bella pieza y del mejor metal. - Se lo ofreció para que lo viera de cerca.
- Oh, oh, es una maravilla, ¿de dónde lo has sacado?
- Es una herencia de familia.
- ¿Y no te importa deshacerte de ella?
- Mi padre lo entendería.
- Trato hecho entonces. - Le dio el pergamino y se guardó el arma.
Seguro que lo vendería como una reliquia encantada, o algo por el estilo.
- Cuando hagas el conjuro procura estar en un sitio abierto, es lo mejor para que fluya la energía.
- Lo tendré en cuenta, gracias. - Leyó el papel, no parecía algo complicado, sólo era hacer ese símbolo en el suelo, decir las palabras escritas y ya estaba. Lo malo es que no se explicaba para qué era, sólo cómo hacerlo. - ¿Está seguro de que esto me hará más fuerte?
- ¡Por supuesto! Ya verás qué bien resulta.
Addrae enrolló el pergamino, pensando en lo bien que le iría cuando fuera lo suficientemente fuerte para ser útil para su nuevo señor. El fuego crepitaba, trayéndole recuerdos de aquella casa gigantesca, llena de sus hermanos y madres, de amor, de entendimiento... Se sintió tan sola de repente... suspiró y se quedó despierta hasta que el vendedor llevaba ya vario rato roncando en su manta.
Se despertó sola, el hombrecillo se había ido con su carro y su viejo caballo. Se estiró, el sol casi no llegaba a donde estaba, una neblina enfermiza cubría la zona y el cielo estaba nubladísimo. Realmente parecía un tiempo sin esperanzas. El salvador del mundo tenía mucho trabajo que hacer para arregarlo todo. Comprobó que aún llevaba el papel encima, desde que encontrara una zona despejada, lo probaría.
Caminó durante toda la mañana y llegó delante de lo que estaba segura, era una de las ramificaciones del Gran Lago del Sur. La zona estaba bastante despejada, aprovecharía que tampoco había nadie a la vista y podía hacerlo con tranquilidad. Con los dedos dibujó el símbolo en el suelo y lo miró, comprobando que no se le olvidaba nada. Se incorporó cuando terminó y leyó mentalmente las palabras, para poder recitarlas de corrido, sin rectificar o titubear. Cogió aire y comenzó el conjuro. Un vórtice se abrió a la cabeza del símbolo; ella estaba de pie al otro lado, mirándolo con sorpresa, pero sin dejar de leer. El vórtice se hacía cada vez mayor y más oscuro, una sensación de miedo la embargó, eso no podía ser un hechizo para fortificarse, eso parecía la puerta a otra parte. Y se le quedó completamente claro cuando del vórtice salió una enorme garra, seguida de un brazo más grande que ella por entero. ¡No... eso no podía estar bien, claro que no! Dejó de recitar, con la esperanza de que lo que fuera que iba a entrar en Nosgoth, volviera por donde había venido al no caber por el portal que había abierto por accidente.
Pero no fue así. Aquella inmensa garra la sujetó de la cabeza y podía notar una sensación de calor muy intensa, como si la atizaran con un hierro al rojo. Gritó de dolor y miedo; cayó al suelo sin sentido, y el portal se cerró. Sin saberlo, todo aquello atrajo la atención de una patrulla Sarafan que andaban por la zona.
- ¿Qué es eso? - Preguntó uno de ellos, señalando a la vampiresa en el suelo.
- Una de esos monstruos, vamos a liquidarla. - Se acercaron para matarla cuando vieron que unas marcas negras forrar sus manos y transformarlas en garras como las de los vampiros más mayores.
- ¿Está en plena evolución?
- No... nunca había visto algo así.
- Matémosla.
- No, llevémosla a la orden, a ver qué dice el comandante. - Dos la agarraron bajo los brazos y se la llevaron en barco hacia la fortaleza que estaba en la zona Sur del lago.
Una vez allí la metieron en una celda y la encadenaron fuertemente de manos y pies.
- Voy a levantar un escudo, por si aparecen los de su clan a sacarla. - Dijo la hechicera que iba con ellos.
- Buena idea. - Miraron con una sonrisa cómo el escudo cubría las rejas. - Vamos a avisar al comandante.
Y allí la dejaron, encadenada e inconsciente, mientras aquellas marcas negras transformaban también sus pies.
FIN.
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- ¿Ha funcionado? - Recuperó el aliento y se levantó.
Caminó hasta la puerta y se asomó abajo, había algunos cazadores por la zona, pero tenían un aspecto diferente al que ella recordaba. Lo que le llevó a pensar, que si había cazadores, es que había vampiros... Casi sonrió por la idea. Movió la boca, tendría que buscarse un modo de bajar, ya que la cuerda que había usado hacía siglos que ya no estaba. Por suerte había de esas lianas por todas partes... o simplemente podía dejarse caer sobre algún incauto y que amortiguase la caída. Eso era mucho más práctico pero no sabía qué nuevas armas podrían haber desarrollado en todo ese tiempo. Mejor hacerse una soga, atarla a alguna parte y bajar con cuidado. Y así lo hizo, trenzó unas cuantas ramas de esas colgantes y las ató a un tronco cercano, descendiendo despacio para no sobresaltar a ninguno de aquellos tipos con mala pinta. Lamentablemente, uno la vio.
- ¿Qué es eso? - Preguntó llamando la atención de otro al ver que algo se movía por donde antes no había nada.
- No es de los nuestros. - Contestó el otro.
- Debe de ser otro de esos monstruos. ¡A por él!
Los cuatro fueron hacia ella, que se terminó dejando caer, ya no hacía falta el sigilo. Desenvainó y sin mediar una palabra se lanzó contra ellos, ferozmente. El problema es que tenía que esquivar el agua y a los humanos a la misma vez, era complicado luchar en aquel sitio, tendría que retirarse, era lo más seguro, o no llegaría a encontrar a Kain. Peleó abriéndose paso para salir, sesgó un par de miembros y a uno le cortó la cara. Otro enorme casi la aplasta con una manza, pero ella le saltó por encima, esquivándole, había que alejarse. Pero se dio contra un campo mágico que le impedía seguir más adelante.
- ¡No! - Exclamó tocando el borde invisible de la zona donde podía estar.
- Ahora no escapará. - Dijo la maga, saliendo de su escondite.
No le quedaba más remedio que pelear. Respiró hondo y se preparó para el combate que quería rehuír. Empuñó el arma con más fuerza y se movió para lanzarse ella primero contra sus enemigos. Los entrenamientos con su padre y sus hermanos iban a servir de mucho, y más las cacerías de tipos como estos. Un proyectil mágico le dio en un hombro, casi soltó el arma. Gruñó y volvió al ataque, llevándose una cuchillada por un costado cuando cortó ella a la mujer de la lanza telescópica, que trataba de impedirle moverse libremente por el poco espacio seco que había en la burbuja. Se estaba empezando a enfadar de verdad. Al de la cuchillada le dio una patada tan fuerte que lo lanzó fuera del escudo y le hizo darse contra una columna caída y medio hundida, se oyó el crujir de su espalda.
- El siguiente. - Los miró enseñando los dientes.
El enorme cargó mejor la maza usando ambas manos y cuando iba a aplastarla, su propia arma le cayó en la cabeza, Addre había lanzado la picana de la de antes y había roto la parte que mantenía la zona contundente en el palo. Otro menos. Luego tendría que librarse de la maga para poder salir. Luchó contra los demás, resultando herida en varias ocasiones, pero sin flaquear. Finalmente sólo quedaron ella y la hechicera.
- En algún momento tendrás que abrir el escudo. - Bajó la cabeza, mirándola con intensidad.
La mujer tragó saliva, intentando de nuevo darle con las bolas de fuego, pero sin acertarle esta vez. Le entró miedo al estar ella sola contra la vampiresa guerrera y tras soltar el escudo fue a esconderse. Por suerte para ella, Addrae tenía cosas mejores que hacer que ir tras ella. Cogió uno de los cuerpos recién masacrados y se alimentó de él. Ya se sentía mejor, podía seguir el viaje. Respiró hondo, sólo habían sido cuatro y casi la mataron, estaba herida por todas partes. Siendo tan débil no podría ayudar a su nuevo señor. Tenía que encontrar una manera de ser más fuerte, o de evolucionar antes, lo que encontrara primero. Se tapó la cabeza con el manto que llevaba atado sobre los hombros y salió al fin de la zona inundada. No quería volver a pasar por la mansión, no podría soportar verla vacía. Daría un rodeo hasta los pilares, donde encontraría al rey de los vampiros. Con paciencia comenzó su caminar hacia el suroeste.
Estaba cayendo la noche cuando decidió hacer un alto. Se escondió tras unos árboles y durmió un poco, aunque no demasiado profundamente, por si la atacaban.
Al día siguiente llegó a donde estaban los pilares antiguamente, una fortaleza se alzaba en el lugar. ¿Cómo encontraría ahora a Kain? ¿Estaría dentro de la fortaleza? Dio un rodeo hasta encontrar la puerta, no había aldaba o campana. Suspiró, no podría entrar. Tampoco era cuestión de ponerse a gritar el nombre del rey vampiro, no fuera a atraer atención indeseada. Nada, no había manera de entrar. De todos modos, el lugar parecía abandonado, tal vez el amo del castillo estaba cumpliendo su propósito en otra parte. Esperó un poco más y se fue a cazar para alimentarse. Un Sarafan hacía guardia cerca de allí. ¿Solo? Pues sí, no parecía haber nadie más. Enseguida lo liquidó y se alimentó con él. Al final pasó todo el día esperando a ver si aparecía Kain, pero fue en vano. Salvo el relevo del Sarafan muerto; a quien también mató para comer, no vio a nadie. Por la mañana se marchó de la zona, lo buscaría, ¿dónde podría encontrarlo? Pasó el día caminando por los alrededores, el castillo quedó atrás, muy atrás, cuando se hizo de noche.
Estaba cansada, no haría una hoguera para llamar la atención de más cazadores, se sentó en el suelo, bajo un árbol. Un crujido llamó su atención, iba a esconderse cuando vio pasar un carro desvencijado tirado por un caballo viejo. Sobre el vehículo iba un hombre encapuchado, medio encorbado, parecía muy mayor, no le daría problemas.
- Oh, hola, jovencita. - Dijo el hombre con un tono amable finjido - ¿Qué hace una chica joven como tú por aquí sola? Podrían atacarla los vampiros...
- No se preocupe, me sé cuidar sola.
- ¿Le importa si acampo contigo, muchacha?
- Claro, usted mismo.
El hombrecillo bajó del carro y montó un pequeño campamento.
- Me alegro de no tener que acampar solo, las noches por aquí son muy frías y solitarias. Me dirijo a Ziegsturhl, soy mercader, ¿sabe?
- ¿Ah, sí? ¿Y qué vende? - No parecía que se hubiera dado cuenta de que era una vampiresa, mejor, así no llamaría por ayuda.
- Vendo productos mágicos. Para mejorar los cultivos, para impedir que entren seres malignos en las casas... Esas cosas.
- Qué interesante.
- A lo mejor le gustaría algo de lo que vendo. - Sin que le diera tiempo a responder, el hombrecillo sacó un saco lleno de cachivaches y pergaminos. - Este medallón es para buena suerte, y es bonito, ¿verdad?
- Sí, pero no me interesa, lo siento.
- ¿Y una poción para curar sarpullidos? Es muy efectiva, tendrá la piel como la de un bebé en un par de días.
- No, gracias.
- También tengo conjuros. Como este, es para hacerse más fuerte, perfecto para labradores o para cazadores. ¿Eres cazadora, muchacha?
- Algo así. - Eso último sí llamó su atención. - ¿Dónde ha conseguido esos productos?
- Ooh, eso es un secreto. - Se rió. - ¿Entonces ves algo que te guste?
- Puede que eso último. ¿Cuánto quiere por él?
- Tres monedas de plata.
- Un poco caro, ¿no le parece?
- Pues regateemos. ¿Qué me ofreces?
Buscó entre la ropa, llevaba un cuchillo pequeño, hecho por su padre, le dolía separarse de él, pero ese conjuro le sería muy útil.
- Tengo este cuchillo, como ve es una bella pieza y del mejor metal. - Se lo ofreció para que lo viera de cerca.
- Oh, oh, es una maravilla, ¿de dónde lo has sacado?
- Es una herencia de familia.
- ¿Y no te importa deshacerte de ella?
- Mi padre lo entendería.
- Trato hecho entonces. - Le dio el pergamino y se guardó el arma.
Seguro que lo vendería como una reliquia encantada, o algo por el estilo.
- Cuando hagas el conjuro procura estar en un sitio abierto, es lo mejor para que fluya la energía.
- Lo tendré en cuenta, gracias. - Leyó el papel, no parecía algo complicado, sólo era hacer ese símbolo en el suelo, decir las palabras escritas y ya estaba. Lo malo es que no se explicaba para qué era, sólo cómo hacerlo. - ¿Está seguro de que esto me hará más fuerte?
- ¡Por supuesto! Ya verás qué bien resulta.
Addrae enrolló el pergamino, pensando en lo bien que le iría cuando fuera lo suficientemente fuerte para ser útil para su nuevo señor. El fuego crepitaba, trayéndole recuerdos de aquella casa gigantesca, llena de sus hermanos y madres, de amor, de entendimiento... Se sintió tan sola de repente... suspiró y se quedó despierta hasta que el vendedor llevaba ya vario rato roncando en su manta.
Se despertó sola, el hombrecillo se había ido con su carro y su viejo caballo. Se estiró, el sol casi no llegaba a donde estaba, una neblina enfermiza cubría la zona y el cielo estaba nubladísimo. Realmente parecía un tiempo sin esperanzas. El salvador del mundo tenía mucho trabajo que hacer para arregarlo todo. Comprobó que aún llevaba el papel encima, desde que encontrara una zona despejada, lo probaría.
Caminó durante toda la mañana y llegó delante de lo que estaba segura, era una de las ramificaciones del Gran Lago del Sur. La zona estaba bastante despejada, aprovecharía que tampoco había nadie a la vista y podía hacerlo con tranquilidad. Con los dedos dibujó el símbolo en el suelo y lo miró, comprobando que no se le olvidaba nada. Se incorporó cuando terminó y leyó mentalmente las palabras, para poder recitarlas de corrido, sin rectificar o titubear. Cogió aire y comenzó el conjuro. Un vórtice se abrió a la cabeza del símbolo; ella estaba de pie al otro lado, mirándolo con sorpresa, pero sin dejar de leer. El vórtice se hacía cada vez mayor y más oscuro, una sensación de miedo la embargó, eso no podía ser un hechizo para fortificarse, eso parecía la puerta a otra parte. Y se le quedó completamente claro cuando del vórtice salió una enorme garra, seguida de un brazo más grande que ella por entero. ¡No... eso no podía estar bien, claro que no! Dejó de recitar, con la esperanza de que lo que fuera que iba a entrar en Nosgoth, volviera por donde había venido al no caber por el portal que había abierto por accidente.
Pero no fue así. Aquella inmensa garra la sujetó de la cabeza y podía notar una sensación de calor muy intensa, como si la atizaran con un hierro al rojo. Gritó de dolor y miedo; cayó al suelo sin sentido, y el portal se cerró. Sin saberlo, todo aquello atrajo la atención de una patrulla Sarafan que andaban por la zona.
- ¿Qué es eso? - Preguntó uno de ellos, señalando a la vampiresa en el suelo.
- Una de esos monstruos, vamos a liquidarla. - Se acercaron para matarla cuando vieron que unas marcas negras forrar sus manos y transformarlas en garras como las de los vampiros más mayores.
- ¿Está en plena evolución?
- No... nunca había visto algo así.
- Matémosla.
- No, llevémosla a la orden, a ver qué dice el comandante. - Dos la agarraron bajo los brazos y se la llevaron en barco hacia la fortaleza que estaba en la zona Sur del lago.
Una vez allí la metieron en una celda y la encadenaron fuertemente de manos y pies.
- Voy a levantar un escudo, por si aparecen los de su clan a sacarla. - Dijo la hechicera que iba con ellos.
- Buena idea. - Miraron con una sonrisa cómo el escudo cubría las rejas. - Vamos a avisar al comandante.
Y allí la dejaron, encadenada e inconsciente, mientras aquellas marcas negras transformaban también sus pies.
FIN.
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2 comentarios:
Menudo lío la pobre, pero es una muchacha fuerte, seguirá adelante!! :D genial como escribes
La madre que parió al viejo del pergamino...
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